Vamos a ver dónde y cuándo aprendiste a sufrir, Isaura, me dijo el psicólogo en la tercera cita de la que fue mi primera experiencia con el sicoanálisis. Ya hace varios años de eso y, como entonces, no tengo una respuesta clara a la pregunta ni estoy segura de que tenga sentido, pero algo se ha ido acomodando en mi conciencia y experimento un tipo de lucidez que me hace ver más claramente ciertos episodios normalmente confusos de mi vida. Bien dice Alberto Cortéz que cuando más pasan los años saben mejor los recuerdos, pero también cuenta mucho que con la edad y la cultura asimilada en libros, películas y, sobre todo, experiencias de vida, uno tiene palabras más certeras para darse a entender, conocer a los demás y de paso autoconocerse. Con los años he hecho amistad con varios buenos terapeutas y tengo la confianza de platicar con ellos, sin rodeos, de mis miedos, dudas, ansiedades y temas emocionales. Son grandes guías, tablas salvadoras para mi recurrente sentido de extravío.

Me considero una persona melancólica y no lo veo como un defecto, al contrario, siento que es un condición noble a la que acudo para ver la vida con misericordia y sensibilidad. Disfruto la soledad y el derecho a la tristeza, la belleza de las cosas simples y el hábito de la poesía que tenazmente pasa por mis ojos como el recordatorio de que siempre hay algo bello por descifrar. Con mis terapeutas he aprendido mucho y he resuelto varios temas espinosos de mi infancia y de algunas decisiones claves en mi vida, pero con los complejos o temas existenciales, y en general con la elaboración de conflictos, ocurre algo curioso por no decir retorcido: cada ‘misterio’ resuelto de mi historia le abre la puerta a otros nuevos, incluso a muchos más, como si fueran Legión, el demonio arrojado a la piara de cerdos por el hermoso carpintero. Así que de repente me doy cuenta que voy por la vida como teléfono ‘reiniciado’, moviéndome por inercia y asumiendo roles que nunca hubiera imaginado en un plan de vida hace algunos años. Está bien, no me quejo, he aprendido un montón de cosas valiosas que me hacen ser una mujer más social, dinámica y propositiva, pero en mis ratos de melancolía me siento atrapada en nuevos temas existenciales que curiosamente son viejos asuntos de la niñez que van saliendo de la caja de Pandora abierta durante el ‘cocowash’. En los últimos cinco años hasta mi tipo de sueños ha cambiado y apenas me hice consciente de ello y de que toda mi vida he sabido interpretarlos. Ahora eso se me facilita más porque disfruto mucho decodificar signos y en los sueños abundan. En este proceso de rueda de hámster son recurrentes las sensaciones de impotencia en esos sueños en los que quiero correr para huir de algo que me amenaza y no puedo; quiero defenderme pero mis golpes son ridículamente suaves y lentos; quiero gritar y no me sale la voz. La conciencia se empeña en regresarme al lugar más alejado de mi vida, a mi indefensión torpe y balbuceante de recién nacida y a mis primeras cogniciones que luchan por entender la idea de estar viva y luchando por asimilar sin prejuicios el entorno. Creo que en el fondo de este proceso todo me va a llevar al momento en que mi alma decidió nacer y a la elección de las personas que formarían mi familia y, con ellos, mi historia.

Si llego a ese momento sin volverme loca creo que será la experiencia más hermosa de mi vida y la que explicará la razón de mi melancolía llorona. Ojalá ocurra para compartírselo a mis hijos. Ayer que vi a Miroslava, mi amiga terapeuta con la que retome las terapias, me acordé de la pregunta aquella del psicólogo de mi juventud: ¿Dónde aprendiste a sufrir, Isaura? Miroslava, que es una mujer muy bella e inteligente, respondió provocadoramente con esa manera tan profesional de dominar el escenario: - ¿Qué piensas tú?-, me dijo. Me puse nerviosa y le conté un montón de cosas que estoy segura ella tomó como torpe evasión. No fue falta de sinceridad ni de compromiso con el proceso, probablemente me dio miedo reconocer una verdad incómoda y me ocurrió algo que veo ahora con más claridad: mi parloteo sirvió para quitar de la puerta a un monstruo menor que le impedía el paso al drama trascendente de mi vida; ese signo escurridizo que pide ser reconocido y exorcizado. Pero apenas hoy me di cuenta de eso.

