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El gran filósofo francés, fallecido a los 92 años, fue uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Su prolífica obra busca conciliar la fenomenología y la hermenéutica, y se interna en la exégesis bíblica con profunda originalidad. Fue un hombre apasionado por el conocimiento, que se opuso a la trajinada “muerte del sujeto” y señaló la necesidad de rescatarlo, sobre todo en el ámbito de la moral
La filosofía se hace de muchas maneras: el modo en que Paul Ricoeur hizo filosofía tal vez represente uno de los modos más amplios y dialogantes del pensar contemporáneo. Cuando se recorren las páginas de la obra de Ricoeur pareciera que no existe línea filosófica que no haya sido tenida en cuenta en el momento de plantear una cuestión problemática. Y esto hecho con un estilo de tal claridad expositiva que siempre genera el asombro: ¿cómo es posible -se pregunta el lector- confrontar posiciones tan diversas, exponerlas tan claramente, y recoger “lo mejor” de cada una de ellas para plantear la siempre continuada vitalidad de los problemas filosóficos? Sumado a un estilo sobrio y mesurado, casi como un oído respetuoso a la palabra -a la escritura- del otro, todo esto revela a Ricoeur como lector atento de las posiciones más diversas. Estilo mesurado que es escritura de un conocimiento casi desmesurado, abarcador de extensos ámbitos de corrientes, autores, textos, archivos: psicoanálisis, estudios bíblicos, filosofía, historia, literatura y semiótica.
La sobriedad y la mesura expositiva no dejan de ser “pasiones filosóficas”: en ellas se lee el amor por la reflexión y la necesidad de encarar los problemas, con esa demora del pensar que respeta lo otro y al otro. Esa mesura se hace evidente también en el modo de referirse al dolor: en su autobiografía intelectual (Reflexion faite) dos escenas dolorosas son relatadas con un signo de sobriedad que asombra. Una escena es la del cautiverio en distintos campos de Pomerania, durante la Segunda Guerra Mundial. Hecho prisionero de guerra, Ricoeur recuerda esos momentos como “la ocasión de una experiencia humana extraordinaria”. Relata entonces las lecturas compartidas (entre ellas, las de Jaspers junto a Mikel Dufrenne, con quien luego publicaría el libro “Karl Jaspers y la filosofía de la existencia”, en 1947) y la experiencia de enseñanza improvisada. La otra escena es la del suicidio de su cuarto hijo, en 1986, escena de un “Viernes santo de la vida y del pensamiento”: un resquebrajamiento de su existencia que inicia, desde ese momento, un duelo interminable. En este duelo, la pregunta acerca del porqué, mitigada con la afirmación de la no intención de hacer mal a su familia por parte de su hijo, y por la constatación de la soledad de su conciencia en este acto, se presentan al lector con una discreción admirable.
Ricoeur inicia su labor filosófica en el ámbito del existencialismo cristiano, junto con Mounier, y los demás autores nucleados en torno a la revista Esprit. Sus intereses comienzan tempranamente a abarcar campos muy diversos, que van desde el psicoanálisis a la exégesis bíblica. Pero en el ámbito francés de la discusión fue casi ignorado hasta los años 80; la publicación en 1965 de su obra sobre Freud (“De la interpretación, ensayo sobre Freud”) no fue bien recibida, sobre todo por su no referencia a Lacan, figura central de la escena del momento. Por otro lado, su participación en los acontecimientos de mayo del 68 junto a los estudiantes generó un efecto contraproducente. Ricoeur había sido profesor de filosofía general en la Sorbona y había dirigido junto a Jacques Derrida un seminario de fenomenología, pero en 1967 abandonó esta institución para participar en la creación de una nueva universidad, en Nanterre, animado por la vocación de una comunidad profesores-estudiantes en la que las relaciones fueran menos anónimas. Aceptó, entonces, la designación como decano de la Facultad de Letras, pero debió renunciar en 1970, con la sensación de fracaso ante su misión de pacificación autoridades-estudiantes, y se trasladó a la Universidad de Lovaina. Retornó a Nanterre (luego París-X) tres años después y permaneció allí hasta 1981. Como en el caso de Derrida, su vida profesional se desarrolló en buena parte en los Estados Unidos, en las Universidades de Chicago y Yale.
De esta sobria distancia, que es respeto al otro, Ricoeur nos ha legado múltiples ejemplos con su obra. En su constante posición “mediadora” entre posturas confrontadas, en las que algunos han leído “eclecticismo”, tal vez se pueda leer a un hombre, apasionado por el conocimiento y las problemáticas filosóficas, intentando encontrar, a través del diálogo de las posiciones, elementos para contrarrestar el mal y para hacer de la filosofía, también como forma de actuar sobre la realidad que debe ser criticada, “una meditación de la vida y no de la muerte”, como quería Spinoza.
Sin duda un filósofo universal, a quien vale la pena recordar. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León / [email protected] / Twitter: @teolavin