Uno de los lastres actuales que soportamos los ciudadanos todos los días es la mentira en política. A diario nos enteramos de que ya casi somos mejor organizados que Suiza y más serios y callados que los monjes tibetanos.
Las mentiras en la comunicación oficial son verdaderamente exageradas, y a pesar de que no tienen nada que ver con la realidad en que vivimos, nos las repiten en los medios de comunicación a cada corte, como si por eso las fuéramos a creer. Es tan incomodo el oírlas que produce más enojo que cualquier otra cosa; he escuchado a grupos de gente mentar progenitoras al oír este tipo de noticias.
Sabemos que el ejercer el poder no es simple y que éste desgasta, pero decir tantas mentiras es contraproducente en verdad.
Y que quede claro, esto no es una novedad; por el contrario, es parte de la cotidianeidad que vivimos y estamos en contra de ella. Desde Platón, la mentira se ha considerado siempre como un mal, aun cuando a veces se tenga como un mal necesario. Sin embargo, en Occidente se ha generalizado la idea de que el poder requiere de la mentira, la que se puede definir como simulacro, falso testimonio, incluso virtualidad y, por tanto, lo opuesto a la verdad.
No es la dicotomía entre moralismo y realismo la que aquí nos va a ocupar, cuando hay que diferenciar entre la mendacidad del débil y vulnerable, como resistencia al poder despótico y la del fuerte y dominante. Desde Maquiavelo, sabemos bien que toda acción política se orienta a obtener y mantener el poder, no de su ajuste a los imperativos morales, lo que significa que vicio y virtud son principios morales, no políticos. Así es la política, y lo único que podemos oponer al hirsuto maquiavelismo es una opinión ciudadana vigilante con capacidad crítica madura, que nos permita fijar los límites de lo intolerable y su rechazo mediante la participación democrática que nos conceda el sistema.
Hoy tenemos que formarnos para aprender a examinar la mentira a partir del grado de hostilidad contra el otro o contra la sociedad. Ello implica que debemos ir más allá de los contenidos del discurso político, hasta llegar a cuestionar y denunciar prácticas sofísticas cada vez que aparezcan, así como los consecuentes efectos del engaño a corto y largo plazos. La mentira política como arma del poder afecta no sólo  al sumiso receptor, sino también a nuestra memoria colectiva, a la cual modifica, destruye u oculta.
Un libro reciente del filósofo político contemporáneo Martin Jay, publicado por la Universidad de Virginia en 2010, titulado The Virtues of Mendacity on Lying in Politics, todavía no traducido al español, analiza a profundidad la relación entre ética y política y explica la persistencia histórica y la ubicuidad de la mentira en el ámbito político. Este libro y la cátedra sobre filosofía del lenguaje en Platón, dictada este semestre por el  Profesor Jairo Escobar del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, me permiten como lego, al estudiarla, atreverme a estas disquisiciones sobre la mentira en la política.
Como demócratas liberales pragmáticos, aunque no necesariamente activistas políticos, podríamos concluir con algunas reflexiones:
Ante la avalancha de información y propaganda a que hoy estamos sometidos por los medios y las redes sociales, tan efectivamente utilizados por todos los embaucadores que por ahí rondan, es muy difícil, a no ser que seamos especialistas en una materia específica, discernir lo verdadero de lo falso, lo bien intencionado de lo dañino. Lo que sí podemos hacer es educarnos y ejercitarnos en la formación de una consciencia crítica para identificar argumentos sofísticos y engañosos en el discurso político y, por extensión, de cualquier otra naturaleza.
Antes de iniciar una discusión, incluso cualquier investigación, sobre hechos de la realidad, es necesario ponerse de acuerdo con el procedimiento a seguir. De allí la importancia de definir con precisión los términos y conceptos a utilizar en cada contexto.
Es necesario un renacimiento del pensamiento lógico crítico, que denuncie y nos proteja del falso discurso y del engaño de los neosofistas, que con sus simulacros y discursos emocionales y mentirosos están distorsionado la realidad y condenándonos al pasado, lo que amenaza llevar a nuestras sociedades a situaciones de barbarie que creíamos superadas por la razón, lo que es una realidad que vivimos a diario y que nos enseña en qué áreas desean los actores del poder que creamos que las cosas suceden como las pintan; ahí es donde está el verdadero meollo del asunto, esa información nos dice lo contrario a los que los mismos actores están conscientes de que está mal, así que hay que tomarlo y voltearlo al revés o, lo que es lo mismo, darnos cuenta de que la mentira trata de tapar su propios errores. ¿No cree usted?

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Por: Teodoro Lavín León

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