Para los nativos y los tepoztizos la situación que vive su pueblo por la ampliación de la autopista no les resulta extraña. En esas están hace cuatro años. Han pasado por otros movimientos de resistencia que dejaron huella (el proyecto del club de golf que mataron y sepultaron, los terrenos de la Quinta Piedra recuperados por los ejidatarios…) que se convirtieron en recuerdos de orgullo pero al cabo no alteraron la atmósfera de localidad tan singular. Los lugareños que están en contra del ensanchamiento de la ampliación de la autopista La Pera-Cuautla en el tramo tepozteco, toleran a quienes se expresan a favor; esgrimen el argumento de las afectaciones al medio ambiente o la conveniencia de la obra, admiten aunque les disgusta “la infiltración” de los que no son sus paisanos al cien por ciento (por nacimiento, pues) en la protesta versus la obra, pero unos y otros admiten lo sabido por conocido: sinuosa, angosta, de dos carriles nomás, la vía carretera de cuota que los llevan y los sacan de Tepoztlán es una de las más peligrosas de México, y por eso tantos accidentes fatales. Sin embargo, una cosa les queda clara: en nada se parecen el actual y el movimiento contra el club de golf de hace ya más de dos décadas, unificado en aquél nueve de cada diez pobladores. Quienes los conocen saben que suelen discrepar pero raras veces riñen entre sí. Retenido el entonces alcalde Francisco Navarrete Conde en el Palacio Municipal por el grupo opuesto al ensanchamiento de la autopista, en julio de 2013 aconsejaba un ejidatario de tercera generación: “Los problemas no se arreglan a cachetadas”. Y este domingo, no secuestrado precisamente pero sí impelido por las circunstancias, el actual presidente Lauro Salazar Garrido se puso al lado de la resistencia en el ambiente ríspido de un cabildo público y extraordinario, comprometiéndose a solicitar la presencia de inspectores de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente  para que constaten el ecocidio del derribo de árboles por parte de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) en los trabajos de la ampliación de la autopista. Bloqueada desde el pasado fin de semana la entrada al pueblo con barricadas de troncos de los árboles asesinados, los lugareños y los turistas no pueden entrar por el lado de la gasolinería; deben hacerlo por la carretera federal, y los que llegan por la autopista, rodear por el barrio de San Miguel, de modo que Tepoztlán no está bloqueado del todo. Siendo en Morelos el pueblo de los cerros míticos el que más turismo recibe los sábados y domingos, esta vez hubo aunque en menor cantidad. Los restaurantes, los hoteles, el tianguis, el comercio no pueden cerrar, ni parar el trabajo en el campo. Viejo conocido del columnista, pronostica un agricultor: “Para los últimos días de agosto ya habrá elotes, tiernitos. Está lloviendo bonito; aquí siempre cae el agua a tiempo”. Se les notan expectantes pero serenos. Confía el mesero que atiende la mesa familiar del restaurante que mira al cerro del Tepozteco: “Si un día deja de venir el turismo, entonces sí nos preocuparemos”. Si algún municipio lo consigue, ese será Tepoztlán. Tepoztlán, el pueblo mágico con sus barrios de San Miguel, San Sebastián, Los Reyes, San Pedro, Santa Cruz, La Santísima Trinidad, Santo Domingo y San José. Y sus diez pueblos, entre ellos Santa Catarina, San Juan Tlacotenco y Amatlán de Quetzalcóatl, relativamente distintos entre sí y a la vez parecidos, orgullosos de su cultura ancestral y sus usos y costumbres que les ha conferido autonomía ante el poder político del centro del estado y el país. Tepoztlán, la comunidad que se maneja con códigos encriptados para los ajenos. O Tepoztlán, donde los usos y costumbres de la colectividad han privilegiado el comercio para los oriundos y/o los adoptados, y prohibido los supermercados, las tiendas de conveniencia y demás franquicias que en las dos últimas décadas desplazaron a los negocios familiares en casi todo el territorio estatal…  Mientras tanto, esperan el destrabamiento del conflicto que no avizoran fácil ni rápido. Quizá la solución sea el justo medio, que por cada árbol echado abajo la SCT plante tres, pero maduros y no “nonatos”, supervisada la reforestación por ejidatarios y comuneros para que sobrevivan de veras. No hablan de operadores políticos llegados de afuera. Y sólo unos cuantos, de que si la ampliación de la “pista” fuera por medio de un segundo piso, no estaría pasando lo que está sucediendo… ME LEEN MAÑANA. 

 

Por: José Manuel Pérez Durán

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