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Poseedor de una ancestral cultura familiar, hombre de pocos recursos, logró realizar su sueño de llegar a ser lustrador de calzado en la gran ciudad. Consiguió hacer de sus hijos gente de bien: Gabriel el mayor es Director de Teatro, Anabel trabaja y estudia para ser Estilista, Laura es comerciante de productos oaxaqueños y Alejandro labora en una fábrica en CIVAC.  Jorge Flores Villalba nació en Santiago de Cacaloztepec, Oaxaca, el 28 de julio de 1965. Terminó la primaria y desde niño, acompañaba a su mamá, la señora Villalba de Flores, a su padre, don Enrique Flores y a su cuñado Pedro Lima Salazar a trabajar la tierra y cuidar el ganado.
Cuando en 1975 falleció su papá,  Jorge se fue a vivir a Tehuacán, Puebla, con su abuelita y ahí se dedicó a vender chicles y golosinas por la tarde y en las mañanas se dedicaba a bolear por toda la ciudad -con un hermoso cajón de madera que la abuelita le regaló-, a los comensales de los cafés, restaurantes y alrededor del quiosco de la ciudad. La tía Maura era la que salía a trabajar y con lo poco que Jorge aportaba, era suficiente para el sustento de la casa.
Se fue a Orizaba, Veracruz donde creció y se seguía manteniendo de la boleada. En 1985 regresó a su pueblo y conoció a Teresa López Matamoros. Se casaron en la iglesia de Santiago Cacaloztepec, procreando cuatro hijos: Gabriel,  quien trabaja como Director de Teatro, Anabel es estilista, Laura en su puesto en el mercado y Alejandro en una fábrica de CIVAC.
En 1985 comenzó a viajar a Cuernavaca todos los fines de semana en que llegaban los turistas y había más clientes para darles grasa. Poco después fue por su familia para que vivieran todos juntos en esta ciudad, lugar del que su esposa quedó encantada.
Cuando los clientes escaseaban para darse brillo a sus zapatos, se iba a trabajar para don Sergio Parra de jardinero, de pintor y aprendió algo de albañilería. Por un tiempo laboró en una carpintería pero no le gustó y se dedicó a la boleada y a sus otras habilidades. Nos cuenta que conoce a la familia Parra desde hace más de diez años y que les está muy agradecido por haberle tenido toda la confianza y paciencia al permitirle aprender lo de la jardinería y la albañilería.
Jorge viaja dos veces al año a Oaxaca a la fiesta Patronal del pueblo en honor del Santo Patrón Santiago Apóstol, donde al terminar la misa, el pueblo entero se reúne en “La Cofradía” y cada vecino trae sus viandas oaxaqueñas para que todo el pueblo y sus visitantes coman los platillos originarios de Oaxaca, como: el mole negro con pollo o puerco, las tlayudas, que son las enormes tortillas preparadas con frijoles, mole, queso y tasajo de res y como bebida el sabroso y tradicional chocolate hecho en casa, con el pan de yema de huevo y se cocinan otros platillos que cuando va el día de los Santos Difuntos a visitar las tumbas de su padre y de sus abuelos. Al principio iba a trabajar la tierra, pero él deseaba estar con su familia e ir de vez en cuando.
Su hija Laura comenzó a viajar con él y tuvo la idea de traerse a Cuernavaca unos quesos de Oaxaca llamados: quesillos en bola, moles negro, rojo, verde y almendrado. También llegaba con el queso de aro fresco. Le fue tan bien, que desde hace seis años que tiene permiso del H. Ayuntamiento a vender sus productos en una  mesita en los andenes de autobuses urbanos en el mercado Adolfo López Mateos. Su esposa, la señora Teresa, hace unos sabrosos tamales oaxaqueños, ya sea de hoja de plátano o de maíz, de mole negro, de mole verde, de dulce y de sabrosas rajas, los que vende por pedido especial.    
Su padre fue “Mayordomo” del pueblo, quien se encargaba de las fiestas de todo el año, que no hubiese pleitos en el pueblo y el que todos los ciudadanos dieran su cooperación. Muchas veces él tenía que poner de su bolsa porque en ese pueblo existía mucha pobreza.
  Don enrique Flores, le dejó unos terrenos donde sembraban maíz, frijol y calabaza, pero ya están abandonados y para que vuelvan a producir se necesita mucho dinero. “Algún día que tenga con qué, los voy a rehabilitar”, dice sin mucha convicción.
Continuamente lo buscan para que les haga trabajos de jardinería, pintura o albañilería, pero él es muy selectivo y sólo trabaja para dos o tres personas, como Sergio Parra, Alejandro Gómez y  otros. El resto del tiempo conoce gente a través de su trabajo de bolero; platica de muchas cosas, pero en especial escucha y aprende de lo que platica  la gente o le quiera contar.
De repente se desaparece por dos o tres días pintando la pared de una casa o arreglando algún jardín. Jorge proyecta seguridad a sus patrones en cuanto al manejo del dinero y se ha ganado su confianza al poderlo dejarlo trabajar solo, al grado que le dejan las llaves para que vaya a hacer sus trabajos ya sea en sus casas o en sus oficinas.
Cuando llega con su cajón de bolero frente a uno de sus habituales clientes, exclama: Ya llegó el Diario de Morelos y se acomoda frente a él para lustrarle los zapatos. ¿Cómo que el Diario de Morelos, si no te veo ningún periódico?, le preguntan. “Es que yo les doy bola, vengo a diario y además vivo en Morelos”, contesta jocosamente.
En una ocasión llegó al café en muletas y con el pie enyesado. Comentó que estaba pintando subido en una escalera bastante alta. Don Alejandro su patrón, le dijo que se amarrara bien pero Jorge se sentía seguro. Al evitar que se le cayera la pintura, se resbaló y fue a dar a la jardinera preferida de la esposa de su patrón. Se rompió el dedo gordo del pie y lo llevaron al Seguro. Anduvo con muletas más de un mes. Pero siguió boleando con las muletas a un lado.
Jorge Flores Villalba sólo trabaja en casas particulares por las tarde o en las madrugadas, pues las mañanas las dedica a su trabajo de bolear los zapatos a quienes ya lo esperan en el café o la oficina de su querida Cuernavaca.

Por: Rafael Benabib / [email protected]