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1.
Hace unos 12 años más o menos, me tocó en suerte iniciar amistad con José Luis Cuevas a raíz de los desayunos sabatinos que armaban Ann y Alberto Vadas Kuhn, director en ese momento de La Tallera, en su casa, aquí en esta hoy muy conflictiva ciudad. No hace falta recordar que en esos encuentros se degustaba harto EGO salseado con sabroso discurso político-cultural-periodístico, porque es obvio, dada la talla de los asistentes: salía uno gustosamente graduado en “Histeria del arte”, y si no, que me desmientan los  morelenses que acudían, que por aquí andan todavía.
Una de esas mañanas, tuve a bien invitar al ojiazul pintor a compartir (otro día) el pan y la sal a mi casa. Ya me habían advertido que el hombre era especial para comer y sin embargo yo me dispuse a cocinar sofisticado menú para un mass-media-art-man cuyos dibujos me gustan mucho. Imagínese usted mi cara, cuando ya codo a codo el afamado artista me dijo: “¿Qué horror ver a la gente comer, no?. Por supuesto que omití describirle los platillos dispuestos en la “mesa redonda”, las horas invertidas en ellos y mucho menos se me ocurrió insistirle en que se sirviera. En vez de eso tuve que declarar que a mí también me parecía “poco estético ver a la gente masticar y deglutir bocados” (lo que sigue con respecto al tracto digestivo ya no lo dije, porque es de muy mal gusto). Esto para que corrobore usted, que Cuevas era tan terrible en lo privado como en lo público, como se ha venido diciendo en los medios, a raíz de su desaparición física, la semana pasada.
¿Por qué cuento esto? Porque a pesar de que no podemos negar que la personalidad del artista es una estrategia de marketing que hoy les funciona muy bien a algunos, sucede que cuando el agente mediático desaparece, comienzan a salir cuestiones tan serias como la pertinencia y la permanencia del museo que lleva su nombre (que incluye fundación dirigida por su viuda con no mucha actividad), o se cuentan intríngulis que tienen que ver con la “trastienda del arte” y la no siempre prestigiada historia del mismo.
2.
Para ampliarle el dato, querido lector, le cuento que un tal “Señor López” escribe en una de sus columnas periodísticas de la semana pasada, que la autoría de los textos firmados por Cuevas en el Suplemento Cultural “México en la Cultura” del periódico Novedades a partir de 1958 es falsa ( https://periscopiochiapas.com/lee-sagrado-en-la-columna-la-feria/). Adolfo López afirma que los mismos en realidad los escribía José Gómez Sicre, crítico de arte y promotor cultural cubano interesado en demeritar “las corrientes artísticas al servicio del comunismo mundial”, según Claire F. Fox, en “Making Art Panamerican: Cultural Policy and The Cold War”, de la Minnesotta University Press, 2013. Según él, en el tercer capítulo de dicho libro se narra la relación entre ambos agentes del arte y cómo se planeó que Cuevas fuera “el ariete contra el muralismo”, en plena Guerra Fría, cosa que el artista calificó de “vil calumnia” el año pasado (entrevista de Silvia Sierra, “El Universal”, 5 de julio de 2016). Asesta el teclazo más mortal López, cuando dice que la correspondencia de Gómez Sicre, hoy en el acervo “Benson Latín American Collection” de la Biblioteca de la Universidad de Texas incluye las cartas que corroboran lo que aquí se cuenta. ¡Zaz!
3.
Para continuar con los entretelones de la “Histeria del Arte”, pero ya en lo local y más granado del mundillo cultural cuernavaquense, le informo a usted (por si no lo sabía, dado que el chisme en esta localidad corre más rápido que los memes políticos en internet), que la Señora María Gabriela Dumay dejó de ser la directora del mal llamado Museo de la Ciudad desde el último día de junio. No se ha expresado públicamente nombramiento sustituto, lo que sí es justo reconocer, es que entre enero y junio, a su gestión se deben las exposiciones de Rafael Cauduro, Enrique Cattaneo, Mar Gasca Madrigal, Víctor Guadalajara, Cisco Jimenez, Roberto Turu, Enrique Torres Agatón, Lua Rivera, Fernanda Deschamps, Carlos Peynador, Paulina Castellanos, Sabine Klaus, Diego Lapuente, Marina Riebing, Teresa Rivero, Elvira Fernández, Ofelia Iszaevich, Cecilia Hincapie, Jordi Prats y Carlos Campos Campos, entre otros reconocidos artistas.
María Gabriela Dumay cuenta con una trayectoria como crítica de arte que tiene que valorarse principalmente en función de su persistencia en un sector que no valora el texto cultural reflexivo centrado en encontrar la singularidad del objeto desde la noción de diferencia. En un medio que apasiona, pero que no paga, en un medio en el cual es preciso “perseguir la chuleta” con actividades como la curaduría, la venta de obra de arte y la organización de eventos culturales (sus desayunos y funciones de cine en Casa Gabilondo son conocidos), por no mencionar otros que le salgan al paso al entrenado escribiente de textos sobre pintura.
Como el mundillo social vinculado al mismo “opina sabiamente”, a pesar de que ni ella misma conoce bien a bien las razones de su salida, ya se manejan versiones de toda índole, mismas que no debieran interesarle más que a ella y el desempleo que hoy la ocupa.
Lo cierto es que si no fuera por su amistad con Carlos, el sobrino de Isabel, la mujer de nuestro amigo, el gran Vlady (Vladimir Kibalchich Russakov), quien el 21 de este mes cumple 12 años de no estar entre nosotros, no habríamos visto la muestra de su obra recientemente colgada en ese recinto de Avenida Morelos.
Por cierto, Vlady fue miembro de la Generación de la Ruptura, como Cuevas y este estado de Morelos le debe un reconocimiento póstumo por ser estupendo pintor y grabador. Dése una vuelta a la muestra “Monstruosismos y Nueva Figuración” al Museo Mural Diego Rivera, en la CDMX, para que vea de qué tamaño de pintor estamos hablando.
Y a ti, María Gabriela, te deseo la mejor suerte en lo que emprendas, que seguro será tan valiente y valioso como tú. FIN  

Por: María helena Noval /  [email protected]