El sistema perverso es aquel que no dice la verdad. No dice lo que piensa, y no hace lo que dice. Cuando la perversidad es la esencia de un régimen supuestamente democrático, que se convierte en un régimen de dominación, todos sus participantes, víctimas y victimarios, tienen que hacer esfuerzos superlativos para tratar de saber cuál es el verdadero curso e intención de las acciones que se deciden. De más está decir que tratar de convivir con la perversidad implica una lucha constante para mantener la sensatez y no desvincularse de la realidad.
La perversidad es una relación insana, enloquecedora, crecientemente costosa y fraudulenta en sus resultados. ¿Vivimos un régimen perverso? Sin dudas, porque toda su actividad está concentrada en la retroalimentación siniestra de una maquinaria de propaganda cuyo único objeto es mantenerse en el poder.
En un estado democrático es impresionante que se vulneren de una manera tan clara los derechos adquiridos de los ciudadanos; al parecer, de lo que se trata todo esto es de garantizar la continuidad y consolidación de un gobierno que se autonombra progresista, pero insiste en ser antidemocrático a pesar de los errores y de su inviabilidad. Aquí un inventario parcial de la perversidad:
“No perder el poder” es la consigna que encubre la toma del poder por un grupo de familiares de ideología radical convencidos que “vinieron para quedarse”, aun al costo de destrozar las instituciones democráticas y “refundar” las instituciones.
La coordinación de los  poderes es la frase que encubre la práctica autoritaria y excluyente del gobierno. A partir de este planteamiento dejan sin efecto la práctica del pluralismo y los que están en el poder se atribuyen en exclusiva la interpretación de las demandas y sentimientos de los partidos políticos y no del pueblo.
La inseguridad reinante es la excusa para un proceso creciente de intervención de la policía de una manera autoritaria y en total impunidad sin límites.
A pesar de lo que se diga, la aparición de grupos paramilitares que quieren hacerse justicia por su propia mano nos muestran el descontento social que existe.
La lucha en contra de las instituciones importantes del estado, que reúnen a la mayoría de los morelenses, nos dan una idea del estado fallido al que nos encaminamos; nadie ve el desarrollo más que el gobierno, el que dice que somos el segundo lugar nacional de desarrollo, pero somos en realidad el estado donde más ha crecido la pobreza, por lo que no entendemos a quién creerle.
Los gobiernos progresistas, según ellos, se curan en salud. Presumen de ser y tener lo que no son ni tienen. Y esta es una de las claves para entenderlos. En la realidad siempre serán lo contrario a lo que predican. Si hablan de eficiencia, serán ineficientes. Si se jactan de la seguridad, habrá crisis de inseguridad. Si dicen respetar los derechos humanos, entonces nadie estará a salvo de la arbitrariedad. Si proclaman estabilidad y desarrollo, entonces hay que prepararse para la turbulencia. Si convocan a un diálogo, ya sabemos que será un monólogo inflexible. Si se ufanan de la disminución de la pobreza, muy seguramente esta condición social estará expandiéndose.
Si hablan de una sociedad de derechos, nos los arrebatan, acabando con la dignificación ciudadana; entonces vendrán exclusión y represión. Desde luego que ésta es por debajo del agua, pero las determinaciones políticas son en contra de la democracia y de los ciudadanos; si no lo cree, ya lo veremos con las modificaciones a la ley electoral. Ahí tendremos un claro ejemplo de lo antidemocráticos que son, pues han acabado con derechos adquiridos con un cinismo impresionante, porque -como en nuestro país es más importante la componenda política que el desarrollo ciudadano- mientras menos derechos tengamos, más fácil es imponer la impunidad en la que vivimos, donde no es la ley la que impera, sino el criterio de quienes detentan el poder.
La impunidad y la corrupción son nuestros cánceres, ya que abarcan toda la amplitud posible y están en todos lados, y si a ello le agregamos que somos hijos de Zapata, no queremos revolución, sino que -de manera cómoda- preferimos aguantar lo que sea con tal de no tener problemas.
Y si además no tenemos los medios legales para intervenir en la administración pública porque los diputados que legislan con la conveniencia por enfrente, nos quitan derechos en lugar de darnos; pues por eso estamos como estamos, por eso se mueren morelenses todos los días, por eso hay inseguridad, por eso se mata a nuestros paisanos con impunidad, como si estuviéramos en estado de sitio. Esos son los problemas que vivimos a diario y regresar a mi tierra me muestra el verdadero rostro y, en serio, es de sentir vergüenza.
Necesitamos trasformar la política en México y Morelos, acabar con la corrupción y la impunidad, pero para eso necesitamos ser valientes, estar decididos a que nos persigan, perder el miedo a decir la verdad, les guste o no les guste. ¿No cree usted?

 

Por: Teodoro Lavín León /  [email protected] / Twitter: @teolavin