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Si por algo sufrimos en Morelos es por los problemas de personalidad de nuestros funcionarios públicos, los cuales cada día vuelan más en la estratosfera al no entender que llegaron a servir al pueblo, no a servirse.
Su soberbia manifiesta en la actitud de vida diaria nos golpea todos los días, soberbia que consiste en concederse más méritos de los que realmente tienen. Entendemos que es un problema psicológico, ya que es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y, por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo, apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es, ante todo, una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria; estar por encima de todos lo que les rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra al individuo a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal.
Si la analizamos, la soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y, sobre una cierta base, el balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento público de sus logros. Para un psiquiatra, estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso.
Nos dicen los expertos que ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando éstos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño.
La soberbia es cerebral, se da en alguien que objetivamente tiene una cierta superioridad, que realmente sobresale en alguna faceta de su vida. Hay una cierta base. Facetas concretas de su andadura tienen un relieve que las realza sobre los demás.  
Hay una evidencia por la que puede ser tentado por la soberbia, no necesitando del halago de los otros y haciendo él mismo su propio y permanente elogio de forma clara y difusa, rotunda y desdibujada, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella. Sus manifestaciones son más internas y privadas, aunque pueden ser observadas por una atmósfera grandiosa que él sujeto crea sobre su persona y, además, a través de sus máscaras; hay arrogancia, altanería, tono despectivo hacia los demás, que se mezclan con desprecio, desconsideración, frialdad en el trato, distancia gélida, impertinencia, incluso tendencia a humillar. Otras veces, esas máscaras son de una insolencia cínica, mordaz, con un ritintín de magnificencia que provoca en el interlocutor un rechazo frontal. En los casos algo más leves, baja la hoguera del engreimiento y entonces la relación personal se hace más soportable.
Y si a ello le agregamos el  orgullo, es más emocional Es una alta opinión de uno mismo, mediante la cual la persona se presenta con una superioridad y un aire de grandeza extraordinario. Puede ser lícito y hasta respetable. Decía Luis Vives que “es un amor a uno mismo por méritos propios”. Puede ponerse de manifiesto en circunstancias positivas, en donde el lenguaje coloquial se mezcla con hechos e intenciones. En esos casos dimana de causas nobles y puede ser hasta justo. El orgullo de ser un buen cirujano, un buen padre, un excelente poeta, ser de una región concreta de un país... Todo esto está dentro de unos límites normales. Puede encuadrarse en el reconocimiento a una labor bien hecha.
Normalmente viene unida con la vanidad, que procede del latín vanitas,-tatis, que significa falto de sustancia, hueco, sin solidez. Se dice, también, de algunos frutos cuyo interior está vacío, en donde sólo hay apariencia. Mientras la soberbia es concéntrica, la vanidad es excéntrica. La primera tiene su centro de gravedad dentro, en los territorios más profundos de la arqueología íntima. La segunda es más periférica, se instala en los aledaños de la ciudadela exterior. La soberbia es subterránea. La vanidad está en la pleamar del comportamiento. En la soberbia uno tiene una enfermedad en el modo de estimarse uno a sí mismo, en una pasión que tiene sus raíces en los sótanos de la personalidad, en donde brota el error por exceso de auto nivel.
Por lo que podemos ver, nos es dado entender por qué estamos como estamos. ¿No cree usted?

LE MANDO mi más sentido pésame al Presidente Miguel Ángel Bracamontes y a su hermano Federico, por la sensible pérdida de su madre Ana Elena Baz de Bracamontes, a quien recordaremos con mucho cariño, Q.E.P.D.

Por: Teodoro Lavín León / [email protected] / Twitter: @teolavin