La lista de carencias, irregularidades y arbitrariedades resulta más larga que la cuaresma: Semáforos descompuestos casi imposible de reparar por antiguos, docenas que están inservibles y a veces son motivo de accidentes en los cruces de calles y avenidas. Guarniciones destrozadas y banquetas que hace años debieron ser reconstruidas. Yerba seca y basura acumulada a lo largo y ancho de la ciudad. Limpiaparabrisas, faquires, payasos, vendedores de golosinas, repartidores de “volantes”, mendigos, desempleo. Restaurantes con licencias de funcionamiento irregulares, donde no hay aparcaderos y los clientes son obligado a pagarles a los “valets parquing” para que lleven los vehículos a calles cercanas, con el riesgo de que se los roben y nadie se haga responsable de nada. Restaurantes y cafés con mesas en banquetas que son propiedad de municipal, pero están “concesionadas” mediante arreglos económicos bajo la mesa. Andadores invadidos por changarros de chucherías y comida rápida en los andadores del edificio Las Plazas y en otros. Placitas comerciales, apretujados los peatones, desdeñados los minusválidos y las personas de la tercera edad. La Plaza de Armas y el Jardín Juárez, el Zócalo más desordenado de ciudad capital alguna, tomado por comerciantes semifijos que a su vez son rehenes de mafias comandadas por líderes corruptos asociados con la autoridad, dominio de ratas de cuatro y de dos patas que se extiende en el centro histórico, desde El Calvario a Las Palmas, la avenida Morelos y el mercado ALM, en éste último ausentes las jornadas envenenamientos de ratas que hasta los ochenta fueron semestrales o anuales. Ruteros y taxistas cafres que son tolerados por policías viales de a pie y motorizados, resignados al “no puedo” y a la práctica de la dádiva “para el chesco”. Motociclistas y patrulleros extorsionando a automovilistas y foráneos en las entradas de la ciudad para sacar lo suyo y la parte del jefe.
Instalaciones de gas y de electricidad en el aire, peligrosas las de puestos y locales de comida del ALM y los mercados de Buenavista, la Carolina y Alta Vista, en tianguis y fondas, peligrosas y causa de “mordidas” por parte de inspectores de Protección Civil… Y en medio de la anarquía, la inseguridad que tampoco es nueva. Habida cuenta la estrechez presupuestal del Ayuntamiento, la solución no se ve fácil ni rápida, pero sí renuente la participación de organizaciones vecinales, de agrupaciones de empresarios y comerciantes que echan pestes, pero rara vez aportan soluciones. Tristemente, en los días de asueto como los que se avecinan por las vacaciones de verano, la ciudad de Cuernavaca da los turistas una imagen de abandono, contraria a su calidad de capital estatal… ¿Hasta cuándo?...
EN CUERNAVACA la operación de estacionamientos públicos se da en un juego evidente de valores entendidos con la autoridad. Cobros indebidos, instalaciones inadecuadas y la irresponsabilidad en el resguardo de vehículos son la constante de esos negocios, cuyo funcionamiento está inútilmente regulado en la capital morelense desde hace al menos tres décadas. El Reglamento de Estacionamientos Públicos entró en vigor el 6 de junio de 1994, pero, si bien se supone que no ha prescrito, en la práctica resulta letra muerta. Establece la obligatoriedad de cobrar una tarifa de acuerdo a la categoría del establecimiento: por hora, el equivalente al 35% del salario mínimo general diario que corresponda en el municipio para los de primera categoría, el 30% para los de segunda y el 20% para los de tercera. Es decir, los cobros por hora no deberían exceder de diez, catorce y dieciséis pesos… (Me leen el lunes).
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