compartir en:

Hoy, 29 de septiembre, es el día en que se celebra a San Miguel Arcángel, y se festeja una de las tradiciones cuernavacenses por excelencia, la de las cruces de pericón. Tradición que viene desde el mundo prehispánico. La leyenda adaptada por su servidor dice lo siguiente:
En medio de la bruma, el aguacero de la noche se levanta en un fondo gris como cortina de algún teatro, los relámpagos alumbran volviendo de día por segundos la colina, el viento sopla de norte a sur con rachas que asemejan un huracán en ciernes, la cortina de agua que viene de allá está cayendo fuerte, al sur los grises se convierten en magentas, naranjas y dorados, mientras el astro rey se va perdiendo en el horizonte de la tarde, donde sólo las largas sombras de los laureles a la orilla del camino se yerguen hacia un cielo cubierto por un manto de estrellas en el inicio de la noche. Se acaba septiembre, el mes de los grandes aguaceros, la campiña de todos los verdes en tonos diferentes se llena de amarillo café y naranja de las flores del pericón.
La multitud se agolpa frente al sitio donde danza el sacerdote, quien brinca sin descanso llenando el aire de olores nuevos de copal e incienso. La tarde había sido difícil, la lucha cruenta y desigual entre Tlahuicas y Tepoztecas, lucha entre hermanos bajo la superstición de los poderes ocultos del sagrado instrumento, el Teponaztli. Unos habían sorprendido a los otros al ocultarse entre las hermosas flores, la sorpresa había sido grande, pero a pesar de ello la lucha había durado más de un día, en el cual las espadas, las flechas y los cuchillos brillaron en todo su esplendor en medio de un hermoso campo con las flores amarillas viendo hacia el cielo, pintadas por el artista del infinito, ahí donde durante más de 36 horas, en la guerra cuerpo a cuerpo, apareció la muerte. A pesar de su fuerza, los Tepoztecas cayeron; la luz se filtraba entre los verdes, naranjas y amarillos que se mezclaban de manera irregular dando un paisaje de luz y color, mientras las mariposas y los sagrados colibríes recorrían de flor en flor repartiendo el polen de la reproducción de su belleza. Salieron los guerreros de entre las flores, como aparecidos, de un salto sobre ellos, a un chiflido se levantaron todos y empezaron la masacre. Horas de angustia con la pérdida de muchas vidas, la tierra se pintaba de rojo de repente, cuando caían uno a uno los guerreros acuchillados, atravesados por una flecha o con el cráneo roto de un mazazo. El rojo se mezcló con el naranja y amarillo de las flores, con el verde de sus tallos y se extendió sobre los cuerpos cubiertos de flores.
En ese lugar, donde los cazahuates blanqueaban el panorama, invitando al venado a venir a alimentarse, donde las flores se perdían hasta el final de la vista, ahí se llevó a cabo la batalla, ahí se habían defendido la honra de un pueblo y su tesoro más preciado: su Teponaztli, el santo, el sagrado, el que los comunicaba con los dioses, el que de manera clara les marcaba sus designios, el que daba las señales; el que te decía como vivir; aquel que tenía la magia del padre sol, de Tonatiuh; el que los dejaba tranquilos para disfrutar la vida; el que era como el agua clara del arroyo trasparente, que con su luz quitaba y limpiaba la maldad del hombre sin riesgos, de manera valiente; el que con sus rayos ayudaba a calentarnos, a que se desarrollaran las flores, las plantas y el maíz. Ahí, esa noche, donde ahora sólo se oía el retumbar del teponaztli, su rítmica vibración llenaba el espacio, sólo el eco se burlaba de él repitiéndolo, interrumpido únicamente por el ladrido de algún perro donde el aroma del campo se mezclaba con el olor y color de la sangre, con la muerte.
Las fogatas estaban al fondo, en todo su esplendor, sólo ellas, las flores sagradas de septiembre, acaparaban el ambiente dispersando a los moscos y alimañas. En el lugar, los cadáveres fueron cubiertos con las flores, para evitar la mala vista y evitar así también que se convirtieran en alimento de los depredadores.
Los Tlahuicas danzaban al son del rítmico sonido, junto con los sacerdotes ataviados de plumas y grandes penachos. En medio de la danza, sobre su trono, su rey Izcal presidía la ceremonia. Mientras los guerreros, cansados de la batalla, seguían danzando frente a su monarca, la tormenta amenazaba, el aire olía a lluvia, la luz se iba apagando, la noche se hacía más negra; sin embargo, los Tlahuicas no paraban, habían ganado la batalla, era el momento de devolver a los dioses las gracias que les habían dado durante las horas de danza, ya que ellos, sólo ellos, les habían permitido triunfar en la batalla. Los sacerdotes cantaban, gritaban, aullaban como animales heridos de felicidad, no descansaban, chiflaban sin descanso al ritmo del monótono compás de su tesoro: el Teponaztli.
