El concepto de ciudadanía se encuentra íntimamente ligado a la idea de régimen democrático, de constitución de normas y procedimientos que enmarcan la vida cívica, a la delimitación territorial que primero enmarca la ciudad y después la nación, al sentimiento de membresía que marca la adscripción a una comunidad política, al despliegue de un código de comportamiento acorde con los deberes y derechos establecidos para participar en el espacio público y a las formas que definen el carácter representativo en la toma de decisiones.
En Morelos, Cefocupo AC desde 2004 ha venido construyendo ciudadanía de manera tranquila y callada, llevando a diferentes poblaciones de Morelos un mensaje de aliento y de apoyo a los ciudadanos para que conozcan sus derechos cívico políticos, así como lo que pueden obtener de un régimen democrático como el que deberíamos tener.
Su arduo trabajo le dio el premio Nacional de Trasparencia a las asociaciones civiles en 2005, entregado por la Sedesol; el de trabajo realizado con las diferentes secretarias le mereció el reconocimiento del Penud de la ONU y del Instituto Nacional de la Mujer.
Construir ciudadanía es una labor sencilla, pero de transcendencia importante para el conocimiento del Estado de Derecho en México, para que los ciudadanos conozcan sus derechos y obligaciones, y actúen en consecuencia.
Tienen sus orígenes en la Grecia clásica y a la visión aristotélica de la política, a la idea de que los hombres solo adquirirán un potencial completo de sus vidas y de su personalidad por medio de su participación en los asuntos de la polis. Ciudadanos son todos aquellos que comparten la vida cívica, aquellos con el conocimiento y la capacidad para participar en un encargo deliberativo o judicial, aquellos que comprenden la tarea simultánea, compleja y dinámica de regir y ser regidos.
La visión de Aristóteles implicaba una participación política activa y un conocimiento profundo del carácter y los méritos de los candidatos, así como de sus aptitudes para decidir en los asuntos de disputa de derechos y de distribución de cargos en el gobierno.
Siendo el concepto aristotélico de ciudadanía poco asequible en las sociedades constituidas en torno a una nación, su reconstrucción necesitó considerar las relaciones que el nuevo esquema implicaba. Sin embargo, se mantuvo el alto valor otorgado al ideal cívico entendido como capacidad para establecer consensos, fijar normas de comportamiento y asignar tareas que permitieran discutir y llevar a buen término aquello que competía a la vida pública.
Ese nuevo esquema social muestra unas instituciones articuladas, difunde la sana convivencia, la capacidad de mediar ante intereses particulares como atributos de ser miembro de una comunidad que acepta y comparte unos códigos legales y unos atributos propios del ser ciudadano.
La capacidad para conciliar intereses en conflicto conduce a establecer normas de participación, allí los ciudadanos se reúnen para tomar decisiones ante las cuales cada uno respeta la autoridad del otro y todos obedecen las decisiones tomadas, que hoy llamamos leyes.
De esta manera el individuo se hace ciudadano cuando adquiere derechos y esta adquisición es reconocida por los otros. De allí que el ciudadano debe ser útil a los suyos, honesto, probar su integridad, acatar la ley y participar en los asuntos públicos.
En ese contexto democrático y como reflejo de estos atributos se llega a una definición de ciudadanía que permite el despliegue de relaciones igualitarias, inclusivas y no jerárquicas y de unos valores individuales que constituyen la base del bien común. Si bien estos valores son casi inasequibles, ellos constituyen la médula de la ciudadanía.
La educación junto a práctica de los valores cívicos permiten el desarrollo integral de las facultades cognitivas, emocionales y volitivas para expandir una personalidad integral como vehículo para internalizar los valores compartidos y adquirir las destrezas y la sensibilidad que permiten una convivencia civilizada.
Este binomio educación y ciudadanía se soporta sobre dos pilares, el primero es el conocimiento de la comunidad política a la cual se pertenece en relación con su historia, ella provee los mitos y permite entender el sentimiento de pertenencia cultural y la afiliación al grupo, génesis de la nacionalidad y la fraternidad.
Y el segundo pilar, la disciplina del carácter en favor de un actuación ceñida a comportamientos socialmente válidos, supone imponer la disciplina sobre las emociones mediante la racionalidad y el respeto por los otros, punto de partida de la convivencia política civilizada, que se nutre de la capacidad reflexiva de los actores para actuar y trasformar su entorno.
Entonces el ideal civilista tiene su cimiento en la capacidad de la educación para difundir ciertos valores normativos que permiten al individuo funcionar válidamente en comunidad y para inducir a esos mismos actores hacia conductas esperadas para conservar el orden y producir acuerdos.
Por ello una felicitación a Centro de Formación Ciudadana y Cultura Política Asociación Civil, ¿no cree usted?

Por: Teodoro Lavín León / [email protected] / Twitter: @teolavin

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