Algunos creían que Donald Trump venía a México a pedir perdón por habernos amenazado con declararnos la guerra y si llegara a ser presidente de EEUU invadir México. Otros pensaban que iba a decir que no edificaría ningún muro entre los Estados Unidos y México y que en caso de que lo hiciese, porque ese país sí es libre y soberano, los mexicanos no iban a pagar por su construcción y seguramente, que no iba a deportar a  los once millones de indocumentados que trabajan del otro lado de la frontera y además, que el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México, lo cambiaría por uno más justo y más equilibrado que el que Salinas de Gortari firmó a escondidas de nuestros ciudadanos.
Pero cuál fue nuestra sorpresa, que nos vino a decir que algunos de los mexicanos éramos buenas personas y que él amaba a su sirvienta mexicana y por tanto no todo era negativo. Alabó al presidente de México, pero repitió todo lo que había prometido durante su campaña a la presidencia por parte de los republicanos y en las propias narices nos lo vino a ratificar a la casa de todos los mexicanos, sin que nadie dijese: esta boca es mía.
La declaración de guerra, además de no ser cosa de un candidato, ni de un presidente, primero debe de pasar por la votación de su partido político, luego por las cámaras de Representantes y de Senadores y finalmente, por la opinión del pueblo norteamericano.
Esas son habladurías para ganarse los votos de los electores estadunidenses indecisos y de aquellos que piensan que una guerra, sea contra quien sea, aunque se dé en su propia frontera, tiene la ventaja de vender armamento y resolver la crisis económica en la que ya están metidos y que no tiene para cuando acabar.
En cuanto a la construcción del mentado muro, el que nunca va a evitar que nuestros conciudadanos continúen emigrando, que para eso nos pintamos solos y en caso que logren detener esas entradas, se van a topar con la necesidad de la mano de obra mexicana que tanto necesitan sus campos de alimentos y los trabajos que el ciudadano gringo no quiere hacer por varias razones. Entre ellas, existe la que no están acostumbrados a efectuar una labor extenuante por un raquítico sueldo que sólo el latinoamericano puede lograr, a través de la mano de obra casi regalada y sin ninguna prestación por parte del gobierno, que es lo que hace que sus productos no sean tan caros para sus propios consumidores y para la exportación de sus mercancías.
Los mexicanos nos preguntamos si le van a pagar diez dólares la hora a los que recogen manzanas, legumbres u otras cosas del campo y que trabajan de diez a once horas diarias, ganando no más de uno o dos  dólares la hora o al ayudante de pintor, de carpintero o de mil subempleos más, que son los que hacen el trabajo completo, mientras los contratistas los explotan. ¿En cuánto nos saldría el kilo de manzanas que crecen en Chihuahua y son empacadas en EEUU si les pagaran a 10 dólares la hora y no como le pagan al mexicano?
Y fue así como el presidente Enrique Peña Nieto tuvo su conversación privada con uno de los peores enemigos de México, que no sólo llegó con las ínfulas de quien ya hubiere ganado las elecciones y estuviera a punto de tomar el poder en el país vecino, pero no se trataba del todopoderoso, sino de un millonario en decadencia, sin ningún conocimiento de la política, ni un gramo de estadista y mucho menos una persona de fiar, ya que después de estar con el presidente Peña Nieto y platicar como si los problemas de México ya estuvieran en la agenda de la Casa Blanca en Washington D.C., al regresar a Estados Unidos, despotrica contra los mexicanos y en especial contra los 11 millones que quiere deportar.
Mientras que al día siguiente de la absurda reunión, Trump declaró en Phoenix, Arizona, que el presidente Peña Nieto estaba de acuerdo en que se construyera el muro y que indefectiblemente los mexicanos tenían que pagar por su edificación, además que más de un millón de indocumentados serán expatriados. O sea que la razón de su visita a México era usar al presidente Enrique Peña Nieto como trampolín para su campaña presidencial frente a los américa-norteamericanos y reafirmar las amenazas proferidas frente a sus seguidores: los veteranos de guerra y los desocupados en Estados Unidos.
El periódico Reforma afirma que en su encuesta con cientos de ciudadanos, el 88% cree que fue un error el haber invitado a Trump; el 72% opina que el haberlo traído a México, ha debilitado al gobierno mexicano. Las redes sociales en contra de la visita de Trump, han estado saturadas desde antes de su llegada.
Creemos que quien va a salir nominada va a ser Hillary Clinton, quien seguramente seguirá la misma Ley del Garrote contra México, pero como los anteriores, ella va a ser un poco más precavida al hablar, más política al relacionarse con sus pares, aunque tenga que seguir los lineamientos del “mercado” y del gran capital, que no el de Trump, quien sólo es un millonario más que no cuenta entre quienes manejan las finanzas mundiales.
Total que si nos devuelven a los mexicanos de allá, en México se pueden abrir nuevas fuentes de trabajo. Con sólo olvidarnos de construir un aeropuerto supermillonario, que es demasiado para no más de 450 aeronaves comerciales; enormes carreteras de paga trenes de lujo que no le sirven a nadie, sino uno de pasajeros y de carga, el que nos transporte de nuestra ciudad a la vecina para llevar a nuestra familia y los productos hacia su destino, sin tener que pagar esos camiones con contenedores, que se regresan de vacío. Y en lugar de eso, abrir fuentes de trabajo con construcciones para nuestro tercer, no para el primer mundo. Cosas que ni Peña Nieto, ni Clinton, ni Trump nos van a dejar desarrollar, porque sus amos, los del mundo financiero jamás se los van a permitir.

 

Por: Rafael Benabib /  [email protected]

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