De la charla de ayer sólo puedo recordar que le dije a Miroslava que quizá no es que yo haya aprendido a sufrir si no que mi alma es sensible y que tal vez las alertas de mi conciencia me piden redirigir mi vida por el camino de las artes o la creación; vocaciones que me parecen sublimes. Ella me dijo que era muy linda la idea de ser artista pero que consideraba que para eso no es requisito sufrir. - ¿Entonces cómo explicas el arte de Van Gogh o Alfonsina Storni, Frida Kahlo o Tolstoi, o incluso Miguel Ángel y tantos otros genios atormentados?, ¿no crees que su capacidad artística viene de su espíritu sensible?-, le contesté muy segura de la contundencia de mi argumento. Miroslava sonrió levemente pero fue enfática: -Si lo quieres ver así, está bien, finalmente es tu concepción de las cosas y tú debes saber cuánto de eso es inamovible como creencia y cuánto estás dispuesta a cambiar; lo que yo sugiero es que pongas en práctica tus deseos creativos y todo eso que quieres hacer dándote el permiso de hacerlo con libertad, sin condicionamientos, o al menos revisa cómo te sientes con la idea-, sugirió mi amiga con ese modo asertivo tan sabio que tiene. Tratando de relajar la situación pues me percibí tensa, le dije a modo de broma: - ¡Pero yo quiero ser como Van Gogh!-. Ella sonrió y me dijo, señalando el reloj en la pared: -Está bien, Isaura, nada más no te vayas a cortar una oreja... nos vemos la semana que viene y me cuentas cómo te fue, pero pregúntate esto, por favor: ¿Qué pasaría si la raíz de tu melancolía tiene que ver con que no estás haciendo lo que quieres?, ¿qué te impide ser artista o lo que tú quieras ser?. Date el permiso de reflexionarlo sin prejuicios y platicamos la próxima sesión, ¿vale? El consejo de Miroslava me hizo reflexionar y tuve que concederle algo de razón, pues aunque me considero una mujer exitosa y mi profesión me da para vivir holgadamente, no hay en mis logros una satisfacción cercana a lo espiritual o un goce sublime.

Ser especialista en matemáticas avanzadas tiene su encanto, pero en este momento de mi vida ya no me llena y sin ningún problema renunciaría a las fórmulas para llenarme de poesía y perderme en sus propios acertijos. Me siento como una cantante de ópera clásica que cuida la ejecución hasta hacerla perfecta y a partir de ahí se condena a la repetición. Pero la luz necesita sombras, por eso prefiero el romanticismo. Lo amo porque rompe el canon y salta del amor a la locura, del beso apasionado al cuchilllo suicida que le deja al corazón su impronta de amor. ¡Todo es tan arrebatado e impredecible! que mi espíritu se inclina ante tanta libertad y belleza! La reflexión me llevó a un recuerdo persistente de mi infancia, una imagen rarísima que estuvo guardada mucho tiempo en mi conciencia y que ahora sé es un signo que permanece pues necesita ser descifrado. Recuerdo a mi mamá rezando angustiada en la iglesia. Yo Iba con ella todos los días en la tarde, cuando el templo estaba vacío, y la veía hincarse para orar en silencio durante 15 minutos.

La observaba con curiosidad. Yo tendría seis o siete años y los dramas humanos me quedaban muy grandes aunque me parecían sublimes. Veía a mi mamá llorar con una tristeza conmovedora, sus labios musitaban la misma plegaria siempre -lo supe después con los años-, y en algún momento su rostro pasaba de la tensión dolorosa de la mueca suplicante a la placidez seráfica del alma que confía en ser liberada. Mi reacción nunca fue de empatía, y no me culpo, pero algo en el corazón me hacía admirar como algo muy bello el rostro angustiado de mi madre. Dos últimas lágrimas, gruesas como ámbar, dejaban en sus mejillas la huella de sal y su recordatorio de la pena que había que expiar por la enfermedad horrible de su hijo más amado que yacía condenado a una cama. A él, a mi hermano enfermo que conocí poco, le dedicaba mi mamá su éxtasis de culpas. Por él iba a la iglesia todos los días a rezar en soledad y entregarle a Dios la transfiguración de su rostro bellísimo tocado por el dolor más artero que una madre puede experimentar en este tránsito terrenal. La escena revivió nítida ante mis ojos y pude entender que eso que yo juzgué como un performance bello representado sólo para mí era el drama horrible de un espíritu en la confrontacion de su tragedia. Mi desvarío concibió eso horrible como hermoso.

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