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Esta es la última parte de un recuerdo muy bien escrito de mi primo el ingeniero Félix Frías León:
Para Civismo la maestra enseñaba sencillez y honestidad, era casi una clase de ética. Amplia como lo son las cuestiones civiles y en ocasiones profunda como son los asuntos personales, pero sin drama, siempre en la forma más sencilla para que todos entendiéramos el respeto a los demás y nuestras responsabilidades civiles con la sociedad y con el país. Su voz arrullaba y con frecuencia dormía a más de uno, así que los más inquietos mugían como leones sin siquiera abrir la boca o colocaban la mitad de un pasador fijo en un extremo en el respaldo de la silla del siguiente compañero. Lo hacían vibrar y sonaba “Toiiing”. La Maestra decía “A ver, pásenme esa guitarrita al escritorio”
Para Español el maestro enseñaba a ser estricto, como lo es el lenguaje. Dices algo en una forma y significa esto, lo dices en otra forma y su significado es distinto. La gramática no era bien recibida por la cantidad de reglas que tiene, así que entre regla y regla había una historia, con la cual el profesor te enseñaba a soñar despierto, como la historia del Cid Campeador, la cual contaba con tal efusividad y maestría que parecía una novela en la cual entrabas como parte de los personajes y te transportabas a aquellas épocas llenas de batallas y romances. Lo terrible sucedía cuando tocaba la chicharra para avisar que la clase había terminado, la expresión era entonces, “sígale maestro, por favor, no nos deje así sin terminar, no salimos a descanso”. 
En el Taller de Carpintería el maestro enseñaba paciencia y creatividad. De hecho, él era el más paciente y buena persona de todos ellos. Se asemejaba a Tribilín, por lo alto y buena gente. “Maestro, ya corté la tabla chueco” –No te preocupes, le cambiamos medidas a tu librero, sólo que ahora será más chaparrito-.
Lo maravilloso de los talleres eran dos cosas: primero, la libertad, no tenías que estar sentado en un lugar durante toda la hora. Te movías por todo el taller, cortando, cepillando, lijando, clavando, pintando, en fin una variedad de actividades, las cuales siempre iban acompañadas de bromas y risas -el Maestro nos seguía teniendo paciencia- era el escenario del trabajo y del juego. La segunda es que podías construir algo con tus manos; era tan hermoso el resultado como el proceso, desde ir a comprar tu tabla a la maderería a dos cuadras. Aún conservo mi librero, con mucho orgullo y respeto por lo que éste representa en esa parte de mi vida. 
En la secundaria descubres que las chicas empiezan a ser atractivas para ti. Encuentras que alguna tiene ojos increíbles, otra tiene boquita de beso, aquella una sonrisa coquetona, la chaparrita unas piernas bien torneadas, otra es muy simpática, otra es buena compañera para el estudio y para la plática, ¡y qué bueno si además tiene algo de lo demás! Te vas animando al galanteo y empiezas a andar como mosca, te haces presente por ahí donde ellas se reúnen; dices tonterías como “Que bonito está tu vestido” (el uniforme de la Escuela) o “¿Qué estás haciendo?”, cuando ves que ella está inmersa en la lectura de un libro. Pero valió la pena si, después de esto, ella te mira y sonríe. 
No sé por qué asocio los años de la Secundaria con colores, así el primer año lo he relacionado con café, como la tierra. Estabas entonces como arraigado a ésta, casi no te movías, muchas cosas eran desconocidas y te infundían cierto temor: los edificios, los maestros, las clases. Te preguntabas, esto es maravilloso, es otro mundo, ¿por qué la Primaria no era así?
El segundo año era azul, tal vez por aquello del cielo y la libertad que representa y que sentías; ya no tenías temores y disfrutabas cada momento. Las materias te parecían cada vez más sencillas y sabías como manejarlas y evitar algún tropiezo. El cielo era el límite. Los descansos representaban la conexión abierta con los demás. Sales del salón diez veces más rápido de cómo entraste y sólo para irte a trepar a los barandales del pasillo. La Escuela cuenta con grandes espacios abiertos y aprovechas esos escasos minutos para ver a todos lados y buscar a la chica que te gusta, que por supuesto no va en tu salón. Desde algún punto puedes mirar aquel árbol que plantaste en tus primeros días en el Primer Año, para vigilar si va creciendo derecho o ligeramente torcido, como presagio de un destino que te espera.
El tercer año era rojo. Aquí pienso que era el ímpetu sin límites y la energía que te da la adolescencia. Prácticamente estabas dejando de ser niño y te estabas convirtiendo en hombre. Tu voz estaba cambiando y habías alcanzado una altura que sorprendía a muchos, sobre todo a los parientes y amigos de la familia que no te veían seguido. Ya eras dueño de la Escuela, conocías cada rincón, sabías a dónde pertenecías y todo aquello que habías vuelto tuyo. Eras de los grandes, lo cual infundía cierto respeto de los pequeñines de primer año.
A la Secundaria ibas y regresabas caminando, lo cual hacía tanto sentido que era una parte importante de esta aventura: jugueteando en la calle, corriendo o yendo detrás de la parejita de nuevos novios, tratando de ver el momento mágico en que se tomaban de la mano y gritarles uno que otro chascarrillo. 
Por algún tiempo, el transporte era la carcachita del año 1932 de un compañero. Partía diez minutos antes de la hora y había que estar puntual porque el vehículo era muy especial: sólo tenía el asiento del conductor y no tenía más que dos puertas y ningún vidrio. Había que acomodarse parados en los estribos, tres de cada lado “agarrándose” como fuera posible de los postes y del techo. Las mochilas sí iban adentro. El conductor era temerario y en cada esquina sentías salir volando, como en el juego del látigo. Al llegar, la bajada del auto era casi al vuelo, ya que sus frenos, que eran de cable, tardaban un tanto en detenerla para llegar al estado quieto y con el peso del pasaje esto se prolongaba.
En la Secundaria aprendes cosas muy valiosas: el compañerismo, la amistad, la solidaridad, la lealtad y el respeto, que van formando tu carácter y que nunca abandonarás, así como a aquellas personas con las que fuiste aprendiendo a ser compañero y amigo. 
Épocas felices, ¿no cree usted?

Por: Teodoro Lavín León / [email protected] / Twitter: @teolavin