Todos hemos sido testigos del aumento de la corrupción y, por lo tanto, de la pérdida de la calidad de la política. Morelos, a pesar de que ha sido gobernado por representantes de los distintos partidos políticos, ha ido de mal en peor cada sexenio, lo que se enfatiza con la caída de las ideologías.
La caída de las ideologías ha sido el resultado de muchos factores político-históricos a través de la historia, y en México se ha agravado por la falta de principios de aquellos que nos han gobernado, incluidos los que les aplauden y los que hacen los negocios con ellos.
Ahora en México, primordialmente en Morelos, todo vale dinero y la ideología no cuenta, lo importante es el reparto del poder, que trae como consecuencia el dinero.
El antecedente histórico de esto es, desde luego, la caída del muro de Berlín, cuando empezó a hablarse del final de las ideologías y recién aparecía Fukuyama con su libro titulado “El fin de la historia”, en el que señalaba que “el declive de las ideologías será negativo, ya que en lo sucesivo la política no se basará en un sistema de ideas, convirtiéndose en puramente instrumental, y el resultado de ello será la corrupción... al final nos arrepentiremos de que no haya ideologías”. Su lectura nos advirtió que así sería, aun a sabiendas de que los procesos políticos y sociales son multicausales. Y la cruda realidad le dio la razón, ya que en nuestro panorama nacional y, yo diría, regional, observamos ahora exactamente lo que él adelantó.
“El único interés que motiva la política en estos tiempos, es participar del poder y hacer ‘cosas’, pero desprovistas de un sistema de ideas que inspire integralmente lo que se propone”, dice Jaime García Covarrubias.
Esto es un panorama político destruido por su escasez de ideas y proyectos, observándose “retazos” ideológicos desmembrados de una idea central, además de incapacidad política para diagnosticar las necesidades actuales.
Eso es lo que vivimos en Morelos: la pérdida de todos los valores en la política, no importa cómo se llegue al poder, lo importante es llegar a través de parentescos, amistades o compadrazgos y, primordialmente, acumular dinero.
¿Qué explica esto? Que el único interés que motiva la política en estos tiempos es participar del poder para ganar dinero y hacer “cosas”, pero desprovistas éstas de un sistema de ideas que inspire integralmente lo que se propone. Entrar en un debate de cuánto estado, cuánto mercado y cuánto cuesta no tiene necesariamente connotación ideológica valiosa. Por tanto, se perdió el sentido esencial de la política, quedando sólo como un lugar adecuado para obtener espacios de poder, tráfico de influencias y beneficios para individuos o sectores. Esta política sin contenido se divorcia de la ciudadanía y produce incertidumbre, ya que, a diferencia de la política basada en ideas, es impredecible.
Otro factor que ayuda a divorciar al político de la masa es la búsqueda del consenso a cualquier costo. Si bien es cierto que lograr consensos en la política es deseable, cuando la ideología está presente es más valioso, pero es más difícil alcanzarlo porque exige grandes renuncias y con ello la posible “colusión” de los políticos se dificulta. Esta particular “colusión política” termina indefectiblemente en la formación de la Ley de Hierro de la oligarquía (Robert Michels), que destruye la interrelación entre la política y los ciudadanos. Por todo ello, solamente en este escenario en que no priman las ideologías todo se convierte en meramente instrumental. Como consecuencia, apreciamos un debilitamiento de todo el sistema institucional. ¿Será eso bueno para la política?
Sin embargo, hemos sido testigos en el pasado de que la excesiva ideologización puede provocar crisis políticas, pero el tiempo ha demostrado que esas crisis, a la larga, son menores que las provocadas por la excesiva instrumentalización que conlleva corrupción. Obviamente, cuando hablamos de ideología no estamos hablando de “ideologización”, que fue lo que ocurrió en Chile durante los años setenta y que terminó destruyendo al estado de derecho. La definición de ideología que asumo es la de Vekemans, que expresa que “es la elaboración de criterios que permitan al hombre optar racionalmente frente a finalidades múltiples y alternativas sobre la base de una escala de prioridades”. Confundir ideología con “ideologización” es como comparar los pulmones con la pulmonía.
Como muchos, tengo una visión escéptica de la democracia perfecta, pues al ser obra humana hay que aceptarla con imperfecciones y crisis, pero prefiero crisis derivadas de tensiones ideológicas antes que toda una institucionalidad desprestigiada debido a una reinante corrupción transversal. Qué pena ¿no cree usted?
Una felicitación muy cordial a mi amiga Cecile Camil de Abe por la inauguración de un trabajo de años para lograr el Museo de Arte Sacro, un esfuerzo con la consigna “adopte una obra de arte verdaderamente grande”. Mil felicidades, ese es un trabajo limpio y responsable en beneficio de la sociedad. Gracias, Cecile, los morelenses te lo agradecemos.

 

Por: Teodoro Lavín León / [email protected]

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