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Después de oír por la mañana tantas cifras y sobre la maravillosa manera en que la autoridad dice que casi ha terminado con la delincuencia en el estado y de cómo podemos vivir en un Morelos seguro, nada más les voy a contar una historia y las conclusiones usted sáquelas, porque definitivamente son kafkianas las situaciones que se dan y el móvil de los delitos con violencia es cada día mas retorcido; mire usted:
En un local del centro de la ciudad, de unos 20 metros cuadrados, jóvenes que colaboran conmigo en la asociación civil en la que trabajamos de manera gratuita desde el 2004, me pidieron ayuda para conseguir una licencia de restaurante bar, ya que uno de ellos estudió gastronomía; y otro, a base de puro esfuerzo, es ya abogado y quien finalmente tiene la licencia a su nombre.  Ellos pusieron el pequeño negocio a una cuadra y media del Zócalo de Cuernavaca, en la calle de Comonfort, entre Lerdo de Tejada y Morrow, con cuatro pequeñas mesas y las sillas necesarias, y con una computadora ya viejona, además de una televisión grande que casi ocupaba la mitad del local y que fue la mayor inversión que hicieron para tener música y video como atractivo para la clientela. Abrieron su pequeño bar en marzo de este año, al parecer -porque no me consta ya que yo estuve fuera del país durante tres meses- con esfuerzo y trabajo diario, ya que todos ellos y sus amigos tienen trabajo con horarios primordialmente de toda la mañana. El que aparece como dueño trabajaba de nueve a tres en actividades distintas, estudiaba de cuatro a nueve y luego llegaba al bar para hacer las cuentas del día y servir de mesero, garrotero, barman y gerente al mismo tiempo hasta el cierre de cada día. El local es propiedad de mi familia, por lo que pagaban una renta muy pequeña, pero al ser gente de mi confianza podía guardar sus cosas en la casa y tener siempre un lugar donde apoyarse.
Este servidor suyo frecuentemente los visitaba y algunas tardes pasaba tomando una copa, riendo y cantando con algunos compañeros de la facultad, así como lo hacían los amigos del joven empresario, que -como nuevos profesionistas- se juntaban a platicar o a tomarse una “chela” y conversar. La verdad es que era un negocio fruto del esfuerzo de jóvenes de entre 20 y 30 años a los que prácticamente en el momento actual aún no les dejaba un centavo, por lo que trabajaban gratis comprando cada semana -cuando les iba bien- algo más para mejorar su negocio.
Pero el día sábado, después de escuchar que las autoridades ya han acabado con la delincuencia y los delitos de alto impacto en la ciudad, y de enterarse de que vamos despegando hacia el progreso –¡sí, Chucha, cómo no!– a las 10:30 de la noche, a una cuadra y media del centro, a cien metros del Zócalo y con tres negocios abiertos a menos de cincuenta metros alrededor, entraron dos tipos de aproximadamente 35 años, sacaron sendas pistolas y golpearon a los dos jóvenes que ya estaban a punto de cerrar, uno de ellos amigo del encargado
Los encerraron en el baño, de rodillas, los amarraron con vendas que ya traían preparadas y, con toda la tranquilidad del mundo, vaciaron el local, se llevaron una pantalla que para moverla se necesitan cuando menos tres personas y, ¡a una cuadra del centro y a esa hora que todo mundo circula!, sacaron la pantalla, la computadora  y todos los electrodomésticos que había, además de quitarles el dinero que cada uno de los muchachos había cobrado en sus respectivos empleos porque fue quincena, así como los relojes, los celulares las cadenas y pulseras. Mientras uno de los hampones vigilaba a las víctimas del asalto a punta de pistola, al parecer todo un grupo de cómplices -sin que nadie alrededor se diera cuenta- cargaron con bocinas, micrófonos y, en fin, todo lo que pudiera venderse. Pero no sólo eso, amenazaron a los muchachos con regresar al otro día si decían algo, y a uno de ellos que tenía un carro le quitaron sus llaves; y dejaron el auto, pero lo abrieron y sacaron todo lo que había adentro. Todo esto sucedió en un lapso de diez a quince minutos y, aparentemente, ¡y nadie por ahí se dio cuenta! Cuando los jóvenes supusieron que ya estaban solos, se desataron como pudieron y uno de ellos corrió al Zócalo para buscar una patrulla; ahí un policía de esquina llamó por su radio a una patrulla que llegó al poco rato al local, pero sus ocupantes sólo observaron y se fueron sin más. El joven que salió a pedir auxilio le pidió a uno de los muchachos del plantón universitario que le prestara su teléfono y llamó al gerente, quien llegó de inmediato y se trasladó al Ministerio Público a levantar el acta.
Hay quien me dice que el acto fue un aviso para mí, porque les molesta que escriba mi verdad, y que por ello nadie quiso darse cuenta de lo que sucedía a una hora en que la circulación es bastante pesada en la zona; otros dicen que simplemente es la impunidad con que la delincuencia trabaja, ya que en el tiempo que tiene de estar abierto el barecito, han matado a dos personas a media cuadra y han asaltado el Oxo frente al Zócalo; y, a pesar de tanto policía, nunca aparece ninguno cuando ocurren los asaltos. Por lo que a mi respecta, voy a seguir escribiendo sobre lo que vive mi ciudad, donde nací y donde me voy a morir. Además, estimo profundamente a los pobres jóvenes que perdieron los ahorros de un año de esfuerzo en unos pocos minutos, aunque dice la autoridad que somos ejemplo de seguridad en el país. Será ejemplo de corrupción e impunidad. ¿No cree usted?

 

Por: Teodoro Lavín León / [email protected]