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Ampliamente conocido por su trabajo en la construcción y mantenimiento de albercas, trabajó en un Banco en beneficio de los campesinos, karateca, fiestero y gran amigo es: Sergio Alonso Martínez, a quien todos le dicen El Chiquis y quien se siente muy cuernavacense a pesar de haber nacido en Querétaro, Qro. El 7 de noviembre de 1944. Llegó a Cuernavaca con sus padres, el ingeniero Luis Alonso Trejo y la señora Elvira Martínez, originarios de las ciudades de Durango y de Aguascalientes respectivamente.
Estudió en Cuernavaca en el Instituto Americano de los señores Miller y la carrera de arquitecto en la Facultad de Arquitectura de la UAEM.
Conoció a Marínela Arriola en una fiesta, salieron juntos, se enamoraron  y pronto se hicieron novios. Tuvieron un largo noviazgo de once años y finalmente se casaron. Procrearon dos hijos: Christianne, que ahora tiene 38 años y Alejandro 35.
Comenzó a trabajar de inspector en el Seguro Agrícola del Campo, en beneficio de los campesinos, en tiempos en que las financieras daban ayuda a los campesinos siniestrados. Años después se dedicó a la construcción de albercas y equipamiento para las mismas. Recuerda que casi todas las albercas que construyó las revestía con mosaicos venecianos y hermosos dibujos marinos que la misma fábrica de mosaicos de don Manuel Perdomo le regalaba. En aquella época Cuernavaca era la segunda ciudad del mundo que más albercas tenía.
Su negocio se encontraba junto a la gasolinera de los señores Esponda en “Las Palmas”. El Chiquis vendía equipos de calefacción a base de disel y de gas. Dice Sergio que el equipo que usaba disel era caro pero tenía la ventaja de consumir poco combustible para calentar, mientras que el de gas aunque el equipo salía más barato, costaba más al tener que usar gas.
Se hacía cargo de fabricar todo lo relacionado con las albercas, hasta que los clientes ya estuvieran listos para echarse un chapuzón. Tenía todo tipo de clientela, desde políticos locales o de la capital, hasta los norteamericanos que en aquellos tiempos llegaban a vivir a Cuernavaca. Entre ellos tuvo a varios artistas mexicanos y extranjeros como clientes con una lista larga de nombrar.
Llegó a tener una cartera con 210 clientes, entre los que les construyó su alberca y a las que les daba mantenimiento. A una pregunta nuestra contestó que gracias a los productos que siempre usaba, el agua de una alberca duraba más de tres años, así como el servicio que les daba a los equipos de calefacción.
Declara: que sin la ayuda de su esposa Marinela nunca hubiera podido hacer nada, pues gracias a que siempre estuvieron luchando con hombro salieron adelante en el negocio que realmente era de ella, “pues trabajaba más que yo”, bromeó.
Era aficionado al tenis y jugaba en el Raquet Club y a veces en el Club del Lago. Recuerda al grupo de “alberqueros” con los que se juntaban semanalmente, entre ellos estaba Mario Quiñonez, Miguel Barrios y Alfonso Abe. Y menciona a su grupo de amigos de aquella época con quienes se reunía en el centro de la ciudad como: Carlos Terrazas, Hugo Liquidano, Pedro Matar, Sergio Cobián, Salvador Salinas, los hermanos Aldave, Fitos Cortés y muchos más.
Cada sábado en la noche iban a fiestas de alguna quinceañera, una boda o al cumpleaños de alguna de sus amigas. Nos cuenta que se metieron a una casa a bailar y a echar relajo. Quiénes son ustedes y qué hacen en esta casa, les preguntó un señor, es que somos amigos del novio y él nos invitó, contestaron; pues se me largan ahorita mismo porque este es un bautizo; y se salieron carcajeando a buscar una “fiesta de verdad”.
En aquel entonces los cineastas venían continuamente a filmar sus películas y buscaban gente local para que actuaran como “extras”. Se acuerda que actuó en “Cuernavaca en Primavera” y en dos episodios con un detective gringo que en aquel tiempo era estaba de moda y era muy conocido, en el restaurante la Casa Cárdenas frente al Palacio de Cortés. Comenta con sorna que  en esa serie se murió dos veces. “Siempre buscamos como actuar de extras, pues el de las finanzas nos pagaba muy bien”.
“Mi amigo, Rodolfo de la Cueva tenía la concesión de los primeros vochitos de la Volks Wagen y como no existían las “madrinas” que ahora cargan hasta quince autos, nos contrataba a todos los cuates para que los trajéramos de Jalostoc, Estado de México a Cuernavaca. A veces nos poníamos a jugar carreras en la carretera hasta que alguien le fue con el chisme a Rodolfo quien nos regañó y nos quitó la chamba.
Sergio formó junto a un grupo de amigos un club social que se llamaba “Impacto” en el cual se organizó un Rally Enigmático, con 300 autos que no era de alta velocidad, sino el de buscar pruebas de haber encontrado ciertas prendas en distintos puntos de la ciudad, Los comerciantes del centro cooperaron con los trofeos para los ganadores. “Este rally fue el más concurrido y agradable de todos los que se han hecho en Cuernavaca”, comenta.
El Chiquis se inscribió en la escuela de karate que estaba en los bajos del Pasaje Caballero, a la que fue invitado por Carlos Terrazas, quien le pidió al Sensei (maestro) que en su primer día le cargara la mano. Fue tan grande su impresión, que prometió no volver nunca al karate. Al otro día fueron por él para explicarle que todo lo que le ordenaron hacer era para un cinta negra con 5 o 6 años de hacer karate y que todo había sido una broma y sólo así volvió.
A Sergio, el Chiquis Alonso Martínez lo conoce casi toda la comunidad y, aunque era muy pachanguero, nunca buscaba pleito, sigue siendo un gran amigo y un afectuoso padre de familia.
A mitades del 2016 le dio un infarto del que apenas se está recuperando y cuando le preguntamos cuál era su actividad, nos contestó que en cuanto pueda le sigue a la pachanga.