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Muchas veces me he preguntado el porqué de muchas cosas que suceden en el gobierno, pero este fin de semana, leyendo a Zygmunt Bauman, se me hizo la luz al darme cuenta del motivo por el cual los morelenses sufrimos tanto con un mal gobierno. Pues simple y sencillamente es que, viviendo en la posmodernidad del mundo, el gobierno sigue actuando dentro de los principios de la modernidad.
Sí, la modernidad que fue quedando en el pasado del siglo XX y se ha colocado atrás en ese inventario que hombres y mujeres hemos querido resolver en esta época de la posmodernidad.
El quedarnos atrás como estado, y eso solamente en la época moderna, nos trae como consecuencia el desfase en el desarrollo que queremos y el llevar a cabo un gobierno con los temas éticos del pasado sobre una agenda moral en la que el jefe es el que manda sin discusión ya no es de nuestros tiempos.
En nuestros días abundan temas que en el pasado los estudiosos de los temas éticos apenas tocaron, ya que hace más o menos cincuenta años de éstos apenas se ocupaban y no se articulaban como parte de la experiencia humana.
Con excepción de los matrimonios igualitarios, que serían un problema moral de la posmodernidad, los demás temas del gobierno siguen el mismo sentido que las tradiciones de principios del siglo pasado, por lo que la manera de comportarse del gobierno no hace diferencia con la época de Don Porfirio.
Estas tradiciones han resucitado o se han reinventado por los gobernantes, como en el caso actual, y se disputan lealtades y reclaman una autoridad totalmente directa para guiar la conducta de los gobernados de manera individual; y cuando el individuo se sale de esta zona de confort de la autoridad, ésta se empeña en crear una jerarquía que estuvo acordada con normas y valores del pasado, pero que a la fecha ya no tienen nada que hacer.
Es por ello que, en medio de la soberbia, en el contexto global de la vida de los gobernados, en este momento -en que los riesgos de aplicar el anquilosado sistema anterior- se convierte en riesgo de una magnitud insospechada que, de acuerdo a su antiguo o de moda pensamiento los gobernantes no alcanzan a entender el porqué de la actitud de los ciudadanos.
Es necesario crear una nueva perspectiva de vida, una posmoderna que vaya con la realidad que estamos viviendo: la época de las obligaciones, y nada más porque así se les ocurrió legislarlas, ya pasó y ya no va de acuerdo con una sociedad tras 16 años del siglo XXI. Por desgracia la ignorancia de los encargados de legislar, que sin apego ni a una moral moderna (ésta solo la aplican para los gobernados ), ni a una posmoderna en la que serían libres, son verdaderos esclavos del poder; pero lo peor no es eso, sino que lo hacen por dinero y conveniencia propia, lo que los descalifica moralmente hablando desde todos los puntos de vista; y podrán tener un cargo o mucho dinero (la prueba es que compran propiedades de manera desmedida), pero eso no les quitará que queden marcados como los vende patrias, a los que de la misma manera que a sus compinches, Don Porfirio en otra época calificó de extraordinarios colaboradores.
Por ello tenemos graves problemas y la razón principal es muy sencilla: pensamos totalmente diferente y las normas que nos rigen son totalmente opuestas.
No se ha entendido que vivimos una nueva época en la que ha cambiado todo, desde la manera de enfocar la vida y la moral individual; que somos más individualistas y más libres; que el individualismo más puro de la búsqueda de la buena vida es limitada solamente por la exigencia de tolerancia, a pesar de que esta última tiene ahora un límite y se acaba de manera clara.
La época posterior al deber, dice Lipovetsky, admite apenas un vestigio de la moralidad de la modernidad; ahora admite una moralidad minimalista, situación totalmente novedosa en la que los individuos nos regocijamos en la libertad, algo que el gobierno no ha entendido y trata de aplicar directrices que salen fuera de la visión de los ciudadanos y que sólo se quedan en gastos inmensos en publicidad. ¿No cree usted?
LLENO TOTAL en el homenaje a Jorge Cázares Campos. El pasado viernes, los cuernavacenses, los viejos, los que aman a su ciudad, se dieron cita en el CEMA, en donde aplaudieron a un hombre que, además de ser un excelente artista y promotor cultural, ama profundamente a su ciudad y a su estado. En las palabras de una mujer brillante, como es sin duda María Helena Noval, y en los aplausos sinceros de hasta el último de los asistentes, se agradeció una vida dedicada al arte y al servicio. La gente asistió al acto porque quiso, nadie fue llevado a la fuerza ni por medio del acarreo. Con patio lleno totalmente de lo que fuera el viejo Hospital Civil de Cuernavaca y con la espalda recargada en su estudio de su casa del Zapote, una vez más Don Jorge dio ejemplo con sus palabras de lo que un enamorado de su ciudad y de su estado siente. Felicidades a este ícono nuestro, al que no sólo queremos, sino que respetamos profundamente. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León /  [email protected]