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Nació en los Huajes, Municipio de Amatepec, Estado de México, el tres de enero de 1921. Su papá fue Inocencio Vences y su mamá doña Aurelia González. El papá de don Genovevo de Jesús Vences González era campesino, fue soldado carrancista quien peleó en la Revolución. Su esposa Aurelia siempre luchó a su lado y después fue ama de casa.

Genovevo estudió la primaria en Amatepec. En su juventud fue violinista en una banda de música folclórica. Y tiempo después fue mariachi con su guitarra y un grupo de cinco elementos que tocaban por toda la región.

Acostumbraba a salir a pie por los caminos hacia Toluca, pues no había dinero para el transporte. Pasaba por Teculipilco, un pintoresco pueblo. Sin perder tiempo se seguía a Sultepec, pueblo de hermosas cascadas y monumentos coloniales. De ahí a Valle de Bravo, Ciudad fundada en 1530 por los frailes franciscanos. Su presa (lago), es parte del Sistema Cutzamala que abastece de agua a la Ciudad de México. A Genovevo le gustaba regresar de Toluca en tren, haciéndola de garrotero para ahorrarse lo del viaje.

En 1942 llegó a Cuernavaca al taller de huarachería de sus hermanos Heriberto y Francisco donde les ayudaba a cambio de casa y comida. Ellos vendieron el taller y se fueron a México. En 1948 buscó trabajo y lo encontró de velador de la Farmacia Zapata y en la tienda del señor Tajonar en la calle Guerrero, pero lo que le pagaban no le alcanzaba, por lo que fue presentado a algunos comerciantes de la calle y así pudo hacer su carrera de velador.

En 1951 se casó por segunda vez. Ahora con la señora Celia Sánchez Gatíca, hermana del conocido abogado Rogelio Sánchez Gatica, el que entonces tenía sólo nueve años y a quien le llevaba su “coquita” de vez en cuando para que no se encelara. Celia tenía 16 años y tuvieron siete hijos: Jorge, Silvia, Javier, Salvador, Columba, Carlos Alberto y María Isabel.

Lo contrataron de palabra en el sanatorio del doctor Caballero Díaz, el que ahora es el pasaje del mismo nombre, la joyería Graciano, que atendía la señorita Susy, las tiendas de artesanías: Casa Gloria, La China Poblana, Joyería Frausto, Artes Nacionales, La Mexicana, el Hotel Central, y la Casa de los Espejos, que eran de la señora Frausto. Su marido el señor Castillo, mandó a forrar las paredes con espejos para que ella se luciera. Cuando falleció, le hicieron una casita de espejos en su sepulcro a 50 metros de la entrada del cementerio La Leona.

Donde ahora está la tienda Woolworth, era la zapatería la Casa Beltrán de don Alfonso, quien la dirigía con mucho éxito. También estaban: la Discoteca Yolis, la Farmacia Universal, la Óptica Martínez Olmos, la concurrida nevería El Polo Norte, el Pigly Wigly, La Foto y Deporte Kodak, las máquinas de coser Singer, La Eletrica Moreno del güero, el Hotel España, la camisería El Encanto de Pepe Orraca, el pasaje con la tienda El Pajecito de la señora Añorve y las oficinas de Hacienda al fondo, la panadería La Espiga, que manejaba don Ramón Trespalacios y la papelería Alfa.

En la segunda calle Guerrero cuidaba La ferretería El Nivel de Enrique Pérez y luego de los hermanos Ramón y Fernando Cue, La jarcería de don Vicente, La Zapatería Canadá, Novias Teresita, relojería Hernández, Los Jugos Hawai, La tienda de ropa El Caballero Elegante, la zapatería de don Pepe Andrewesky la vinatería de la hermosa cubanita, la camisería Pony del señor Paulino Orraca, La fábrica de uniformes, la Armería Corral de don Polo, la tienda de ropa Tajonar, el Hotel Baños Lido de don Ernesto Ocampo, La farmacia Zapata del doctor Zámano, el doctor Gómez Martínez, la tienda de radios del señor Rosi, papá de Clemente Villar, hasta llegar al mercado Benito Juárez o como se le conocía: “El mercado del Reloj”. Y en la tercera calle: la Mueblería Mitre, el super 1-2-3, La iglesia Prebisteriana y otras tiendas más.

Don Genovevo llegaba a cuidar la calle Guerrero en la tarde y se iba a su casa a las 8 de la mañana. Era muy raro que la policía pasara por ahí, pues contaba el que Genovevo estaba vigilando, él se daba unas vueltas por Tepetates, por No Reelección, hasta el Hotel Bellavista de la señora Rosalba Portes Gil, al Bar Cuernavaca, el que don Emilio Fernández le rentaba su propietario don Rafael Arámburo, papá del recién fallecido empresario del mismo nombre; y el restaurante La Universal de don Lalo Noriega.

Todos los comerciantes y vecinos del centro lo conocían y también él a cada uno de ellos por sus nombres y teléfonos por si algo se necesitaba. No usaba pistola y su única arma era un garrote que atemorizaba a cualquiera. Una noche, checando la puerta de una tienda, esta se abrió de par en par. A las 9 de la noche le habló al dueño que viniera a cerrar; aquel llegó las 11 y le preguntó el por qué no cerró la puerta “Quiero que vea si le falta algo”, dijo. El comerciante se encargó de que toda la ciudad supiera lo confiable que era Genavevo.

Una vez se encontró con dos ladrones profesionales quienes venían armados. “Si quieren robar, me tienen que matar a mi primero”, les dijo y los ladrones se fueron refunfuñando.

Acompañado tres amigos comerciante, llegaron con el jefe de policía y tránsito, Capitán Moisés Maislim y le pidieron un permiso para portar armas. El señor Maislim se negó pero le ofreció trabajo en la policía, lo que Genovevo se reusó y continuó vigilando sólo con su garrote.

Después de 39 años de trabajar como velador de casi todo el centro comercial de Cuernavaca y de recibir 50 pesos a la semana de varios comerciantes, mucho más de don Ramón Trespalacios. En 1981 Genovevo se quiso retirar y se disgustó con su hijo por haber pensado en demandar a alguno de sus amigos a quienes con gusto había cuidado. Unos comerciantes empezaron a hacer una colecta y todos le ayudaron con algo. Genovevo Vences falleció en el año 2008, dejando al centro de Cuernavaca sin el mejor Velador conocido.