Nació en Cuernavaca el 22 de noviembre de 1936. Estudió en la Escuela Felipe Neri del Parque Melchor Ocampo y en la Escuela Bancaria Comercial. Sus padres fueron Juan Castillo y Guadalupe Ballesteros.

A Juanito le atraen los libros de los grandes escritores de todos los tiempos y es un voraz lector. Trabajó con el señor Pepe Gutiérrez en el periódico La Voz de ayudante de linotipista, desde la limpieza de la maquinaria hasta el lavado de las piezas de plomo.

Ahí conoció a Elvira Pineda Salinas, quien trabajaba como secretaria, al haber estudiado la carrera de taquimecanografía. Juanito estuvo laborando en la mueblería de José Luis Carvajal como cobrador. Al año hizo su solicitud para el Banco Mercantil del Sur, donde trabajó durante siete años; se desempeñó en cobranzas, fue ascendido al departamento de cartera y luego en el de cheques. Más tarde fue nombrado jefe de cada uno de los departamentos por los que había pasado.

Le tocó laborar con el gerente de banco, señor Gonzalo Sayas a cuyo hijo, Víctor Sayas, le pidió que manejara el auto en que llevaría a los novios a la iglesia el día de su boda. Posteriormente Víctor Sayas fue Gerente del Banco Mercantil del Sur.

En 1958 trabajó con el jefe de oficina para el señor Francisco Álvarez Vázquez en su industria generadora del proceso de arroz en la Ex Hacienda de Temixco por doce años. Trabajó como vendedor de alimentos balanceados y un día llegó don Ramón Arai a ofrecerle trabajo a su relojería “La Japonesa Imperial” de la calle Degollado casi esquina con la calle Guerrero, frente al Mercado Benito Juárez (Del Reloj), frente a la Cerería la Guadalupana de su primo Ramón Hernández, quien también era propietario de la mercería La Moderna y de la farmacia La Mexicana en la calle Guerrero.

Nos cuenta con mucho orgullo que estuvo de ayudante de “coime” en los billares y centro social de su señor padre llamado El Fénix, donde ayudaba a la limpieza del salón, de las mesas de carambola y pool, en cambiarles las botanas a los tacos de billar, que las giseras para poner cosméticos estuvieran limpias, ya que algunos jugadores las usaban como ceniceros.

Recuerda que el billar se encontraba hecho de puro adobe y en una de las temporadas de los famosos torrenciales sobre Cuernavaca, cayó un tremendo chaparrón durante la noche, pues por aquel entonces sólo llovía por la noche o por la madrugada, y ablandó el techo que se cayó sobre las mesas de billar, sobre las de dominó, destrozando los juegos de ajedrez con los cuales a veces se hacían competencias locales y estatales. 

Esa vez la tienda “La Madrileña” de don Ernesto Ocampo a un costado del billar, en el Edificio Benedicto Ruíz se desplomó y fue cambiada provisionalmente a la calle Hidalgo esquina con Galeana donde ahora está la farmacia Del Ahorro. El edificio Benedicto Ruíz, ahora es propiedad de la Beneficencia Española.    

En la relojería Arai, Juan se encargaba de hacer las compras de las refacciones para las composturas. También escogía lo que iba a adquirir de Artesanías Mexicanas por toda la república que se vendían a los turistas. En el nogocio vendían dispositivos de seguridad para tránsito, como espejos para las esquinas las que ayudaba a la visión y advertencia de los automovilistas y otros artículos.

Juanito era el encargado de que la relojería tuviera todo lo necesario para la clientela e ir viendo cual era el funcionamiento, estructura y arreglo de los relojes. El señor Arai notó el interés que Juan tenía por conocer el funcionamiento de los relojes, le dio un equipo básico para desarmar y armar relojes, de los más sencillos mecanismos.

Varias veces se quedaba extasiado sin importarle el paso del tiempo, hasta que llegaba la madrugada. Esta práctica la siguió durante cuatro años, hasta que se sintió preparado y apto para abrir su propio negocio de relojería. Nos cuenta don Juan que siempre le estará agradecido a su maestro relojero, don Manuel Arai y al señor Jorge Tanikagwa, quienes eran unos magníficos relojeros y le enseñaron el oficio. 

Después de cinco años de novios, en 1960, Elvira y él contrajeron matrimonio. Tuvieron tres hijos: Juan Manuel, Miguel Ángel y José Alberto. Juan Manuel es Abogado Fiscalista, Miguel Ángel es comerciante y José Alberto es Ingeniero en Sistemas Computacionales. 

Nos dice que frecuentemente llevaba a su esposa, a sus hijos y a los amigos de estos, a nadar a las pozas de Tehuixtla donde los niños gozaban, mientras doña Elvira ponía el mantel y los sándwiches o las tortas para ese día de campo. Los muchachos se encargaban de los refrescos de la nevera. “No saben ustedes el trabajo que nos costaba sacarlos del agua, pues ni con la amenaza de dejarlos ahí toda la noche se querían salir”, nos contó riéndose don Juan. 

Encontró un local de don Ramón Saldaña en la calle Arista No. 28 donde se estableció y comenzó la profesión de relojero, en el sitio en el que hasta este día lo sigue trabajando con todo el prestigio que ha conseguido de su clientela, a quienes les agradece que le sigan enviando clientes por su habilidad en componer los relojes, por su honestidad y garantía de recibir un buen trato y el mejor trabajo, hasta dejarlos satisfechos.

Continuamente viaja a la Ciudad de México a surtirse de piezas para la reparación, relojes que le piden en especial y nuevos modelos de relojes de pared, de pulso a base de baterías, extensibles de metal y correas de piel, los que siempre tiene es sus vitrinas.

Agradece al Gran Arquitecto del Universo por haberle dado una maravillosa esposa y unos hijos que sin su apoyo no podría seguir trabajando de relojero y prestando servicio personal a su clientela a sus 81 años de edad, cuyo trabajo es lo que en realidad le gusta hacer. Comenta que lo más preciado del mundo es trabajar en lo que uno desea y a él le ha tocado esta fortuna.

Hombre de trabajo, honesto, amoroso padre de familia y un gran relojero es don Juan Castillo Rivera a quien todos los cuernavacenses profundamente respetamos.

Semblanzas de Morelos
Rafael Benabib
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