En Europa y en sus alrededores se han hecho ramificaciones y sedimentos donde la propensión al miedo, las obsesiones por la seguridad, han avanzado de la manera más espectacular en los últimos años.
Castel señala sobre la inseguridad del mundo actual: “Al menos en los países desarrollados, vivimos sin duda en alguna de las sociedades más seguras que han existido jamás; aun así, nosotros somos los más amenazados, inseguros y atemorizados, somos los más miedosos e interesados en ver todo lo que es seguridad y protección”.
Freud abordó directamente el enigma de los miedos injustificados y sugirió que la solución debía buscarse en el insistente desafió de la mente humana en la árida lógica de los hechos; señaló que nunca supimos dominar toda la naturaleza y nuestro organismo no llegará a ser inmortal ni tampoco inmune al implacable transcurso del tiempo.
Cualquier cosa hecha por seres humanos puede ser rehecha por los propios seres humanos.
Castel llega a una conclusión tras haber descubierto que la inseguridad actual no proviene de una carencia de protección, sino de la falta de claridad en su campo de acción.
La experiencia de la inseguridad dolorosa e incurable es un efecto secundario de la convicción de que la seguridad absoluta puede alcanzarse con el ingenio y el esfuerzo adecuados.
La variante moderna de la inseguridad se caracteriza claramente por el miedo a la maldad humana y a los malhechores humanos, por la desconfianza hacia los demás basada en una situación afín a la individuación contemporánea.
La inquietante sensación de seguridad tiene dos novedades simultáneas:
La primera es la valoración de los individuos liberados de restricciones impuestas por la densa red de vínculos sociales.
La segunda determina que, despojados de la protección que ofrecía en el pasado dicha red de vínculos sociales, los individuos se tornaron frágiles y vulnerables como nunca.
El núcleo central del Estado Social era la protección y no la distribución de la riqueza.
Cumphrey dice: “El Estado del bienestar de la posguerra británica se hubiese implantado mediante la amplia legislación parlamentaria, se intentó reconstruir la lógica a partir de la cual se había ido desentrañando el significado de los derechos individuales”.
Marchall dice: “La demanda de derechos políticos es el derecho a desempeñar un papel sustancial en la creación de las leyes, siendo éste el segundo paso lógico una vez conquistados los derechos personales, por lo que era necesario defenderlos”.
Durante más de un siglo, tras la invención y la entusiasta o resignada aceptación del proyecto de representación política, los promotores y defensores del mismo se resistieron con uñas y dientes a ampliar el sufragio universal a cualquiera que no formarse parte de los que lo tenían. La perspectiva de un sufragio más amplio se consideraba, no sin razón, como una agresión contra la democracia y no como su triunfo.
Flores d´Arcais observa con acierto que sólo había dos soluciones posibles a este dilema: Restringir el sufragio a quienes ya contaban con tales recursos o revolucionar progresivamente la sociedad hasta convertir esos privilegios en derechos que estuviesen garantizados.
Sin derechos políticos, la gente no puede estar segura de sus derechos personales, pero sin derechos sociales los derechos políticos seguirán siendo un sueño. Sin un seguro garantizado por la colectividad, los pobres y los indolentes carecen de estímulos para el compromiso político y, más aún, para participar en el juego democrático para las elecciones.
Las sociedades avanzaron un paso más hacia un Estado Social Generalizado, a medida que aumentaba el número de categorías de la población a la que se le concedían derechos electorales; más adelante se cruzó la línea que dividía a quienes solicitaban los derechos políticos para estar seguros de que no les serían sustraídos o alterados los derechos personales, de los que ya disfrutaban; y aquellos que necesitaban los derechos políticos para obtener los derechos personales, que no tenían y que habrían encontrado inútiles si los hubiesen obtenido, con independencia de los derechos sociales.
Eran necesarios los derechos políticos para crear y asegurar los derechos personales, era necesario a su vez confirmarlos y reafirmarlos en su nueva forma de Estado Social. La solidaridad ocupó el lugar de la pertenencia como escudo principal frente a un destino cada vez más azaroso.
Castel alude el regreso de las clases peligrosas, que estaba constituido por el exceso de población temporalmente excluida y todavía sin integrar; se esperaba que con el tiempo estas clases se reintegrasen y se restableciesen sus intereses en el orden social.
“Las nuevas clases peligrosas son grupos sociales que se juzgan inadecuados para la reintegración y se declaran inasimilables, ya que no pueden imaginarse qué función podrían desempeñar tras la rehabilitación.”
Esta es una síntesis del tercer capítulo de Tiempos Líquidos, de Bauman, el cual nos muestra, como podrá verse, muchas realidades. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León / [email protected] / Twitter: @teolavin

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