Para encontrar el origen de la leyenda hay que remontarse a las épocas en que los hombres iniciaron la comunicación entre ellos. Leyenda viene del latín legenda («lo que debe ser leído») y tiene un origen religioso, ya que la palabra se daba a una narración puesta por escrito para ser leída en voz alta y en público, bien dentro de los monasterios, durante las comidas en el refectorio o dentro de las iglesias, para edificación de los fieles cuando se celebraba la festividad de un santo.
Ahora, el concepto de leyenda no sólo nos habla de un relato escrito, sino de una tradición oral que puede pasar de generación en generación y ha salido del ámbito exclusivo de la Iglesia desde el siglo XVI, en la cual a través de la palabra se comunican historias que, si bien no tienen una precisión histórica, sí guardan mucho de la vida cotidiana de pueblos y ciudades, y que en un principio tenían una intención moral o espiritual; pero el significado de la palabra se extiende a las historias que de boca en boca se van haciendo parte de la historia de pueblos y ciudades, de familias y de barrios, así como de la propia Iglesia.
En un principio la palabra tenía un significado, como lo señala el maestro Gonzalo de Berceo cuando en Milagros de Nuestra Señora, 1858, pag. 5, habla de “todas las leyendas que son del Criador” y en otros pasajes; aunque también alude ocasionalmente a leyendas de forma más general.
En otros autores el significado de la palabra se extiende a lecturas no solamente piadosas, como ya lo he señalado, sino que su significado posterior se profaniza como lectura de algo no ajustado estrictamente a la historia, pero con valor poético. Es durante el Romanticismo cuando la leyenda se vuelve sinónima de lo conocido en el siglo XIX como “tradición popular”.
En literatura, una leyenda es una narración ficticia, casi siempre de origen oral, que hace alusión a lo maravilloso. Una leyenda, a diferencia de un cuento, está ligada siempre a un elemento preciso (lugar, objeto, personaje histórico, etcétera) y se centra menos en ella misma que en la integración de este elemento en el mundo cotidiano o en la historia de la comunidad, pueblo o ciudad, a la cual la leyenda pertenece. Contrariamente al cuento, que se sitúa dentro de un tiempo (“érase una vez...”) y un lugar (por ejemplo: en el Castillo de irás y no volverás) convenidos e imaginarios, la leyenda se desarrolla habitualmente en un lugar y un tiempo precisos y reales; comparte con el mito la tarea de dar fundamento y explicación a una determinada cultura, y presenta a menudo criaturas cuya existencia no ha podido ser probada, como la leyenda de las sirenas y muchas más.
La mayoría de las leyendas mexicanas tiene su origen en España, primordialmente en la religión, pero en México éstas se conocen desde la época prehispánica; por eso, muchas de ellas se encuentran en todas partes, debido a que en todos los tiempos el hombre ha buscado el misterio y a quién adorar. Hay leyendas sobre la naturaleza (el sol, el rayo, el río y hasta las estaciones del año), así como también ha pasado por elementos no naturales, como estatuas hechas por el mismo hombre.
Acerca del porqué se originaron las leyendas, se dice que fue a causa de que el hombre se encontraba indefenso y no podía explicar algo que no podía entender. Es ahí donde el mito y la leyenda se unen, pero esta última, primordialmente, es aquella narración que pasa de manera oral de generación en generación.
Las leyendas urbanas o rurales son historias o cuentos extravagantes y fantásticos, pero lo suficientemente verosímiles, que circulan de boca en boca, adquiriendo así y sólo por ese hecho datos nuevos y matices personales de quien lo cuenta, como si se tratara de hechos verdaderos que tuvieron lugar en algún momento y sitio determinados, habitualmente dentro de una gran ciudad y siempre con relación a una de ellas. Una característica que en lo general las distingue es que resulta imposible encontrar un testigo directo del suceso narrado, por lo que prácticamente no se corrobora la veracidad de lo dicho; o, más bien, en su caso, de lo visto, oído o imaginado por medio de alguna fuente no verificable o dudosa, ya sea proveniente del primo lejano que llegó de visita de improviso, del chico del mercado que no es especialmente observador, o de la señora que tiene un recuerdo de algún suceso que piensa sucedió de cierta manera.
El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su vigésima segunda edición, cuarta acepción, contiene el siguiente significado de la palabra “leyenda”: “Relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”.
Podemos pensar en porqué vivimos en medio de una irrealidad tan ficticia como las leyendas. ¿No cree usted?

Por: Eeodoro Lavín León

[email protected] / Twitter: @teolavin

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