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Entre varias de las misivas que este, su servidor articulista recibe, llegó un correo electrónico  de una señora (me pidió omitir su nombre) en el que se queja de que en un almacén de la colonia La Selva le cobran por partida doble. Nos envió la factura, el recibo de la tarjeta de crédito y el requerimiento de pago por unos colchones que compró, los que pagó con su tarjeta de crédito y ahora se los quieren volver a cobrar. Esto que le sucedió a la señora es común en los grandes almacenes de autoservicio, donde cobran por “tener derecho a ir a comprar”, cuyas tarjetas para “entrar a ver lo que no se necesita”, oscilan entre 300 o 500 pesos al año.
En dichas tiendas sólo se puede comprar por mayoreo. Si alguien quiere una pasta de dientes, se tiene que llevar por lo menos una docena en una caja cerrada, en la que no se sabe el tipo de empaque en el que vienen, al igual que las piezas de jabón, las cuales no se venden por unidad, si no que hay que comprar un cartón entero y así el resto de la mercancía.
En cuanto al precio de esa mercancía, comparado con las pocas tiendas de abarrotes que aún no han quebrado por la desmedida competencia de dichos almacenes, tiene una mínima diferencia de precio, al no poder comprar tantas unidades que les mandan desde el extranjero y sin pagar impuestos a esas tiendas de autoservicio.  
En caso de que se quiera pagar con tarjeta de crédito o de débito, en la caja le cobran de un 3 a un 5% sobre la compra total. En todos los casos anteriores, no hay nadie que pueda proteger al ciudadano que vaya por equivocación a comprar artículos mexicanos, empaquetados en los Estados Unidos, vendidos en México con nombres y leyendas en inglés.
Otra de sus trampas es que en las etiquetas de la ropa que ahí se exhibe, le faltan los porcentajes del hilo con que están manufacturados. Sólo cuando la pieza es de 100% algodón si lleva la etiqueta, pero la de la mezcla con sintéticos la ofrecen como si fuese hecha de puro algodón. Y como ya se usó, ya está lavada y ya no existe el boleto de compra, pues hay que ir con un abogado a pelear (inútilmente, porque el gobierno siempre le da la razón a los empresarios) a cualquiera de esas oficinas “protectoras” de los clientes y gastarse un dineral por dos mugrosas camisas y un pantalón.
Hay otra cadena de tiendas que hacen mucha propaganda sobre sus descuentos, meses sin intereses y préstamos bancarios… Pero para dar ese crédito o un préstamo con altos intereses, le incluyen un seguro contra accidentes y enfermedades, del que la gente ni siquiera se entera hasta que llega la cuenta de lo que tiene que pagar y ahora debe un 50% más de lo que compró o le dieron de préstamo y que no se vaya a retrasar en un pago porque le cobran intereses de toda la deuda, por lo que hay que pagar puntualmente si no quieren que lo vayan a embargar.
En varios de estos establecimientos, en cada pago que se hace, viene una nota donde dice que el 95% de lo que pagó se va a intereses y el 5% al capital… ¿Cuáles intereses, si la compra era a doce meses y a precio fijo? ¿Y por qué se tiene que adquirir un seguro personal a la fuerza, por cualquier compra que se haga?
Y las autoridades que dicen defender al pueblo de estos fraudes a la ciudadanía, sólo están esperando que se acabe el sexenio para dejarle el paquete al que sigue, ya que la Profeco sola tiene más de un millón de casos sin iniciar, los que esperan se resuelvan el próximo sexenio.
La solución que la población propone, es que se ahorre durante todo el año, se espere a que llegue “El Buen Fin”, se aprovechen las ofertas, se pague en efectivo y se exija el descuento extra que todos los negocios ofrecen por pagar dentro de los siguientes treinta días. O en última instancia, dejar de comprar tantas porquerías, porque casi nadie necesita cambiar el aparato de sonido de la casa una vez al año, ni comprar la nueva televisión porque es más plana que la que hay en la casa o porque le ofrecen un internet más rápido, cuando ni siquiera computadora tiene.
Por cada tienda extranjera o nacional de ese tamaño, se cierran de 200 a 500 negocios de los alrededores; de ropa para damas y caballeros, de blancos en cualquiera de sus modalidades, de comida hecha para llevar, en carnes a un precio desmedido para el ingreso del mexicano.
Incluso tienen sus propias tortillerías “Maseca”, hornos para su propio pan, de medicamentos, de frutas y comestibles refrigerados que, además de ser caros, son desabridos y traídos desde el extranjero a través de nuestras fronteras abiertas a lo que antes era contrabando y ahora es legal pero injusto. Están logrando que los pequeños productores no puedan vender sus escuálidos productos del campo, sino que están queriendo terminar de cerrar los mercados municipales.
Como en el caso del mercado Adolfo López Mateos, en el cual no dejan que los locatarios puedan arreglar las instalaciones eléctricas del mercado, con el pretexto de que es municipal y tiene su administrador que se encarga de arreglar todo lo del mercado, por lo que hay que esperar a que él haga los cambios. Sin embargo, él nunca está o les dice que no hay dinero para arreglos.
De seguro que ese espacio lo desean las grandes cadenas de autoservicio, como lo han hecho en todas las partes de México y del mundo. Gobiernos van y gobiernos vienen. Cada cual trae consigo sus propios proyectos para “mejorar” el Mercado López Mateos, pero no cuentan con que el pueblo está atento a que esto no se lleve a cabo, ni los casi seis mil locatarios de dicho Centro Comercial. ¿Y el pueblo que casi ni le alcanza el dinero ni para la “Canasta básica”, qué va a ser de él, dónde van a comprar?, porque en esas tiendas no pueden entrar sin dinero, ¿pues qué compran? Y ese es el cincuenta por ciento de la población mexicana. ¿Dónde van a trabajar todos esos desplazados de los negocios pequeños?

Por: Rafael Benabib /  rafaelbenabib@hotmail.com