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1.A Carmen Rodríguez la conocí representando a Sor Juana Inés de la Cruz. No es que no nos hubiéramos visto antes, es que es tal su identificación con el papel de la mujer que aboga por su libertad de expresión, tal su convencimiento de la importancia de la escritura como agente de cambio social, que una vez que la oí repitiendo a la poeta barroca, no pude más que concebirla ya para siempre como un ente nacido para hacer activismo social a través del arte de la representación escénica.
Les cuento esto, queridos lectores, porque el pasado viernes la volví a ver en pleno uso de sus facultades histriónicas en el Museo de Arte Indígena Popular, ahora recordando la importancia histórica de otras escritoras que además de dedicarle su vida a la cultura, decidieron partir de este mundo por mano propia. Me refiero a Virginia Woolf, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik y Antonieta Rivas Mercado.
El espectáculo poético literario se titula “Sor Juana, sólo un pretexto”, se volverá a presentar pronto en Cuernavaca y es en resumen un montaje con perspectiva de género, que rebasa la noción de homenaje, porque Carmen logra conmovernos sin caer en lugares comunes. Tal efecto lo logra al invocar las tormentosas vidas de estas escritoras: al involucrar lo personal nos recuerda que para romper patrones milenarios a veces hay que ofrecer la vida misma.  
Si aceptamos que los derechos humanos son cosa general, pero que la voz de cada escritora implica un estilo diferenciado, entenderemos el tamaño del reto que enfrentó la actriz, quien eligió el monólogo –un solo cuerpo, una sola voz-, para evocarlas. Y lo hizo tan bien, que los espectadores terminamos pensando “Ellas, las poetas somos todas” (sí, no se me escapa que esto suena a hashtag).
2.En un ánimo menos enjundioso, pero no por ello menos amoroso, presenciamos un rato después, la lectura poética de Graciela Salas. El acto formó parte de El Periplo de Homero y fue organizado por las inteligentes y sensibles promotoras culturales Alejandra Atala e Ina Larrauri en el mismo museo.
Confieso que no pensé encontrarme a tantos amigos en El Cuexcomate, la cafetería que atiende con tanta amabilidad y recetas deliciosas Octavio Jiménez Mora, pero parece que quienes somos asiduos a los recintos culturales morelenses, acudimos en tropel a presenciar ese día no sólo cómo se rociaba con poesía un lugar tan muerto como el Jardín de las Rosas del Borda -situado un piso abajo-, sino ver a nuestra querida amiga leer desde su corazón, lo que le ha escrito a su amado Ares Demertzis; su famoso y culto padre don Miguel Salas Anzures; su hija Constanza Lameiras y al mismo hecho de vivir con todas las cositas que esto implica, como la inspiración que le causó la cerámica de su amiga Flor Molina.
Mientras ella leía, nosotros, el público, nos volteábamos a ver y asentíamos con la cabeza, nuestras miradas acariciaban a Graciela y ella con su voz nos tocaba el alma a nosotros: “Me gusta escribir sentada en la ventana / me multiplico / soy dos. Estoy dentro / fuera/ más allá. Escucho del viento su eco solitario / O ¿será mi propio eco? /Miro lo que no veo / sombra lunar / árbol que un pájaro clarinete / arrullará mañana. /Deconstrucción visible quitapesares. /He visto el sol /la vida / y la desolación /entrar por mi ventana.    
3.No cabe duda que este tipo de eventos nos calman un poco,  nos sacian el necesario gozo a los morelenses: tanta politiquería y problemas han terminado por hartarnos semana tras semana y por eso es necesario, hoy más que nunca, reunirnos en torno al arte, la educación y la cultura. Por cierto, mañana hay función de ópera en el Teatro Ocampo a las 8 PM. ¿Vamos, no? Ω     

Por: María helena Noval / [email protected]