En verdad, el poder corrompe y ciega, o es la ignorancia supina la que acaba con el legado histórico de los pueblos. Aquí en Morelos, una vez más, la soberbia del poder hace a quienes lo detentan no darse cuenta de lo verdaderamente mal que se ven haciendo homenajes y agradecimientos a quienes deberían de ser multados y reprendidos por acabar con la salud de la población del estado.
Hace ya algunos años, durante la presidencia de Felipe Calderón, un grupo de Cuernavacos -como nos hemos llamado- nos enteramos de que la única casa que quedaba del tiempo en que Cuernavaca fue el centro político-social del país, en el siglo pasado, iba a ser demolida por un grupo camionero que quería estacionar sus unidades para hacer negocio; y ese sujeto al que no le importan los morelenses es el que ahora resulta homenajeado.
Protestamos, buscamos el apoyo de los políticos que, como siempre, se hacen como que la Virgen les habla, por lo que nuestro grupo, en pijamas o como pudimos, a las 6 de la mañana tomamos las viejas y hermosas bardas de la antigua Casa de la Chica y no permitimos su demolición, y con una insistencia férrea logramos que el Presidente de la República la denominara patrimonio histórico de los morelenses, por lo que no puede ser tocada, de acuerdo con la ley. Bueno, eso dice la ley; pero, como todos sabemos, se la pasan por el arco del triunfo las autoridades que tenemos, o incluso se ponen de acuerdo, como es el caso y aquí eso de una sociedad de derechos es una farsa más grande que don Goyo.
Así, no permitimos que esa única hermosa casa, ejemplo de la arquitectura de la última mitad del siglo antepasado y la primera del pasado, fuera derruida para poner camiones.
Pero ahora podemos ver cómo, sin decir nada, a escondidas como tlacuaches, poco a poco han ido acabando con esa misma hermosa casa que tenía unos laureles viejísimos y bellísimos, que los hampones los han ido secando uno por uno. Puede usted pasar por enfrente del edificio donde se alberga el Ayuntamiento y podrá ver desde su vehículo ya secos dos hermosos arboles inmensos, sin que la autoridad diga nada. El INAH, para variar, no hace nada y el gobierno estatal está coludido con los explotadores.
La empresa, que tiene camiones en la calle de Abasolo, acaba de recibir la gratitud del gobierno, quizá por contaminar, porque en verdad sólo ha hecho negocio para su beneficio, pero nada más. Hágame usted el favor, qué aberración, qué falta del más mínimo recato que nos estén envenenando día a día por todo el centro de la ciudad y no es importante para el gobierno, pues lo importante es la soberbia y en esa importantitis todavía publican el mal como un gran logro.
Ahora entendemos por qué no existe una central camionera, porque no quieren gastar, porque están coludidos con la autoridad mientras se hinchan de dinero contaminando las calles de lo que, desvergonzadamente, llaman Ecozona.
Para que existiera una ecozona, lo primero que deberían de hacer es sacar las fuentes de contaminación del centro de la ciudad, que eso son todas las líneas de camiones foráneos. ¿Y cómo haces eso?, sólo mediante una central camionera; pero, como les costaría a los camioneros porque es su negocio, con una corta por debajo de la mesa lo solucionan y siguen acabando con el aire de la ciudad.
Hasta en la ciudad más pequeña de este país y en el mundo entero existe una central camionera; pero, como empresarios y autoridades están metidos todos en el negocio, son tan cínicos los funcionarios oficiales que agradecen a una empresa que ya debería haber sido sacada del centro de la ciudad y obligada a construir una central para sus operaciones como marca la más elemental lógica.
Pero no, estos nuestros queridos gobernantes, o más bien todo lo contrario, se dan el lujo de felicitarlos y agradecerles que nos contaminen, que acaben con la movilidad complicándola en el centro con sus vehículos y que, de la misma manera, casi se hagan dueños de la calle que se encuentra exactamente atrás de lo que fuera la huerta del obispado, y más tarde el Jardín Revolución, donde los camiones descargan sus escapes contaminando exactamente a la altura de la cancha de básquetbol, para que se intoxiquen bien los deportistas y, de la misma manera, los infantes del Jardín de Niños Resurgimiento el de más tradición en el estado; pero desde luego las autoridades no saben nada, porque sus miembros no son de aquí, unos y otros, y lo único que les importa es ver qué más sacan y qué más se llevan cuando se vayan.
La Casa de la Chica debería de ser expropiada por el Congreso; pero, como tenemos un congreso servil al ejecutivo, nunca va a suceder. Ya vimos lo rastreros como pocos que son los supuestos representantes de la ciudadanía y sabemos que no les importan los derechos del pueblo.
Eso sí, el Gobierno del Estado realizó un estudio de la contaminación del centro de la ciudad y fíjense que “nunca se le ocurrió” que si saca a las líneas de camiones de allí se reduciría de manera significativa la contaminación; pero, por supuesto, sí cobraron su porcentaje de los 20 “melones” de lo que costó el estudio. ¿No cree usted?

Por: Teodoro Lavín León /  [email protected]