En Atlatlahucan la política suele estar plagada de espinas. La caída de Agustín Toledano, quien salió nominado como presidente municipal en las anteriores elecciones, y la subida a la titularidad de la alcaldía del suplente Gerardo Espinoza Torres, son solamente un capítulo en la historia reciente de la política en Atlatlahucan. En el plano nacional, la noticia de las detenciones de Toledano e de Irving Sánchez, éste último exalcalde de Yecapixtla, se dieron en el contexto del Operativo Enjambre. Por lo demás, la gente de Atlatlahucan está habituada a que de vez en cuando su pueblo es noticia de alcance nacional. Vea el lector si no:
Llamado “el obispo negro”, Marcel Lefebre pugnaba por una prensa “bonita”, cuando aquel domingo de mediados de los setenta lo esperaban los católicos tradicionalistas de Atlatlahucan. El reporte de los inspectores de la Secretaría de Gobernación alertaba sobre una comida para cinco mil lefebristas en esa comunidad de Los Altos de Morelos, así como de pueblos vecinos del Distrito Federal y el Estado de México. Pero las tortillas “de mano”, las cazuelas de mole, arroz y frijoles se quedaron esperando en los comales. Inspectores de Migración toparon a Lefebre en la frontera de Tijuana, cerrándole el paso a territorio nacional.
Durante muchos años Atlatlahucan permaneció dividido. De un lado, los católicos tradicionalistas, y del otro, los progresistas; aquéllos, aferrados al rito gregoriano de la misa en latín, y éstos, admitiendo la nueva misa en español. Cada bando con su templo y sus creencias respetables. Lo malo fue que la religión incidió en la política, y la división se acrecentó. Unos desconocieron al presidente municipal legalmente electo y nombraron al suyo, así que hubo dos. Uno despachaba en el Palacio Municipal, y otro en un domicilio particular.
Pero los dos ejercieron actos de gobierno, casaron parejas, firmaron actas de nacimiento, registraron “fierros” de ganaderos, emitieron documentos, regulares o irregulares, que acabaron siendo reconocidos como oficiales. Años más tarde, con aquellas actas de matrimonio algunos se divorciaron y, usando las actas de nacimiento, otros obtuvieron credenciales de elector y pasaportes. En esta historia no falta la anécdota: como candidato a gobernador, en la primavera de 1982 Lauro Ortega Martínez halló confrontado a Atlatlahucan.
Cada facción tenía su candidato para la alcaldía, y no había forma de ponerlos de acuerdo. Se reunió con ambos grupos, por separado y en distintas ocasiones, pero en vano aunque urgía el acuerdo, pues se acercaba la fecha para el registro de candidatos a presidentes municipales. Entonces el habilidoso político hizo una “jugada”, con un toque, vale decir, de perversidad y genialidad. La señora Elena Villanueva militaba en un grupo y en el lado opuesto el alcalde saliente Severino Prado. Los mandó llamar al hotel Casino de la Selva, fueron encerrados en una habitación y se les advirtió que no saldrían sino hasta que se pusieran de acuerdo.
Por supuesto no lo hicieron, pero, ante la “amenaza” de que en Atlatlahucan se sabría que habían compartido un cuarto de hotel, consintieron a un alcalde que no fuera ni de uno ni de otro grupo. Sin embargo, pocos meses después de que el flamante presidente municipal tomara posesión del cargo llegó a la feria de Atlatlahucan y, ebrio, se le ocurrió treparse en la rueda de la fortuna, cayendo de lo más alto y matándose…
Acusado de ser corrupto por la diputada Luz Dary Quevedo Maldonado, la suerte del nuevo alcalde Gerardo Espinoza pende de un hilo delgado, poco resistente… (Me leen mañana).
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