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Uno por uno van cayendo los países latinoamericanos dentro de la absurda vorágine del neoliberalismo misma que se va adentrando en la gran mentira que es la globalización. Los ejemplos los tenemos, entre otros,  en la República Argentina, donde sacaron a la Presidenta con razones baladíes, para que el vicepresidente tomara el poder y comenzara a privatizar, aumentar el desempleo y en tan sólo unos meses de su estancia en el poder, abrir las puertas a los grandes capitales, quienes fueron empobreciendo a la población hasta que el nuevo presidente prometió erradicar la pobreza con los préstamos de los bancos del exterior, con el pretexto de ir pagando las deudas de banqueros “buitres” quienes compraron esas deudas a precio regalado y ahora las cobran al doble o triple de su valor.
Así intentaron penetrar en Bolivia, donde el pueblo no permitió que se privatizara el agua y otras fuentes de energía, por lo que el presidente Evo Morales, tuvo que dar marcha atrás y aunque sigue con valentía en el poder, ahora lo está pagando con demandas internacionales y conflictos internos, pero él sigue estoico al frente de sus ideales y en defensa de su patria.
Ahora le tocó al Brasil, cuya presidenta Vilma Rousseff fue escandalosamente echada del poder por un error justificable, al usar un presupuesto en obras sociales y que dio parte de ello hasta el año siguiente, y como había dañado, con su actitud “populista” a la iniciativa privada y a las empresas trasnacionales, quienes querían ver al país hincado ante sus pretensiones de seguir destruyendo la selva amazónica y ella no se los permitía, ya que lo que ellos querían era privatizar todo el país para aumentar sus ganancias, por lo que orquestaron un juicio político que castigó a la presidenta por 180 días, quitándola momentáneamente del poder para entregárselo a su vicepresidente quien pregona que salvará al pueblo con la ayuda de las grandes inversiones provenientes del exterior.
De ahí le siguió la bella isla de Cuba, la que no se había rendido a pesar de haber sobrevivido durante más de 50 años, un embargo que finalmente la estaba ahogando por la desaparición de su respaldo: La Unión Soviética, los apoyos que recibía de la Unión Europea de Chávez de Venezuela. Y sólo le quedaba China, quien también tiene sus graves problemas; pero, principalmente, por la ausencia de su líder Fidel Castro y el desconocimiento que las nuevas generaciones tienen de la Revolución Cubana. Estados Unidos y Cuba ya tienen relaciones diplomáticas, pero no les van a regresar Guantánamo, ni va a terminar el embargo y Cuba va a volver a ser otra Las Vegas y/o un centro vacacional para el turista internacional.
A la vez que esto les pasaba a casi todos los países latinoamericanos, en Venezuela murió Chávez y al quedar solo Maduro, la oposición comenzó a bombardearlo. El nuevo presidente no tenía ni la habilidad ni el carisma de su antecesor. El petróleo se desfundó y con él la economía del país. Las tiendas de autoservicio dejaron de importar alimentos y comenzó una carestía y un desabasto de comida que resintió casi toda la población, en especial la gente de bajos recursos. Los empresarios cerraron sus fábricas, al grado de que el presidente tuvo que embargarlas y ponerlas a funcionar con los mismos trabajadores. El nacionalismo de Chávez desapareció y Maduro está a punto de dejar el poder, para entregárselo a la oposición.
Y así la mayoría de los países se han ido alineando a un neoliberalismo que comenzó en México hace ciento cincuenta años, el que con sus respetuosas excepciones como: María Morelos y Pavón, el Siervo de la Patria, Benito Juárez y sus leyes de Reforma, Emiliano Zapata con su Revolución mal entendida y traicionada, Venustiano Carranza con su Constitución de 1917 y el presidente Lázaro Cárdenas del Río, quien le dio la razón de la lucha de la Revolución Mexicana, al darle vida a La Reforma Agraria y en especial a la Nacionalización de la Industria Petrolera, todos han ido entregando el País a la intocable iniciativa privada: Santa Anna, con la entrega de más del sesenta por ciento de México,  Madero con su ilusoria Revolución Pacífica.
Y así un presidente de los Estados Unidos expresó: ¡No necesitamos invadir México, con traer a los hijos de los políticos a estudiar a nuestras universidades el American Way of Life, solos se van a ir entregando! Y su predicción se volvió una realidad. Comenzó con Miguel Alemán “El Gran Amigo” y siguió con todos los intermedios incluyendo al que tenemos ahora.
Pero ya no hay nada que temer, ¿pues qué más nos pueden quitar? A lo mejor el aire que respiramos, porque ya no tenemos ni teléfonos, ni televisión, ni petróleo, ni energía eléctrica, ni seguridad, ni confianza en nuestras autoridades, ni tierras de cultivo (para productos alimenticios), ni plazas de trabajo, ni obra social, ni justicia para el ser humano, porque una cosa es la justicia y otra la legalidad.
Ya no somos dueños ni del agua, porque aunque digan que no la han privatizado ni lo harán, todo mundo compra sus carísimos botellones de agua para beber, su botellita de plástico que es más cara que la leche y sus refrescos azucarados que lo único que logran que seamos es gordos y obesos. Como si cuando se bañan no tomaran de esa agua, al lavarse los dientes no pasara ni una gota por la garganta, a lo mejor jamás prueban las aguas frescas y otros tipos de agua que no son lo que ellos llaman “purificada”. Como si no estuviéramos bebiendo agua del grifo y a veces de los ríos, lagunas, apancles y hasta la de la lluvia, de la que bebe el treinta por ciento de la población mexicana porque en la mayoría de los casos, ni siquiera existen redes de agua aunque no fuera potable.     
   “Pero que viva el neoliberalismo y la globalización”, dicen los del poder.

Va de cuento
Rafael Benabib

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