Estudió los primeros años en Jonacatepec,  en Cuernavaca en la Escuela Pestalozzi y en la secundaria federal #5 “Revolución Social” en la calle Netzahualcoyotl esquina con Hidalgo. Lila Ramírez Lavergne nació en Querétaro, el cuatro de noviembre de 1932. Sus padres fueron: Leonardo Ramírez González y Celia Lavergne Pastor. Él fue maestro y llegó a ser Secretario General de Estados y Territorios en tiempo del Secretario de Educación, don Jaime Torres Bodet y su mamá tenía un negocio de blancos. Su padre la llevaba a todos los eventos deportivos, en sus viajes por la república. Al terminar la secundaria, su mamá la metió a trabajar a Teléfonos de México, aprovechando su amistad con el señor Hinojo, quien era el Gerente General. Entró como operadora de teléfonos, cuando se tenía un cuadro frente a cada una de las telefonistas, con cien focos y sus entradas.

Lila era la telefonista número 21 y al prenderse una luz ella se conectaba, donde le pedían el número al que deseaban hablar, por lo que enchufaba una línea con la otra. Muchas de las amigas se ponían a escuchar los secretos, los chismes y las conversaciones privadas. Su compañera Socorro Tacoya se daba la gran divertida y hoy en día desayunan todos los lunes y se recuerdan de aquellas sinvergüenzadas.

Lila tuvo cinco hermanos: Leonardo, Rosa Elena, Gloria, Celia y Leticia. Lila se llevaba de maravilla con su papá. Sus abuelos maternos eran europeos, por lo que a su mamá le faltaba esa la chispa mexicana, de ella vienen los hermosos ojos azules de Lila. 

Se acuerda que en 1960 fueron a la feria de Traltenango con sus amigas: Tere y Amalia Sedano, el padre Domingo Sedano, las hermanas Chacón, Olga Bastasin, Pila Tola, el Ingeniero Tola y Silvia Pinal, cuyo novio era Manuel Ramírez, al que le decían el gato. 

Recién casada, llegaron a visitarlos a Cuernavaca los cuatro hermanos de Carlos: Porfirio, Miguel, Adolfo y Conchita, quienes habían llegado en tren a la estación y de ahí se fueron a refrescar al jardín Melchor Ocampo y al jugar con el agua en la fuente de Gualupita, un señor se acercó y les preguntó si habían bebido del agua de ese venero, le contestaron que sí y éste pronosticó que jamás podrían salirse de Cuernavaca. Tan fue así, que todos los hermanos se establecieron en esta ciudad.

Carlos trabajaba en una ladrillera antes de comprar la radiodifusora. En 1944 Carlos y su hermano Miguel Tenorio inauguraron la XEJC la Voz del Sur y luego Radio Primavera XHTB.

Conoció a Carlos Tenorio cuando ella tenía 16 años, al serle presentado en la estación radiofónica XEJC y duraron de novios dos años. Contrajeron nupcias en la Catedral a petición de Lila en domingo y además una boda donde se invitara a todas las muchachas, pues Carlos era muy coqueto y así se enterarían de que ya no podían seguir coqueteando con él ni este con cualquiera de ellas. Carlos y Lila tuvieron cinco hijos: Lila, Laura Elena, Juan Carlos, Silvia y Yolanda.

Carlos y Lila se fueron a vivir a un edificio frente al Calvario. Recuerda que algunos maestros de secundaria iban a trabajar como locutores. Entre ellos el profesor Villavicencio, el profesor Pedroza, el maestro Fajardo y otros, los que tenían permiso de locutores. Algunos amigos de Carlos, como el papá del profesor Toño Pedroza fue incluido en la programación, gracias a su amistad personal.

Lila y Carlos fueron padrinos de varios de los hijos de los locutores haciéndose compadres de los Bautista, Vergara, Alonso, Villalobos y muchos más. Los Tenorio tenían compadres por doquier.

Lila cuenta que Jorge López Flores se casó con su hija Silvia y tuvieron dos hijas: Silvia y Georgina. “Yo quiero a Jorge como si fuera mi hijo”, comenta.

Carlos vendió la XEJC en contra de las opiniones de amigos y familiares a la compañía Audiorama y durante 18 años, vivió en su departamento del edificio Latino Americana. A Carlos y a ella les encantaba. Él murió en el 2013. Su departamento en la Latino Americana es el 308 y ese 19 de septiembre de 2017, día del temblor, había salido con unas amigas a desayunar a uno de sus restaurantes preferidos. Se enteraron por las noticias de que su edificio había colapsado. Fue un golpe terrible para Lila, pues todos sus recuerdos y pertenencias estaban en su departamento.

Eran 63 departamentos y sólo quedan 43. Dicen los condóminos que la enorme antena de una radiodifusora contigua se balanceó, destruyó un torreón y se cayó como una flecha sobre los pisos seis y el cinco, luego se siguió al primero y al lobby, cayendo sobre la calle Degollado donde hubo un niño muerto. “Se imagina si hubiera caído a la avenida Morelos, habrían más de 100 muertos. Ya nadie vive ahí y todos están de arrimados con familiares o en asilos”, comentó.

Contó de cuando Carlos le había regalado “La Casa Azul” en la calle Arista, donde era la XEJC y Radio Primavera. Ahí vivieron su hija y su esposo, junto con sus dos nietecitas. A Carlos le gustaba salir de cacería con Alfonso Camino, con Agustín Olvera, Luis Cruz y varios más y cada vez que lo invitaban tenía que cargar sus propios cartuchos. 

Hace 35 años que Lila sintió un vació en su vida, pues mientras Carlos trabajaba, ella sólo jugaba cartas, salía al boliche, al tenis o al volibol.

 Un día la invitaron al voluntariado del IMSS, integrándose a un grupo de más de 35 voluntarias, las que tenían que tomar un curso de preparación para ser aceptadas. 

El trabajo de estas voluntarias era visitar a los enfermos, subir a los pisos y platicar con sus familiares. Lilia fue a ver al director de una fábrica de artículos de belleza, quien les obsequió sus productos. Colocaron una mesa y vendían champús, cremas, lociones y luego ropa, a menos de la mitad del precio. Con ese dinero comenzaron a comprar sillas de ruedas, andaderas, bastones y dinero para medicinas que no estaban en el cuadro básico. A pesar de tener prótesis en cada rodilla, Lila sigue haciendo lo mismo a los 83 años de edad.

Distinguida y hermosa dama, ha escrito una de las principales historias de la vida de Cuernavaca.

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