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Si Emi­liano Zapata viviera, el sábado pasado sería su cum­plea­ños 147, y hoy en este espa­cio motivo para hacer un comen­ta­rio de la obra y el carisma del único jefe revo­lu­cio­na­rio cuyos res­tos no yacen en el Monu­mento a la Revo­lu­ción, entre otras razo­nes, por­que su pue­blo no per­mi­tió que repo­sa­ran al lado de quien lo mandó ase­si­nar, el pre­si­dente Venus­tiano Carranza.

En agosto de 1916, en la tre­gua no pac­tada entre carran­cis­tas y zapa­tis­tas los alle­ga­dos a Zapata (quien era afecto por igual a la fiesta brava, carre­ras pare­je­ras, peleas de gallos y al baile) apro­ve­cha­ron para orga­ni­zar el fes­tejo de cum­plea­ños del Gene­ral.

La sín­te­sis de la cró­nica de la fiesta:

“Ese día domingo ocho de agosto 1916 hubo, como parte del pro­grama pre­pa­rado, mar­cha de los niños de Tlal­ti­za­pán y Ane­ne­cuilco. Ves­ti­dos todos de blanco y con ban­de­ri­tas tri­co­lo­res, algu­nos por­ta­ban repro­duc­cio­nes de la foto del Jefe, solo o con su esposa Josefa Espejo. Des­pués vino el dis­curso de la direc­tora de la escuela de Ane­ne­cuilco, y para cuando estaba pro­gra­mada la inter­pre­ta­ción del Himno Nacio­nal arribó a tam­bor batiente la banda de Tla­ya­ca­pan. Los acor­des de ‘La toma de Cuautla’ se deja­ron oír desde el camino de la entrada al pue­blo, muy cerca del cuar­tel. El grupo musi­cal de Cris­tino Santa María había salido antes del ama­ne­cer a lomo de caba­llo y mula, y otros a pie hicie­ron el reco­rrido desde Tla­ya­ca­pan, pasando por Oax­te­pec, El Hos­pi­tal, Santa Inés, y las ori­llas de Cuautla. Almor­za­ron en Villa de Ayala para lle­gar con bríos a Tlal­ti­za­pán.

“Emo­cio­nado, el Gene­ral pidió los jarros de agua fresca para los recién lle­ga­dos, quie­nes de inme­diato aco­mo­da­ron de nuevo los ins­tru­men­tos y, a peti­ción de la direc­tora de la escuela, toca­ron el Himno Nacio­nal que fue can­tado con devo­ción. Al final, de nuevo los cohe­to­nes cim­bra­ron al pue­blo. Anun­cia­ban a todos que iba en grande la fiesta en honor al Gene­ral Zapata.

“Una vez cum­plida la cere­mo­nia en la escuela, llegó la hora de la comida. Den­tro y fuera del cuar­tel se acon­di­cio­na­ron cuanta silla se pudo con­se­guir, vigas y muri­llos con pie­dras de soporte en cada extremo com­ple­ta­ron los asien­tos, tablo­nes de corra­les y mesas sali­das tam­bién de aque­lla casa y de ésta otra, fue­ron insu­fi­cien­tes para dar cabida al mismo tiempo a los comen­sa­les. Las tan­das de pla­tos se suce­dían unos tras otros. Las joven­ci­tas de Tlal­ti­za­pán, Ane­ne­cuilco y Ayala que habían asis­tido con la espe­ranza del baile, pri­mero tuvie­ron que aco­me­dirse a ser­vir, reco­ger pla­tos y otras más –por ins­truc­cio­nes

de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuar­tel Gene­ral– a lavar con lejía y polvo de pie­dra pomez los cien­tos de pla­tos de barro para seguir sacando los gui­sa­dos.

“A los pos­tres y con una copa de coñac, el Gene­ral pidió a su secre­ta­rio Anto­nio Soto y Gama dar, en su nom­bre, el agra­de­ci­miento a hom­bres y muje­res asis­ten­tes, y a quie­nes tra­ba­ja­ron en la orga­ni­za­ción del ban­quete y el baile. Con­tra­rio a lo espe­rado por los inte­gran­tes del Estado Mayor y otros ase­so­res como Gil­dardo Magaña y Pau­lino Mar­tí­nez, en esta oca­sión el ira­cundo ora­dor anar­quista fue cauto y parco, pero sin per­der su emo­cio­nada elo­cuen­cia.

“Ser­vido mi gene­ral, con­cluyó Anto­nio Díaz Soto y Gama. La mayor parte de la gente aplau­dió con lágri­mas en los ojos y un nudo en la gar­ganta”… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

José Manuel Pérez Durán
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