En la bella ciudad de Cuernavaca, cuando los arroyos al lado de las calles recorrían las principales avenidas donde las flores regaban las calles empedradas, en medio de grandes árboles con un contraste de verdes impresionante, donde la paz y la tranquilidad eran parte de su vida diaria, se cuenta que hace muchos años, en la Cerrada de Guerrero, subiendo los escaloncitos y al fondo, había una gran vecindad famosa donde se presentaban dos espectros, que a través de los años fueron llamados “Los aparecidos de la escalera”, ya que salían hasta la calle de escalones que va a dar a la Glorieta de Leandro Valle, pues no existía aún la calle de No Reelección.
Por el desnivel natural, la vecindad estaba formada por varios patios y en el central, exactamente en el centro del gran predio, se agrupaban los lavaderos de piedra maciza que parecían almenas de un fuerte, rodeando al tanque común hecho del mismo material, de ese gris claro corrugado de la roca misma, donde la trasparencia del agua se convertía en un grande espejo donde se podía ver pasar los rayos del sol, estanque que en sus llaves surtía de agua a toda la vecindad, por lo que era el lugar del sabroso chismorreo que contaba las vidas y milagros de todos los vecinos, donde las mujeres con las faldas arremangadas frotaban la ropa sobre la piedra de los lavaderos mientras no les paraba la boca, cual pericos.
Pues bien, en el primer patio vivía un capitán que tenía una preciosa hija llamada Delfina, de dulces ojos castaños y una bellísima cabellera clara con reflejos dorados, que peinaba en dos trenzas que le llegaban por debajo de la cintura, con un cuerpo escultural, donde todo estaba en su lugar; el padre la adoraba y cuidaba como “a la niña de sus ojos”, restringiéndole paseos y amistades. Sin embargo. Delfina era muy alegre y siempre estaba cantando con una voz dulce y melodiosa mientras hacía sus quehaceres de limpieza o mientras bordaba las fundas, sabanas o manteles que usaban diariamente, cosa que hacía como los propios ángeles.
En el siguiente patio, en la vivienda de Las Rosas, habitaba un muchacho llamado Rosendo, que era hijo del panteonero don Tito, miembro del grupo de hombres de los que trabajaban en la panadería “El Vapor”, adonde había decidido llevar a su hijo como ayudante. Rosendo era un muchacho fuerte, de grandes y profundos ojos negros, moreno y de pelo negro y rizado, de carácter serio, callado, que daba muy poco de qué hablar, pues era de los que no se metía con nadie y siempre estaba dispuesto a ayudar al que lo necesitara, ya que todos se conocían por vivir tan cercanos. Rosendo estaba profundamente enamorado de su vecinita Delfina, a la que se comía con los ojos y seguía con la mirada por todas partes, cosa que no pasaba desapercibida para ella, quien también sentía mariposas en el estómago por el serio galán.
Un día de serenata, que era una costumbre arraigada en la vieja Cuernavaca, donde la banda de música tocaba cada jueves y los jóvenes de entonces daban vueltas al quiosco colonial, los hombres hacia la derecha y las damas hacia la izquierda, después de muchos ruegos al Capitán, la comadre Lupe y sus hijas lo habían convencido de que le permitiera a Delfina ir con ellas a oír música al Zócalo y prometieron cuidarla muchísimo y regresar temprano. Rosendo, al enterarse de que le habían dado permiso se decidió, pues qué mejor ocasión para acercarse a ella, y se puso a escribir una ardiente carta en la que le declaraba su amor. Corrió a la Serenata y se incorporó a la fila de muchachos que daba vuelta en sentido contrario a las chicas, tembloroso la miró acercarse toda radiante de belleza y alegría. ¡Que fortuna! Venía en el extremo interno de la fila y así, al quedar paralelos, le fue fácil deslizarle la carta en la mano, que ella recibió ruborizándose y escondiéndola rápidamente en su pecho. A la siguiente vuelta, ella, quitándose una adelfa del pelo, se la dio en señal de aceptación (eran las costumbres de la época). Las amigas lo aprobaron alborotando un poco, pero pronto cada una puso su atención en el muchacho que le gustaba o que ya era su novio.
Algunos días después, como es normal en toda vecindad, en los lavaderos empezaron las murmuraciones, primero se decía que una sombra cruzaba antes de la madrugada todas las noches la vecindad. Se habló de nahuales y de muertos, hasta que alguien discurrió, dando en el clavo, que era un joven que se veía con su amada; así empezaron las suposiciones y preguntas sobre quién de las muchachas saldría a ver al novio “a deshoras”.
Los chismes corrían y había quien aseguraba que el trasnochado era Rosendo, pero como él todos los días entraba y salía por la puerta principal se les hacía extraño, y también se susurraba que si fulanita había cambiado o que si zutanita se peinaba distinto y se arreglaba más, que si perenganita estaba todo el día con una sonrisa tonta, o que si Delfina estaba ojerosa y ya no cantaba todo el día; desde luego, esto terminó en un murmullo que al final dio comienzo a discusiones y pleitos dentro del mismo grupo de lavanderas y, como era de esperarse, llegó el día en que el Capitán se enteró de que se discutía sobre si era su hija quien veía al novio noche a noche, lo que lo puso furioso y salió al patio gritando “que mataría al que se metiera con ella y que no iba a permitir que cualquier tarugo la enamorara; pues ya llegaría la hora en que él escogiera quien debía casarse con ella”.
Delfina, dentro de la casa, temblaba pensando en su futuro, pues ella nunca habría de aceptar a otro que no fuera Rosendo. En la noche los enamorados platicaron sobre el asunto y decidieron escaparse hacia México.
El padre empezó a fijarse en los cambios de su hija y decidió observarla. Una noche, Delfina metió en una bolsa una poca de ropa y salió como todas las otras noches a buscar a Rosendo. El padre la siguió sigilosamente y al llegar a la escalera vio cómo una sombra la abrazaba; lleno de rabia disparó con su arma, más Delfina abrazó a su enamorado para protegerlo, recibiendo el tiro; el Capitán, al ver caer a su hija ensangrentada, vacío el resto de la carga de la pistola sobre el cuerpo del muchacho. Los vecinos salieron y al ver muertos a los jóvenes y al padre enloquecido corrieron a avisar a las autoridades.
Desde entonces cuenta la leyenda que, cuando el Callejón de la Cerrada de Guerrero está más obscuro, se oyen murmullos, arrumacos y cada noche después del segundo sereno aparecen las figuras de los jóvenes sentados sobre los escalones; las siluetas de los enamorados son bien grandes y claras, pero los rumores dicen que quien se acerca a ellas cruza un umbral sin regreso y desaparece de la misma manera que la vida de los enamorados.

Por: Teodoro Lavín León
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