“¡Tengan miedo!” -decía un predicador al que escuché hace 30 años, y sus palabras han sido proféticas, ya que vivimos una realidad que nos tiene cada vez más dominados por el temor.
La inseguridad en que vivimos, donde día a día nos enteramos de algo nuevo, como que Prados de Cuernavaca amaneció con un hombre muerto de dos balazos en la cabeza; que asaltaron la tienda de la esquina, rompieron los cristales y la vaciaron; que al médico vecino le pidieron “piso”, lo amenazaron y está apanicado; que encuentran tres ejecutados en Yautepec, en un campo de cultivo de La Nopalera, de nombres Vilulfo, Héctor y René de 33, 30 y 27 años respectivamente; que ahora desaparece una alumna de la Normal Benito Juárez en Cuernavaca, en la colonia Lázaro Cárdenas; que hallan dos ejecutados más en Jiutepec, en la colonia Ejido de Chapultepec, y los homicidas escapan en un taxi y una camioneta; que asesinan a un automovilista por tratar de impedir un asalto también en Jiutepec; que en Tetecala ejecutan a dos hombres en una cantina; en la colonia Pro Hogar encuentran a un joven con un tiro en la cabeza, en Emiliano Zapata y en Cuautla es “levantado” un taxista. Esta y muchas noticias así de desagradables tenemos cada semana.
Por eso es importante que los ciudadanos estemos cada vez más unidos y que increpemos al poder que no nos da una de sus funciones fundamentales, que es la seguridad; un poder que nos da cifras, edificios, sistemas y muchas, demasiadas, palabras, pero de seguridad, que es su obligación, nada, lo que es una forma sublimada de su propio miedo y es resultado de la constatación de su fracaso. Hessel denuncia el acercamiento a las desigualdades y, desde luego, los asuntos perversos como una manera heteronómica de aplicar el poder.
Hoy el miedo a la vida ha sido reemplazado por el miedo a la muerte, esta es la impresión que nos da el sobrevolar la actualidad cotidiana que nos habla de muerte, asesinato, secuestro, amenazas, asaltos y robos, o sea un aumento sostenido a la violencia de toda índole.
Aquí se mezclan los temores de los ricos y los temores de los pobres, cada uno tiene miedo a su manera y se meten miedo recíprocamente, miedo de miedos, miedo al cuadrado de alguna manera.  
Las autoridades manejan ese miedo a su modo y se conforman con socorrer a unas cuantas gentes, pero la mayoría está sola, sola con sus miedos.
Digamos que el inventario rápido de los nuevos miedos humanos tiene, evidentemente, la obligación de registrar el ascenso de formas de violencia relativamente inéditas y tanto más significativas por cuanto afectan a todas las regiones del estado. Como lo señala Marc Auge en su libro “Los Nuevos Miedos”, que nos lleva a la realidad histórica que vivimos en los países subdesarrollados o, como dice el gobierno, en vías de desarrollo, que es lo mismo.
Porque ahora no vivimos nada más la violencia de la inseguridad, sino vivimos violencia de varios tipos: la violencia económica y social, la violencia política con los testaferros del poder y la violencia tecnológica y de la naturaleza que, debido al cambio climático, es cada día más fuerte en contra de nosotros los ciudadanos.
Esas formas de violencia, nos dice Auge, forma miedos específicos, el estrés, el pánico o la angustia; pero los temores, como las violencias, se agregan unos a otros, se combinan entre sí y se destiñen unos sobre otros; con mayor razón en esta época de difusión acelerada de las imágenes y de los mensajes que bombardean a diario a los ciudadanos a través de los medios de comunicación, escritos hablados o con imágenes. Así, el miedo despierta en uno por la obsesión que se suscita en el otro, en una confusión de todas las categorías de alteridad y a través de lo que esperamos en el futuro inmediato.
Pero esa obsesión y ese temor tienen componentes múltiples, de modo tal que la situación que vivimos a diario afecta nuestro trabajo y -sobre todo- nuestra vida cotidiana, pues al despedirnos día a día de nuestros seres queridos no sabemos qué va a pasar o cómo y cuándo vamos a regresar, o con qué novedad nos vamos a encontrar, mientras alguien nos habla de las “maravillas institucionales”, mientras nosotros, los ciudadanos, buscamos desenredar la madeja de la inseguridad, que tiene tantas líneas que no nos permite vivir en paz, porque la autoridad responsable no quiere o no puede -por su egolatría y soberbia- analizar con sentido de realidad, y no con su imaginación, las causas, las consecuencias y posible continuidad del miedo colectivo al crear dentro de los ciudadanos un malestar generalizado, el que parece haberse apoderado de nuestra sociedad, del ciudadano común y corriente, y que ya no respeta estatus económico; igualmente a ricos y a pobres afecta al no encontrarse una manera de solucionar el miedo que amenaza su equilibrio de vida.
Por eso la ciudadanía está molesta y desesperada por el miedo que tiene como resultado de una realidad que a las autoridades les encanta ocultar con palabras y números. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León /  [email protected]

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