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Este artículo es un recuerdo muy bien escrito de mi primo el ingeniero Félix Frías León, quien desde luego siente suya nuestra secundaria, la número uno, pues nuestros padres fueron sus fundadores. Aquí para ustedes:
La Escuela Secundaria se ubicaba lejos del centro de la ciudad, a la cual se llegaba, en uno de sus accesos, por una calle con grandes árboles de laurel en cada acera, que entrecruzaban sus ramas formando algo así como un túnel. Se colaba por ahí uno que otro rayo del sol, dando un magnífico espectáculo que se combinaba con la salida de clases en un río de chicos y chicas que inundaba la calle de acera a acera, ya que el tránsito de autos, en esa época, era escaso.
La Escuela Secundaria se integraba por grandes edificios de uno, dos y tres pisos, donde había salones, laboratorios y talleres; un gran auditorio, así como amplios patios en los que hacíamos tanto educación física como pasábamos el recreo grande, a eso de las once de la mañana. Después de lo pequeña que era mi Escuela Primaria, ésta me parecía formidablemente grande y con muchos espacios abiertos: libertad.
La escuela secundaria también era diferente en que teníamos distintos maestros cada hora. Era un desfile de personajes, cada uno con sus peculiaridades, que daban marco a sus enseñanzas; a algunos de los cuales recuerdo de la siguiente manera:
Para Inglés, la maestra enseñaba disciplina: las tareas, limpias y ordenadas; la clase sin desviaciones, en horario estricto, llegas tarde no entras; participación: todos los días leyendo en esa lengua, y con preguntas por sorpresa si te veía distraído; intensidad: no había intermedio, sólo continuidad, como Bach no dejaba espacio entre notas. Si te salías del orden, ya habías comprometido a tu compañero de al lado, porque la instrucción era: ”Fulano y su hermanito se me salen de la clase y se van derecho a la Dirección”.
Para Biología, el maestro enseñaba practicidad: cuadros sinópticos, árboles de clases y familias de organismos en el pizarrón. Había espacio para hacer preguntas, las cuales eran contestadas con las palabras necesarias y no más. Algunos chascarrillos, coqueteo con las chicas vivarachas y en ocasiones regaños, no por mala conducta, más bien por no haber querido aprender algo que era tan sencillo como la biología. Los exámenes mensuales consistían siempre en diez preguntas, cuando el maestro cruzaba el umbral decía: “pregunta número uno” y después de un minuto o dos, la siguiente pregunta, así hasta diez. Nadie escribía las preguntas, sólo las respuestas. Después de quince minutos los exámenes se intercambiaban entre filas y a calificar, no sin antes solicitar que fuéramos honestos. El maestro dictaba las respuestas, que eran únicas y no había más que dos opciones: buena o mala. Una vez calificados los exámenes, se pasaban al escritorio donde dos chicas pasaban las calificaciones a la lista oficial. Sabíamos al momento nuestra calificación. Rápido y práctico. Lo mejor: casi nadie reprobaba.
Para Geografía la maestra enseñaba imaginación: describía las grandes montañas, los caudalosos ríos, las grandes praderas y los espesos bosques de coníferas, con una prosa exquisita y singular colmada de adjetivos y armoniosos ademanes. Era como estar en un cuento al que éramos transportados para percibir de cerca aquellas maravillas, las maravillas de la naturaleza. No era común distraerse en clase, aún en los más inquietos, ya que ellos después la imitaban exagerando un tanto los ademanes y las frases tan expresivas.
Para Física y las Matemáticas (Ugg) el profesor enseñaba orden, precisión y a aprender sonriendo, una operación, una broma, otra operación ¡qué felicidad!, más complicada; éstas las resuelve mi sirvienta que acaba de llegar del rancho (sin ofensa) y así te llevaba de la mano y, si no entendías, va de nuevo y otra pequeña broma. Uno más uno siempre serán igual a dos y no a otra cantidad. Lo increíble eran los exámenes. Habías hecho previamente todos los ejercicios, pero en el examen venían diferentes, decía que era para que aprendiéramos a pensar. Buen intento. De esta clase aprendí que cuando la inteligencia no es mucha, el orden ayuda, así logré aprobar estas materias.
Para Dibujo, el maestro enseñaba calidad: hacer las cosas bien desde la primera vez. No había lugar para borrones, ni líneas dobles, ni discontinuas o torcidas o que no se unieran donde deberían unirse. Después de pasarte dos horas haciendo un dibujo casi perfecto y limpio, el maestro encontraba algo que no estaba bien y lo marcaba exageradamente con su pluma de tinta roja. No podías corregirlo, había que hacerlo de nuevo. A veces la misma lámina la repetías una, dos, tres veces, hasta que era satisfactoria para el profesor. Algunas chicas lloraban, pero el profesor era implacable.
Para Historia Universal, el maestro enseñaba orden y limpieza, tal como estaba su portafolios con siete plumas de diferentes colores, con uso distinto para las notas de cada alumno en su lista: tareas, si dio bien la clase, mala conducta, reprobado, etc. Éstas estaban perfectamente alineadas y sujetas en un apartado especial en la tapa del portafolios. Así también como sus propias manos de un blanco céreo, perfectamente limpias, impecables. Cada día más de uno tenía que dar la clase; esto es describir uno o más hechos históricos relacionados con la época. Por tanto, deberías haberlo estudiado cuidadosamente. Los hechos históricos tenían un riguroso orden, no podría haber sido de otra manera, y así deberían ser narrados cuando te tocaba dar la clase.
Con frecuencia la sesión se volvía divertida, ya que cuando algún compañero estaba distraído o jugando, el profesor solicitaba al vecino que le diera un “coco”. Luego, para el resto de la clase la pregunta era: “¿Coco, maestro, coco? CONTINUARÁ.

Por: Teodoro Lavín León  /  [email protected] / Twitter: @teolavin