compartir en:

Hace apenas un par de semanas, platicaba con un amigo en su casa de Cuernavaca en calle Netzahualcóyotl frente al Museo Brady. Uno de los temas se centró en los nombres que tenían las calles en la época colonial y hasta la segunda mitad del siglo XIX, y concluimos que sería un atractivo más para la ciudad que esos nombres regresaran.

Durante la Colonia, las calles de esta entonces villa tomaron sus nombres de los  barrios,  iglesias  y  sus  santos;  caminos,  negocios,  oficios,  familias,  edificios  o lugares destacados y otros sitios que en ellas se encontraban. Sus nombres eran de  Las  Lavanderas,  del  Arco, de los  Curtidores, de La Tercera Orden, del Depósito, del Molino, del Caballo Calco, del  Cordero, del Buey,  de  San Pedro, de Santo  Cristo, Tierra Fría, Pan de Agua, de  San  José, de la Cañadita,  del  Curato,  de  las  Moras, Paseo de la Cruz,  de San Miguel. 

En 1866, esos nombres se cambiaron por decreto del gobierno del Estado de México al que en ese entonces pertenecía Cuernavaca, y esto, para dar  a  conocer a los héroes de independencia y personajes destacados, además para contar con una nomenclatura moderna que sustituyera a la antigua.

Coincidentemente ahora que me encuentro en Arequipa la segunda ciudad más importante del Perú -después de Lima- una ciudad colonial conservada en plenitud, porque entre otras cosas sus edificios de sillar blanco de piedra pómez le han dado fama de La Ciudad Blanca, pero además, en El Cercado, llamado así a su Centro Histórico, algunas de sus principales calles conservan los nombres que tenían desde la época colonial, como; Alto de la Luna,  San Agustín, La Merced, Santa Catalina, Mercaderes, San Francisco, Moral, del Palacio Viejo, del Consuelo. 

La ciudad preserva -desde la época colonial-  acequias a los lados de las calles para dotar de agua cristalina, que baja de los Andes, a las antiguas casas y ahora también a camellones, plazas y jardines, lo que es un atractivo para el visitante, como las tuvo Cuernavaca por siglos.

La ciudad se encuentra al pie de Los Andes y a corta distancia se admiran tres nevados volcanes, el Misti que en quechua se traduce en El Señor, a la izquierda está el Chachani que según la leyenda es su mujer recostada, un mito similar al del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, pero aquí aparece otro personaje mítico y tercero en discordia que está a la derecha, el Pichu-Pichu que se traduce en el Amante, con el Señor en medio separándolos, y se cuenta que cuando el Misti entra en erupción, Chachani y el Pichu-Pichu –así?- aprovechan para regocijarse procreando hijos que simbolizan pequeños montes que se encuentran a sus faldas, es la leyenda. Por cierto, el contorno del volcán Misti es cónico, similar al del Popocatepetl y el del Chahani a la Mujer Dormida, pero Chachani es, por mucho, más bustona que el Izta, típica configuración de las peruanas, lo que solo se aprecia desde cierta perspectiva.

Arequipa es la tierra de Vargas Llosa, quien donó su antigua casa que se encuentra dentro de El Cercado, y lo mismo su biblioteca personal para abrirla al público. Es la tierra que alguna vez quiso ser independiente del Perú -como aquí la hermana república de Yucatán. Su “Cercado” ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, y es la ciudad más bella, mas colonial, conservada, limpia, y la más visitada de este país después de Cusco y Lima.  

Y nos tocó Jueves de Corpus que es cuando estudiantes de diversas escuelas católicas y no, elaboran los famosos tapetes de colorido aserrín y otros más de pétalos con temas religiosos alrededor de Plaza de Armas y frente a catedral. A esta ciudad se la conoce como la Roma del Perú quizá por su religiosidad y por majestuosa catedral que recuerda a la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

También visitamos el amurallado Monasterio de Santa Catalina todo un pueblo colonial dentro de la ciudad -y dentro del mismo Cercado- construido en 1579, a menos de 40 años de la fundación de Arequipa con una larga e interesante historia, con calles internas y estrechas al estilo de Andalucía, de donde salieron la mayoría de los conquistadores y evangelizadores de América, con iglesias, varios claustros, muebles de la época, donde niñas y pubertas eran recluidas por sus padres, lugar del que ya nunca más salían, ni en muerte, porque tiene su propio panteón, funcionaba como una especie de hostal donde las familias pagaban hasta fuertes sumas en oro y plata por tener ahí a sus hijas apartadas de lo mundano, había habitaciones selectivas, desde comunales hasta las privadas, y estas, desde pequeñas hasta verdaderas suites, con habitaciones para monjas a su servicio, cocina privada con horno de leña de estilo árabe, comedor, patios y amplios dormitorios, todo dentro de la habitación.

La ciudad de Arequipa cuenta con restaurantes de comida arequipeña, el más visitado, es La Benita, cuya dueña -doña Benita- nos acompañó a compartir muy variados platillos,  lugar  típico donde el más famoso es el cuy chactado, también el chupe de camarones -langostinos- del rio Chili que desciende de los Andes, el rocoto relleno parecido al pimiento morrón que vaya que pica, y algunos más que nuestro habanero yucateco, esta es la comida típica que se encuentra en sus picanterías, nombre que viene precisamente por lo picoso de sus platillos. 

Como vemos hay muchas similitudes con México y con otros países de la América hispana, desde lo prehispánico, pasando por lo colonial hasta lo moderno.

 

P.D. Hasta el otro sábado desde Lima.