Los medicamentos genéricos son los autorizados oficialmente una vez que ha expirado la patente de la marca, pero son exactamente iguales en calidad, eficacia y seguridad. La diferencia se encuentra en su denominación. Aunque cada día la gente confía más en la genérica, todavía un porcentaje de la población usa medicinas de patente y le tiene miedo de los genéricos. Pero mucha de ella sabe que el precio de los últimos se abate en más del 50 por ciento.
La respuesta está en que algunos médicos no tienen la información sobre los genéricos o los medicamentos que recetan son nuevos y todavía no ha expirado su patente, para que otros laboratorios puedan elaborar el mismo producto pero con un nombre distinto.
Encontramos que la ética de la mayoría de los doctores les impele a recomendar a sus pacientes comprar medicamentos genéricos, pues se preocupan por su salud, su economía y el ganarse la confianza, lo que ayuda a resolver su malestar con mayor eficacia.
La duración de la patente, es por lo regular de diez a veinte años y cuando esta termina, cualquier fabricante que cubra las exigencias de calidad de la Secretaría de Salud, puede producir ese mismo medicamento y tendrá la denominación de “Medicamento genérico” y hay que venderlo por ley,  por lo menos un 40 por ciento más barato que el de patente, por lo tanto, la diferencia de precio no significa una disminución de la calidad.
Se piensa en dos razones por lo que algunos doctores no recetan los medicamentos genéricos: una es por el desconocimiento de que estos dan el mismo resultado que los de patente; la otra es la falta de seguridad del médico, quien no se quiere arriesgar a fallar en su diagnóstico, aunque en ciertos casos, tampoco sabe cuál es el origen de la enfermedad y por eso le manda al paciente a hacerse todo tipo de análisis, estudios y le receta varias medicinas de patente, a ver cuál da resultado. A veces funcionan como placebos, cuando sólo se trata de algún malestar no muy delicado.
Pero esto no se trata ya de médicos y pacientes, sino de un acuerdo entre once países que han estado negociando en secreto, desde hace cinco años, un Acuerdo Transpacífico de Comisión Económica (TPP, sus siglas en inglés), que firmaron: Estados Unidos, quien propone el proyecto, junto a: Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, Peru, Chile y México. Dicho acuerdo trata treinta temas que van desde la “regulación laboral”, “el comercio de lácteos”, “las inversiones estatales”, “el medio ambiente” y en especial, “Los derechos de autor y las patentes”. En este último caso están incluidos los derechos  que obtienen los laboratorios, no sólo de los nombres de los medicamentos, sino del tiempo en que las formulas estén patentadas, digamos por 50 años en lugar de 10 años que dura una patente, y así entrará en vigor la prohibición de los medicamentos genéricos y la obligatoriedad de sólo vender las medicinas de patente.
Le toca al Congreso de la Unión detener ese acuerdo y que no se vuelva ley, porque va en perjuicio de todos los mexicanos. Este acuerdo es peor que el Tratado de Libre Comercio que firmó Salinas de Gortari, pues el TPP cierra la puerta de México hacia sus derechos signados con todo el planeta, además de ir contra de las leyes constitucionales. 
Se sabe que en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), al igual que en ISSSTE, los derechohabientes en su mayoría reciben medicamentos genéricos, al igual que en los hospitales, las clínicas y centros de salud oficiales.
¿Con qué dinero van a pagar estas instituciones los precios de los medicamentos de patente? ¿Forzarán a los enfermos a obtenerlos afuera de estos nosocomios a precio de oro? De por sí que la medicina oficial dista mucho de tener los recursos suficientes, para obtener los dicamentos genéricos que ella misma requiere, ¿De dónde se va a sacar el dinero para pagar esas medicinas caras e importadas? Sólo un pequeño porcentaje de la población tiene acceso a los grandes hospitales y podrán pagar aquellos medicamentos de patente.
Como lo harán los funcionarios públicos y los ex presidentes, que gozan de los seguros de Gastos Médicos Mayores, quienes usan medicinas de patente y no medicamentos genéricos, ni están en el Seguro Social o en el ISSSTE, sino que ellos y sus familias, se van a curar al extranjero con todos los gastos pagados con el dinero de los impuestos del pueblo.
En los Estados Unidos el 78 por ciento de los medicamentos son genéricos. Los dueños de los grandes laboratorios químicos están exigiendo que esos medicamentos genéricos desaparezcan, pero al no lograrlo en su país, lo que buscan es colocar sus productos excesivamente caros en el resto del mundo. (Después de la industria armamentista, los laboratorios de medicamentos son el negocio más importante de aquel país).
Hoy en día, las farmacias mexicanas, reciben cada vez menos medicamentos genéricos para sus clientes y la gente se está inclinando a volver a la medicina alternativa, a la herbolaria, a la homeopatía, a la acupuntura y otras.
En cuanto a la mariguana, en México está por aprobarse su uso medicinal más no su siembra. ¿De dónde se va a conseguir dichas medicinas si sólo dos laboratorios tienen la patente que el gobierno ya les concedió por muchos años y los nacionales no la puede sembrar y por tanto comprar?
Con razón sigue siendo un delito usar y sembrar en México la Cannabis, porque habrá que traerla del Estado de California, Estados Unidos, donde su siembra, compra y uso ya son legales. ¿O nos tenemos que esperar hasta que dentro de 20 o 30 años, pagando el precio que los extranjeros deseen hasta que expire la patente y así sin ello, podamos comprar la mariguana genérica como uso medicinal.  

Va de cuento
Rafael Benabib
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