El nevero pasaba poco después de la hora de la comida. Los primeros calores de los sesenta reclamaban algo fresco, inclemente el sol que caía a plomo sobre la ciudad donde empieza el norte de México. Frenéticos, los perros con la lengua de corbata correteaban a las perritas en celo, coronada la disputa por el espectáculo grotesco que escandalizaba a las viejas beatas, ruborizaba a las señoritas y divertía a los chamacos precoces. Cargaba sobre los hombros un bote de madera y calzaba botas mineras, de suela de llanta, por lo que solía bromear: “marca Goodrich Euskadi, para morir iguales”.
El pregón traspasaba los muros, llegaba al interior de las casas, inundaba patios, zaguanes y cocinas. Apenas lo oíamos a los niños se nos hacía agua la boca. “¡Nieve de lechi!”, gritaba la voz ronca que, deducíamos, si ronca se le había hecho era por tomar tanto helado. Por años lo escuchamos los niños de la pandilla del barrio colindante con la plaza de toros con gradas de cantera rosa y tierra colorada, que más roja se ponía con la sangre en las tardes de toros. Años más tarde, la plaza que miraba al viejo acueducto acabó convertida en un hotel de cinco estrellas.
Estábamos el niño gordo de pantaloncillos cortos y gorrita ridícula de marinerito al que le dábamos “carrilla” (“buling”), el chavito fresa cuya compañía aceptábamos con la condición de que nos saludara a su hermana, la güerita de ojos azules y boquita rosa, y el hijo chiqueado de la señora más mocha del barrio que lo metió al seminario pero desertó a la primera semana de ser inscrito, porque su vocación no era ser padre de iglesia, sino padre de más de cuatro hijos, como al cabo sucedería...
Cierto día no oímos al nevero. Extrañamos su presencia, pero sobre todo la nieve de leche, dulce, cremosa, servida en cazuelitas de harina crujiente y canela dulzona, de veinte centavos con dos bolas y diez con una, bañadas generosamente con mermelada de fresa que se nos escurría pegajosa entre los dedos.
Cierto día que comenzaba a caer la noche nos enteramos de que el nevero estaba muerto. Nos pusimos tristes, esa noche no le dimos carrilla al chamaco gordo y tampoco fuimos al pozole de dos pesos el plato en el mercadito que nos quedaba cerquita. Algunos asistimos al velorio, condicionado el permiso de los papás a que regresáramos temprano “porque esas cosas no son para niños”, y a otros que no les dieron permiso simplemente se escaparon. El nevero, de quien nunca supimos su nombre, yacía sobre la mesa colocada en el centro del cuarto de vecindad que era a la vez sala, comedor, dormitorio y cocina. Tenía tapados los ojos con bolitas de algodón y vestía el overol de mezclilla con el que siempre lo vimos. Asomadas las puntas gastadas, las botas de minero parecían estar esperándolo abajo de la cama. Cuatro cirios que enmarcaban el cuerpo completaban la escena macabra, puesta una mesita de madera en la entrada de la vivienda paupérrima con una canastita de palma tejida que acumulaba monedas de cobre, resaltando una de plata ley 0-720, tintineante y brillosa, seguramente depositada por el amigo minero del nevero que así cooperó para la compra del ataúd.
No sin antes gorrear un cafecito “sin piquete” (el chorrito de alcohol del 99 era sólo para los adultos), los chavitos nos retiramos por ahí de la medianoche. Se podía, estábamos de vacaciones y la levantada no era temprano. Al otro día seguimos extrañando al nevero gritón. Nos habíamos acostumbrado a su paso puntual y a sus ocurrencias hilarantes. Una semana después el chisme corrió por el barrio. Contaron que, ya de madrugada, la viuda y un compadre del difunto se quedaron solos, velando el cuerpo. Agotados por el cansancio y a punto de vencerlos el sueño, la viuda creyó ver que su marido abría los ojos. Pero no era su imaginación. De pronto, el “difunto” se incorporó, observó las velas encendidas y, al ver a su mujer y su compadre que se abrazaban asustados, pensó que le ponían los cuernos. Soltó una retahíla de maldiciones y exigió su bote para empezar a hacer la nieve. No estaba muerto. “Fue un ataque de catalepsia”, diagnosticó el médico. En el barrio le pusimos “El Aparecido”, y cuando nos portábamos mal las mamás nos decían que se nos iba a aparecer. Pero ni así conseguían asustarnos, La delicia de la nieve de “lechi” superaba nuestro miedo, pasaba el hombre del overol desteñido y le comprábamos... (Me leen mañana).
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