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En Cuernavaca el ser de tercera edad es una verdadera odisea. Los autobuses llamados Rutas sólo esperan el paso del semáforo para seguir echando carreras contra el de la otra línea, sin fijarse si hay alguien de la tercera edad que esté tratando de cruzar la bocacalle. A los taxistas, les importa poco si hay semáforo o no, porque la vuelta es continua con precaución (por si hay otros autos), pero al peatón se le echan encima como si fuesen invisibles. El mismo comportamiento es el de los agentes de tránsito, quienes sólo están al servicio de los autotransportes y jamás les interesa la vida de los ciudadanos que quieran atravesar tal o cual calle, tenga o no semáforo, por ejemplo la calle Guerrero, donde hay uno o dos agentes dirigiendo quién sabe qué, pues ahí, con la calle cerrada, solo se tienen que cuidar de los autos que salen del estacionamiento privado.
En el hospital, los “viejitos” deben esperar parados hasta que les llegue el turno para ser recibidos por su médico. Si no se trata de una urgencia los mandan a la farmacia por sus medicamentos; ahí tiene que formarse en una enorme línea que alcanza hasta la mitad de la calle bajo el frio para esperar su turno, porque la ventanilla para la gente de la tercer edad está clausurada porque hay demasiadas personas que atender.
Los jubilados, que reciben de dos a tres mil pesos mensuales, tienen que ir personalmente a la clínica y efectuar una larga cola de 40 o 50 personas bajo los rayos del sol y como la mayoría es gente de la tercera edad, pues no tiene ni cuenta bancaria donde se les pueda depositar, ni hay forma de que se los manden por correo y se tienen que esperar, al ser su único ingreso y aunque tenga otro tipo de ayuda, es un dinero que se ganó con su trabajo.
En cuanto a su situación dentro de los bancos si es que tiene alguna cuenta ahí, para efectuar cualquier trámite hay que sacar una ficha con la recepcionista, quien le dirá donde sentarse y esperar hasta que llegue su turno, pues aunque hayan cincuenta personas esperando turno, sólo existen tres de las seis o diez cajas abiertas, con excepción de las especiales para los clientes preferenciales o para las empresas, pero en ninguno de los bancos existe una sola caja para las personas de la tercera edad, por tanto tienen que buscar asiento y esperar casi una hora pendientes en la pantalla hasta que le llegue su turno.
Cuando se le preguntó a la gerente de uno de los bancos la razón de esa política, dijo que tenían que escribir a la central para quejarse y proponer una forma de mejorar el servicio. Mientras que el subgerente del otro banco le pidió que se sirviera mandar una orden al Banco de México para que le dieran la orden de cambiar las políticas de la empresa o si él quisiera la podía enviar directamente a la central en España, porque el banco era una institución de crédito y no una sociedad de beneficencia para adultos mayores. “Ya que los bancos estamos para hacer negocio, no para andar cuidando viejos, que para eso ahí está el gobierno”.
Cuernavaca siempre ha sido un desastre en cuanto a su geografía. Sin embargo las autoridades no han hecho nada para, por lo menos, aligerar el problema que se le multiplica a la gente de la tercera edad. Las banquetas, donde las hay, están llenas de escaleras de distinto peralte, lo que vuelve peligroso el paso para cualquier ser humano, pero en especial, es una misión imposible para la gente de la tercera edad.
A esto hay que sumarle las subidas que tienen que hacer desde cualquier punto para llegar al centro de la ciudad o a la periferia, como en la calle Gutemberg, donde llega un momento en que la banqueta desaparece, convirtiéndose en entrada de alguna casa habitación o algún negocio, donde ni siquiera un joven puede pasar, mucho menos un adulto, ya que los autos que van del mercado al centro se pegan a las paredes para poder pasar.
Las pocas calles que están a nivel, tienen rajaduras, están hundidas, tienen una cantidad de agujeros que es preferible bajarse a caminar por el arroyo y jugarse la vida de que algún taxi o ruta los pase a aplastar o son entradas de coche al arbitrio de los caseros y con la complicidad de las autoridades  municipales, sin darse por enteradas que los adultos mayores nunca podrán pasar por ahí. Y que no se trate de que alguno de ellos esté inhabilitado tan siquiera con un bastón, porque el piso se convierte en una trampa mortal.
Y aunque la Plaza de Armas haya quedada muy bonita, desaparecieron casi todas las rampas para minusválidos y para la gente mayor del lado Oriente junto al astabandera, del lado Poniente entre la Oficina de Correos y el Palacio de Gobierno, para dar espacio a puras escaleras al desaparecer esas dos entradas con rampa. Sin embargo, para que los peatones no sufran mucho, les hicieron su banqueta para caminar alrededor de la plaza, pero… taponearon el paso con un puesto de periódicos, donde no hay paso, gracias a las camionetas del gobierno del estado y las motocicletas de tránsito, justo al frente de un restaurante, en el lado donde se supone no debe estar estacionado ningún vehículo, pero ahí se encuentran todos los de gobierno y a los que dicen que son sus amigos y nunca quieren molestar, sin importar que haya letrero de “no estacionarse” y/o la guarnición esté pintada de rojo.
Mientras tanto, la única vía de paso para el peatón es la calle Matamoros esquina Rayón, siempre y cuando exista una agente de tránsito que no esté platicando con su celular o que sólo le interese el paso de autos, porque no se puede atravesar la calle, a pesar de haber dos pasos de peatones, porque no hay un solo agente que obligue a que los automóviles se paren frente al edificio las plazas para que la gente de la tercera edad pueda pasar, porque los jóvenes se pueden jugar la vida entre los taxis y los autos particulares. Total que hay que pintar a los viejos de un color brillante, para que los autos se enteren que no son invisibles.

Por: Rafael Benabib / [email protected]