Las mujeres apuradas calentaban las grandes cazuelas que hervían formando su pequeña chimenea a veces de un lado o del otro, de acuerdo con el capricho del viento, sobre el anafre; como crótalos, las manos no paraban, echaban tortillas a destajo, los niños comían, jugaban y reían, era una fiesta. Más tarde dormirían en el regazo de sus madres, el pueblo estaba ahí feliz, ilusionado, con la esperanza en ciernes para festejar el triunfo, pero sobre todo festejar el haber recuperado su medio de comunicación con los seres de otra dimensión, los que hacían gruñir las nubes y alumbrar al mundo. Los Dioses ahora tenían su teponaztle.
Así, con el tiempo, la cosecha fue buena y los elotes abrían entre sus flores; por ello, cada año la fiesta se trasladaba a la ladera del Cerro del Vampiro, bajo el manto protector del Chalchi se reunía la comunidad completa, feliz ante las celebraciones de los sacerdotales en las que bailaban y llenaban el ambiente de copal anualmente hasta la salida de la luna; los hombres ataviados con sus trajes de batalla, las mujeres con sus mejores galas, con el gran sacerdote y sus sacerdotes menores quienes con túnicas nuevas, en medio de sus penachos de plumas multicolores quemaban el incienso ante su deidad Huichilopoztli; así lo celebraban cada año, muchas veces en medio de la lluvia, acompañados de los guerreros con cascabeles en las piernas y con las mujeres de grandes trenzas con telas de colores, que recogían las flores en ramos grandes que les servirían, quemándolas poco a poco durante todo el año, para ahuyentar las alimañas; así era la costumbre de la tribu en la celebración del teponaztle.
Esa era la tradición de mi pueblo, la adoración a Tonatiuh y a Huitzilopochtli. El gran sacerdote sacaba esa tarde entre embrujos los pronósticos para la cosecha, los elotes en su punto hervían en grandes cazuelas, para convertir el día de la batalla en un día de gozo y de agradecimiento, tal era su costumbre.
Un día llegaron los hombres blancos y barbados, llenos de pelos, con animales que los hacían ver muy grandes: los caballos, y los subyugaron, los golpearon, los esclavizaron, les quitaron sus ídolos y les impusieron la cruz. Se iniciaba la catequización, pero en la mente del tlahuica sólo existían sus dioses y a los conquistadores les decían que sí aceptaban la nueva fe, y cargaban las piedras, las pegaban con argamasa para sus construcciones, levantaban altares para la cruz sobre sus pirámides, pero enterraban a sus dioses entre la argamasa sin ser vistos y al principio no adoraban a la nueva deidad. Poco a poco aprendieron el idioma extranjero y empezaron a conocer las historias de las divinidades intrusas, y la lucha interna dentro de su alma fue muy fuerte, la esclavitud era dura; sólo a los que se acercaban a la nueva religión les iba mejor. Así que fueron cambiando pero sin convicción, ya que sabían que sus dioses, en los que ellos creían, estaban ahí entre las piedras.
Los sacerdotes inteligentes, empezaron a tratarlos mejor; prueba de esto es la imposición de la Santa Virgen indígena en la Catedral de Cuernavaca sobre el bautisterio.
Lucharon y fueron esclavos de la caña y de las construcciones. Los hombres barbados no eran buenos, les robaban a sus mujeres, las usaban y las desechaban; y sólo algunos en verdad se enamoraban de ellas. Pero a pesar de la esclavitud, en las noches de septiembre salían hacia su cerro, hacia el valle del Chalchi, donde adoraban a sus dioses a escondidas en medio del fuego y la algarabía y cortaban las bellas flores amarillas. Cuando los españoles se dieron cuenta, primero se molestaron, pero los sacerdotes siguieron a los tlahuicas hasta el cerro y desde lejos admiraron a los hombres danzando entre la lluvia y los relámpagos, y a las mujeres recolectando la flor que ellos, los sacerdotes, sólo conocían seca y de la que ya tenían conocimiento que servía para alejar moscos y alimañas; los observaron toda una noche y al día siguiente los llamaron, hablaron con ellos y les pidieron explicar la razón de su ceremonia. El guerrero orgulloso de su pueblo habló y hablo claro, les dio un panorama grande del porqué de esas celebraciones; los sacerdotes –impresionados- decidieron seguir el juego por las buenas y ya en plena catequización les cambiaron la cruz y la salida del diablo para inventar las cruces de pericón. Ellos amaban sus costumbres, así los encontraron los conquistadores cuando venían hacia el valle de Tamoanchan, así lo reseñaron en sus libros los primeros clérigos que llegaron a estas tierras, que todavía no entendían nuestro lenguaje, pero encontraban claramente la importancia de la tradición de nuestras gentes como algo arraigado en el pueblo; de esta manera, en la catequización a los indios se les dijo que el 28 de septiembre el diablo andaba suelto y que necesitaban las flores del pericón en una cruz para ahuyentarlo. Al principio desconfiados, hacían las cruces como les enseñaron los curas, pero recogían las flores para sus ofrendas, las que guardaban todo el año ya que eran útiles para usarlas de repelente de alimañas, pero poco a poco se fue arraigando ésta, la única, la verdadera tradición de Cuernavaca.
Hermosa tradición de Cuernavaca ¿no cree usted?

Los guerreros tlahuicas danzaban en el cerro, mientras los sacerdotes quemaban incienso y las mujeres de trenzas largas recolectaban la flor sagrada.

Por: Teodoro Lavín León /  [email protected]   Twitter: @teolavin