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1.
Se entiende que como narradora y poeta, Ethel Krauze esté capacitada para traducir en palabras lo que siente, sin embargo, a partir de la lectura de su más reciente publicación -”El país de las mandrágoras” (Alfaguara)-, se percibe este entrenamiento como un proceso más complejo de lo que pudiera parecer. Y es que como llegamos a comprender a lo largo de la lectura, hay veces que los sentimientos son tan abrumadores, de tan pesarosa calidad, que tienen que salir de viva voz del  padece, no de la voz de un narrador omnisciente: dicha estrategia literaria llama la atención –y agarra el alma desde el principio- porque el que habla es Adrián Galindo, un descuartizado que relata su propia tortura y muerte. 
La novela comienza con la descripción de su agonía, pero poco a poco vamos conociendo su vida, la preocupación de Gilda, su novia y el contexto social que permite esta atrocidad. Además –y es lo que trae dedicatoria para los morelenses- está el hecho de que nuestro estado es el probable escenario de una violencia que rebasa lo intolerable. 
En el andar por las páginas nos enteramos asimismo de que el joven narrador-víctima (ficcional) es compañero de destino de Juan Francisco Sicilia Ortega, el hijo del poeta Javier Sicilia, quien ha llegado a afirmar que aquí los muertos son los que hablan, mientras los vivos callamos.
 2.
Como producto cultural, un libro tan trabajado por la Doctora en Literatura Ethel Krauze debe poder ofrecernos además otras lecturas formales y lo hace. Al incluir voces que nacen de supuestos blogs, correos electrónicos, programas de radio y mensajes de texto, la autora está jugando con la noción de transtextualidad, una manera de leer y de escribir literatura, que aprovecha como modelo la manera en la que el mundo se comunica hoy en día.
 Sustituir con estos discursos los diálogos de la novelística a la que estamos acostumbrados no debió ser fácil para la escritora, pero menos lo es para el lector que suele acudir al libro de papel para encontrar la dosis de imaginación que ofrece la ficción: estamos acostumbrados a sentarnos frente a la computadora y a saltar entre textos procedentes de varios medios para hacernos una propia y fragmentada idea del mundo real, pero no estamos acostumbrados a que desde la literatura se nos ofrezca un trayecto de lectura accidentado, un discurso quebrantado por voces que supuestamente nacen en la virtualidad. No obstante, le entramos y con mucho gusto, porque la experimentación en el área de la narratología le salió muy bien a la autora.
 3.
El tema de la violencia ha sido uno de los más persistentes en la historia del arte; desde los martirios de santos hasta la guerra como asunto, no han faltado las atrocidades representadas, pero es en la literatura de este tipo, en la que cobra voz una víctima tan cercana a nosotros los mexicanos, asustados por los crímenes perpetrados por la delincuencia organizada, en la que más sentimos que el arte ayuda a entender el mundo y la catarsis del artista: Krauze afirma desde la negación de la dedicatoria, que es un libro que escribió a pesar de sí misma, que no debió haberse escrito nunca, y yo le creo.
 4.
Pero además, como buena escritora que es, emplea la potencia de la metáfora para hacernos sentir infectados por una enfermedad terrible, ahogados por una plaga, invadidos por unos seres que se reproducen sin control posible. Ella eligió las mandrágoras, unas plantas cuyas raíces antropomorfas han llevado a la humanidad a relacionarlas con rituales mágicos y con presagios de buena o mala fortuna. Por contener sustancias alucinógenas, las mandrágoras además le caen como anillo al dedo a la autora para dar a entender que las drogas se han infiltrado hasta en el más mínimo hueco y de los hogares mexicanos.
 5.
Viajo con esta novela al extranjero y una noche le escribo un whatsapp a Ethel; me lleva a hacerlo el afán de felicitarla por su valentía, al querer dejar constancia de una época en la que la calidad humana es más chafa que nunca. Ya por teléfono hablamos del país que “pierde a sus hijos sin el honor del combate…sin la medalla y sin el monumento” (p 164), de la afortunada inclusión de un poema de Sabines que me conmueve hasta las lágrimas (p. 125) y de sus estrategias como escritora: “Un libro es ese diálogo entre el autor y el lector y juntos completan el hecho literario –dice ella-; yo no hago denuncia pública ni política, sino discurso literario, porque es el único que no miente, el que toca el corazón de los seres humanos, el que no ha perdido la ética porque parte de los seres que somos nosotros, los que habitamos la tierra… Como narradora, además está Cayetana (Tana), que es un trasunto mío, pues aparece como una profesora que cuenta la historia de los jóvenes que quieren ser escuchados, por eso al final del texto pide que todo se publique. Y fíjate en el asunto del cuerpo (de Adrián) que le habla a ella, no desde su mirada, sino desde su sentir en carne viva la muerte; porque estos cuerpos que hoy se recuperan fueron personas y eso es lo que quise contar en la novela”.

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María helena Noval
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