Entre los bancos, las tiendas de autoservicio (ambos negocios en manos de trasnacionales), y las obras, mantienen a la población en vilo, pues entre el maltrato de unos y el pleito de otros, los ciudadanos valemos menos que un comino. 
Que la basura está tirada por todos lados porque Sirec ya no presta el servicio de recolección, pero tampoco deja que los camiones del Ayuntamiento trabajen. Que no hay agua por culpa del SAPAC  y la gente que creía que era por el estiaje que acaba de empezar. Que ya están arreglando la Plaza de Armas y van a respetar los árboles y que va a quedar muy bonito. Que siguen pavimentando las calles y ya no hay tanto agujero. Que se van a ver bien el que todos los taxis se uniformen de blanco con morado, aunque sólo les queda hasta el 15 de marzo para pintarlo. Y por más que quieren hacer las cosas bien, a los que perjudican son a los ciudadanos de Cuernavaca. 
Ahora: también cuando se entra a cualquier banco el personal le empieza a preguntar qué es lo que uno va a hacer: si se es de primera, de segunda o de tercera categoría y así le expenden un boleto para que se pare en la línea adecuada o se espere sentado, si es que hay lugar libre, hasta que su número salga en la pantalla como si se estuviera jugando lotería, teniendo a todos los cuentahabientes o a los usuarios rezando con la cara en alto, porque las pantallas se encuentran casi en el techo, hasta que alguno de ellos se quede dormido o se salga refunfuñando porque la gente tiene que esperar de una a dos horas a que lo atiendan.
A casi todos los establecimientos financieros le están haciendo adecuaciones, atraer clientela, a quien le puedan seguir cobrando el 46% anual de intereses y seguir exprimiendo al mexicano. Como en un banco que ha estado en reparación durante cinco meses, con todas las incomodidades para el público durante ese tiempo, en que tiene que retirar dinero para subsistir día a día. 
Finalmente abrieron sus puertas y lo único que hicieron fue colocar más cajeros automáticos para pagar menos personal, lo que obliga a que hacen que la gente mayor y a la de bajos recursos, se haga bolas para sacar el poco dinero de su sueldo, porque, como todo es electrónico, hasta al empleado de una farmacia le depositan lo poco que gana en una cuenta, la que debe de tener un saldo mínimo para que no le cobren comisiones.
De doce cajas que había originalmente, ahora únicamente hay ocho, pero sólo tres de ellas están abiertas al público por falta de personal. De pronto llega un funcionario del banco y se adelanta con cuatro o cinco depósitos en la mano, haciendo que una de las cajeras se tarde otros treinta minutos en hacer las operaciones. Y que no sea “Preferente o Empresario”, porque esos pasan primero…
  Cuando se llega a una de esas tiendas de autoservicio, lo primero que le piden es que muestre su tarjeta de socio (¿?) Para entrar, hay que comprar una tarjeta de 350 o hasta de 800 pesos o no le venden nada. Como si le estuvieran haciendo un favor en venderle toda esa porquería, que si se fijan, nadie la necesita.
 Y que no se trate de alguien vestido humildemente porque ni a él le venden una tarjeta de esas ya que “esos mexicanos desarrapados, no tiene derecho de ensuciar el aspecto que la tienda le da a la gente fina”.
Los clientes sólo pueden comprar por mayoreo, porque las cajas o paquetes están cerradas y no se puede vender un por pieza suelta, el que sólo se compra por docena. Lo mínimo de comida que se puede llevar es un kilo. Al igual que las pastas de dientes, los jabones que hay que llevarse un paquete entero. “¿Por qué me cobra intereses?”, pregunta un cliente al pagar y le contestan que a todo lo que se paga con tarjeta de débito o de crédito se le carga lo que les descuentan en el banco. Además no hay quien atienda o con quién quejarse pues ni siquiera hay empleados y se tiene que ir a las oficinas a buscar a un “supervisor”.
Los precios y la calidad son infinitamente mayores que en cualquier mercado municipal, sólo que están cubiertos de plástico y son extranjeros. Y luego luego nos sale lo “malinchista”. 
En caso que desee una bolsa para llevarse los chocolates, el pollo, o las camisas que haya comprado, hay que echarlas sueltas a la cajuela de su auto, ya que si quiere una bolsa, tiene que pagarla aparte. Y a la hora de entrar, pagar y salir, hay que mostrar la tarjeta de socio, su credencial de elector y casi agradecerles que lo hayan dejado comprar ahí.
Igual pasa en las gasolineras, que al tanque del auto le caben 60 litros y le dicen a uno  que le entraron 66. “¿A quién le dieron esos 6 litros extra que son 81 pesos de más?”  Y el que atiende contesta: ¡es que hasta la reserva venía vacía! Se le pide un recibo para quejarse con la Profeco y hasta se ríen. Uno de los surtidores dijo que los de la Procuraduría del Consumidor no les hacen nada, pues también se llevaban su “mochada”. Y, aunque esto no es nuevo, porque desde hace más de 20 años que los de las gasolineras roban ese 10 por ciento. A veces los inspectores llegan a medir pero nunca los multan y mucho menos les quitan la concesión.
Y al final, los trabajadores no tienen ningún futuro. Ya no va a haber jubilaciones, los empleados han perdido sus derechos, ya hay despidos injustificados sin indemnización, pero sí escuelas sin maestros, no hay medicinas, porque lo que dicen que es influenza no es más que una gripa fuerte, pero un solo laboratorio tiene la medicina mágica para todos los mexicanos y ellos sólo ganan miles de millones de dólares  “para salvarnos”. Pero todo esto es para entretener al pueblo, ya que, mientras dicen que hay una guerra contra el hambre (fallida), los gobernantes gozan de los más grandes sueldos del mundo, además de prestaciones, guardaespaldas, bonos, Gastos Médicos Mayores, y más etcéteras. Y de los ricos ni hablamos porque ellos son muy pocos, ya que detentan el 99 por ciento de la riqueza del País.
 

Por: Rafael Benabib / [email protected]

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