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Cuando se escucha que el desarrollo de la cultura se va a dar con tres o cuatro centros en el estado, se pone uno a pensar en porqué no -en lugar de hacer panegíricos de obras de infraestructura que desde luego son importantes, pero no van a desarrollar nada- mejor entrar al verdadero desarrollo a través de las industrias culturales como en Europa, en donde de a de veras la cultura se utiliza como atractivo turístico y factor de desarrollo económico; sobre ellas existen dos grandes vertientes y hay quienes opinan que afecta a la creatividad el que todo se convierta en mercancía con tales industrias, y quienes  señalan que, de acuerdo con la ONU, el desarrollo cultural debe de apegarse a éstas.
En “Industrias culturales, creatividad y desarrollo”, los investigadores internacionales proponen una discusión abierta sobre las relaciones entre cultura y desarrollo. Los paradigmas tradicionales del desarrollo se redefinen, y desde hace unos años se ha evolucionado hacia versiones del desarrollo humano sostenible que combinan la construcción de democracia con el diálogo intercultural y los propósitos de equidad con los compromisos medio-ambientales. Como sostienen ellos, hay también un replanteamiento muy sugerente de la presencia de la cultura dentro de las propuestas del desarrollo. En efecto, la cultura ha dejado de ser un factor o una simple dimensión, para convertirse inclusive en finalidad del desarrollo. Mientras que el desarrollo se desprende de su simple asimilación al crecimiento económico, la cultura aporta al desarrollo identidades, diversidad e interculturalidad.
Una de las áreas más dinámicas de la cultura es el de las industrias culturales. La economía creativa en el mundo de hoy representa un sector no solamente dinámico, sino que crece de manera sostenida. Los bienes culturales que se han ubicado dentro de las lógicas industriales, como el cine, la televisión, los videojuegos o la música, han encontrado un camino fértil en las nuevas tecnologías, en este momento hasta en twitter y facebook, logrando convergencias cada vez más atractivas, así́ como lenguajes y formas de consumo muy sugerentes.
Lo que proponemos es que se realice un análisis detenido de la situación actual de las industrias culturales, sobre todo en la perspectiva de su influencia en los procesos de desarrollo, y se analiza lo que este estudio se ha propuesto al definir a las relaciones entre cultura y desarrollo como una de sus estrategias fundamentales de cooperación. Lo hace mostrando las posibilidades que tienen los países de fortalecer y redistribuir sus ingresos, incentivando, a través de políticas públicas y planes concretos, las industrias culturales. Éstas generan rentabilidad y empleo, resaltan la creatividad local y encuentran fortalezas en las culturas locales. Pero también este estudio advierte claramente que la cultura no se reduce a su versión industrial, ni es solamente un asunto comercial y del mercado. Los productos culturales son mucho más que mercancías. Son soporte de la cohesión social y la democracia.
Esperamos que esta aportación enriquezca el debate sobre un ámbito tan importante como es la cultura como factor de desarrollo.
No han sido fáciles las relaciones entre cultura y desarrollo. Basta recorrer el camino de su representación en algunos documentos de organismos internacionales para percibir las vicisitudes de una asociación complicada por las incomprensiones y las distorsiones. Hacia la mitad del siglo pasado, la cultura se llegó a ver como un bloqueo al desarrollo. Las diferencias y las particularidades culturales parecían atravesarse en el camino de la modernización, del acercamiento de los países de la periferia a los modelos centrales y de las idealizaciones que en ese momento se tenían del progreso. Era explicable que, ante una idea del desarrollo afianzada en unos parámetros generales que se debían alcanzar a través del crecimiento económico, los procesos y manifestaciones de la cultura fueran vistos como peligrosamente idiosincráticos. Los rituales y los modos de vida, las jerarquías axiológicas y las formas de relación en las sociedades que en ese entonces se calificaban como “subdesarrolladas”, se consideraban fuertemente tradicionales y férreamente opuestas a las innovaciones y los cambios. Tímidamente, la cultura se fue aceptando como un factor o como una variable de los procesos de desarrollo, no sólo por la evolución conceptual del tema, sino, sobre todo, por los problemas que los gestores públicos y privados del desarrollo empezaron a encontrar en el terreno práctico. Tanto el pensamiento social, como las propias realidades, desplazaron su mirada hacia la necesidad de subrayar la participación de las comunidades, las políticas de inclusión, los contextos locales y los procesos de apropiación social. El desarrollo ya no podía ser un asunto vertical y ejecutado desde arriba, sino producto de negociaciones sociales llevadas a cabo desde las comunidades, desde lo que se llama “las modernidades alternativas”. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León  /  [email protected] / Twitter: @teolavin