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Andan por la vida como si nada pasara. Se te arriman, no guardan la sana distancia, no traen tapa bocas. Habría que poner pantallas espectaculares en los zócalos de las ciudades grandes y pueblos pequeños, visibles por enormes, de unos cincuenta por veinte metros, claras las letras y elocuentes las imágenes. También en los límites de estados y en las fronteras del norte y el sur, para que informen cuántos muertos por el cólera virus van, que los incrédulos se asusten y se guarden en casa. Pero ni así respetarían la cuarentena, necios, obcecados, inconscientes.

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Los testarudos en el covid

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El ALM, “Lobito” y el covid

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Cuando la necedad puede ser fatal

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Los Plateados…y Calderón

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Cuando la vida no vale nada

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También ocasión de reciclar el comentario: En los pasillos de la política tlahuica oteaban la inminente aparición de un periódico nuevo. La “pista” éramos los reporteros y fotógrafos que desde días atrás éramos vistos recorriendo calles y husmeando en dependencias oficiales. El número cero nos salió regular, de consumo interno para confirmar los protocolos de envíos del material al taller del Diario de México, el horario del cierre de edición y pulir detalles. Nos preguntaban: “¿De qué periódico son?”.

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Bulle de gente el Jardín Juárez, nada que sea raro a las diez de la mañana. La concurrencia es variopinta. Están el bolero que no se da abasto para atender a sus clientes y se disculpa por no poderle dar “bola” al burócrata del traje lustroso a fuerza de tanta planchada. Las personas cruzan del edificio Bellavista al Palacio de Gobierno, van hacia Las Plazas, torean los automóviles, los vehículos de todo tipo se cuentan por docenas. “¡Libre!”, ofrecen los taxistas a los clientes potenciales que para no variar escasean.

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Los presidentes municipales están que se los carga el demonio de la pandemia. Pugnan por la creación de un fondo de emergencia de dos mil millones de pesos para poder atender necesidades sociales en materia de salud y alimentación a causa del covid-19. Lo exigen, están empecinados en lograrlo, documentada la tozudez de Antonio Villalobos Adán, Rafael Vargas Vargas y Juan Ángel Flores Bustamante, de Cuernavaca.

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De la pobreza a la miseria por el coronavirus

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