propósito del natalicio del Benemérito de las Américas, viene a cuento mencionar anécdotas y personajes que llegaron por los caminos surianos a Tetecala, durante los enfrentamientos por las Leyes de Reforma. Ahí está la espléndida arquitectura de las viejas casonas del centro histórico de la calurosa Tetecala, entre las que destacan la hermosa fachada e interiores de la casa donde se hospedó Juárez a su paso por estas tierras.
Eran los días de la rebeldía de Juan Álvarez contra Antonio López de Santa Anna (luego sería también enemigo acérrimo del orgullo de Guelatao), mediante el Plan de Ayutla de 1854. Según los cronistas, poco después de la proclamación de dicho plan, el 22 de septiembre de 1855 llegaron a Tetecala los licenciados Benito Juárez García, Valentín Gómez Farías, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, los hermanos Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada y otros miembros del Partido Liberal. (Nombres de calles del centro de Cuernavaca, deducirán los desprevenidos).
Se alojaron en la antigua casa que perteneció al hacendado y ranchero Magdaleno Medina, al parecer la Hacienda de la Luz que, dicho sea de paso, a mediados de los noventa del siglo pasado habitaría el capo del cartel de Juárez, Amado Carillo Fuentes.
Además de los trabajos políticos y legislativos que se concluyeron en esta casona y dieron lugar a la redacción final de las Leyes de Reforma, los mencionados personajes (todos ellos masones de “hueso colorado”) formaron la logia “La Palanca”, raro pero simbólico nombre con el que pareciera que los juaristas dieron con el motor de las leyes, no para mover el mundo, pero sí para iniciar la separación Estado-Iglesia, lo que ya era mucho decir para la época.
Catorce años más tarde, en abril de 1869 el presidente Juárez decretó la creación del Estado de Morelos, incluyendo al Distrito de Tetecala como parte de la nueva entidad, pues éste pertenecía al Estado de México. En diciembre de 1873, a diecisiete meses del fallecimiento de Juárez se erigió en Ciudad a la hasta entonces Villa de Tetecala y le fue asignado el nombre oficial que todavía ostenta: “Tetecala de la Reforma”. (2150 caracteres) Para seguir con las anécdotas relacionadas con el oaxaqueño nacido un 21 de marzo de 1806, apuntamos dos que le atribuyen cierto grado de “invulnerabilidad” entre sus contemporáneos.
En 1869, cuando todavía tenía agua y hasta era navegable el lago de Texcoco, el vapor “Guatimoc” (en buen español “Cuauhtémoc”) realizó seis viajes de prueba antes de invitar a don Benito Juárez a presidir su recorrido inaugural. Entre vítores, cohetones y música, el Presidente fue despedido en el muelle de La Viga, años más tarde convertido en eje vial. El vapor avanzaba arrojando humo blanco por sus chimeneas cuando de pronto, a mitad del gran lago, un tremendo estruendo sacudió a los invitados.
Había estallado una de las calderas. No hubo muertos, pero sí un buen susto. En la crónica del siniestro publicada en “El Renacimiento”, Ignacio Manuel Altamirano (autor de la novela ambientada en Yautepec, “El Zarco”, sobre la banda de “los plateados”) escribió: “llama la atención la buena fortuna del Presidente, quien sale siempre ileso de todos los peligros”.
El comentario del escritor de Tixtla, Guerrero, también hacía alusión a la vez en que Guillermo Prieto enfrentó al pelotón que pretendía fusilar a Juárez, en Guadalajara, miembros de su gabinete, gritaron “¡los valientes no asesinan!” y el político reformador salvó la vida... (Me leen mañana).