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En esta columna sólo propongo entender una leyenda desde el ámbito sociológico de quienes se adentren en ella; la leyenda se sitúa en un nuevo ámbito de la historia que está en plena expansión: el ámbito de lo imaginario, de la misma manera en que lo estamos viviendo día a día.
El Fundamento antropológico de lo imaginario:
El reconocimiento de la radicalidad antropológico-cultural de lo imaginario ha encontrado una traba en la mentalidad racionalista y cientificista que se ha instaurado en Occidente a raíz de la consolidación de la modernidad. La naturaleza de lo imaginario se circunscribe, como la religión y el mito, a un dominio de la experiencia humana difícilmente evaluable a partir de los criterios de racionalidad diseñados por el cientifismo. La revalorización antropológica de lo imaginario pasa, entonces, por el redescubrimiento de una lógica peculiar de lo aparentemente ilógico, por la dignificación de aquellos órdenes de la experiencia social, irreductibles al modelo de racionalidad imperante desde la episteme racionalista y su derivado: la Ilustración. El espíritu racionalista se caracteriza por un ilimitado énfasis en explicar lo real en base a un preestablecido esquema lógico racional y, en consecuencia, a subestimar y desvalorizar todas aquellas representaciones culturales que extralimitan dicho esquema. “El programa de la Ilustración –han señalado lúcidamente Adorno y Horkheimer- era el desencantamiento del mundo. Pretendía disolver los mitos y derrocar la imaginación mediante la ciencia”.
Edgar Morin ha indicado cómo la génesis de lo imaginario, en sintonía con la magia y el mito, se encuentra estrechamente ligada a la edificación de un recurso cultural necesario para afrontar el destino natural del hombre. El despertar de la condición imaginativa propia del homo sapiens, de la imaginación como la folle de la maison (la loca de la casa), implica la construcción de un mundo subjetivo que solapa al mundo objetivo predado. La brecha antropológica que se deriva del reconocimiento de la transitoriedad de su naturaleza es la que, a juicio de Morin, impulsará la emergencia de un mundo imaginario. El homo sapiens es, inevitablemente, un homo demens, puesto que el fundamento antropológico de la cultura descansa sobre un mundo simbólico-imaginario que emana de una originaria demanda por trascender lo propiamente biológico. Entonces, en la propia génesis de la cultura, existe ya, piensa Morin, un intrínseco componente de irracionalidad, una faceta demens (de locura) que acompañará permanentemente el decurso de la evolución del ser humano.
Esta consustancial dimensión antropológica ligada a lo irracional, a la sinrazón, está presente en el trasfondo de la naturaleza de lo imaginario, revelándonos cómo el proyecto de conformación de una subjetividad social acorde a unas unilaterales pautas racionales se apoya sobre unos inconsistentes y frágiles pilares. La arquetípica persistencia histórica de lo imaginario estaría señalando, pues, una falla en aquel programa cultural adoptado por Occidente, en el que se proscribe o anatemiza cualquier instancia antropológico-cultural que se deslinde de la hegemónica racionalidad dominante, un hiato indicador de un rechazo a una connivencia entre lo racional y lo irracional, entre lo lógico y lo ilógico, entre la realidad y el sueño. Algo bastante similar a Morin sostiene Cornelius Castoriadis, quien, polemizando con una, a su juicio, simplificadora interpretación de la radicalidad de lo imaginario llevada a cabo por el marxismo y el psicoanálisis, afirma la existencia de una originaria creatividad inscrita en la imaginación que está indisociablemente ligada a la potencialidad del deseo. Según Castoriadis, Marx y Freud han tratado de derivar la naturaleza de lo imaginario de un déficit o carencia previa que es sublimada bajo una figuración compensatoria que la suple y encubre. A su juicio, por el contrario, lo imaginario es el resultado del despliegue de una fantasía que intenta restaurar una identidad originaria del sujeto, un núcleo monádico caracterizado por una originaria indistinción de sujeto y mundo, que había sido fracturada como consecuencia de las pautas institucionalizadas de socialización que le habían conferido una identidad racional. Así pues, la fantasía sería ese elemento genuinamente constitutivo de la psique, en el que se expresaría una imaginación radical que nos remitiría a aquel estado de locura primigenia en el cual el sujeto estaba poseído por una completud de sentido. El contexto racionalista y positivista en el que se enmarca el pensamiento freudiano es el factor que, para Castoriadis, lo imposibilitaría para descifrar toda la fecundidad psico-social de lo imaginario, es su notorio énfasis en reducir la naturaleza de lo imaginario a causas explicativas materiales lo que le impediría reconocer que la imaginación radical preexiste y preside a la actividad específicamente pulsional.
Desde el campo de la antropología ha sido Rogerd Bastide quien más se ha ocupado en profundizar en una sociología del sueño. Por eso así vivimos. ¿No cree usted?

Por:  Teodoro Lavín León  /  [email protected] / Twitter: @teolavin