El martes pasado los cuernavacenses tuvimos la desdicha de haber perdido a un fabuloso personaje, un amoroso padre de familia y un gran amigo, que siempre estará dentro de nuestros corazones: ROBERTO AARON, quien falleció a los 86 años de edad. Hombre de una vida altamente productiva la cual ha dejado un enorme hueco entre su hermosa familia, sus amigos, la comunidad norteamericana y en especial la ciudadanía cuernavacense.

Quisiera plasmar en estas líneas, algo de lo que nuestro amigo Bob nos contó acerca de su vida:

Nació en el Estado de Ohio, EEUU en el año 1931, en 1950 le tocó ir a la guerra de Corea y a los 19 años fue seriamente herido en combate. Durante un tiempo horrible, estuvo viviendo en las barracas, hasta ser rescatado y llevado al hospital militar, donde estuvo convaleciente durante casi un año.

A consecuencia de esto, quedó inmovilizado de sus piernas, lo que no le impidió tener una vida tan activa como el que más. Pocas veces permitía que alguien le ayudara en su diario quehacer, mostrando una independencia en su aseo personal, el trasladarse de un sitio a otro y también el dejarse ayudar por sus seres queridos como una señal de amor.

A pesar de que Cuernavaca está llena de trampas arquitectónicas, Bob se las agenciaba para ganarle la partida a la ciudad, ya sea en su silla de ruedas o en su imponente auto blanco, en el cual no necesitaba ayuda para subirse, bajarse, conducir por toda Cuernavaca y por todo el Estado, al que se daba el gusto de visitar continuamente y así también desplazarse hacia su centro de trabajo y sus reuniones sociales.

Cuando llegó a México, su primer trabajo fue en una compañía de lavadoras “Bendix” donde sus patrones le continuaban subiendo el sueldo, pues no querían que se fuera a vivir a Cuernavaca. Sin embargo esta ciudad fue el que lo convenció y donde él decidió residir.

Ya en Cuernavaca se dedicó al negocio de la construcción de casas habitación de estilo colonial mexicano, con tal éxito, que gran parte de la colonia norteamericana que vivía en la ciudad, lo contrataba para que les hiciera sus residencias, las que hizo con muy buen gusto que hasta la fecha la gente a quien le construyó dice con gran orgullo: “La casa en la cual vivo, la construyó  Bob Aarón”. 

Se casó con Maruca Corona y tienen un hijo Bobbie con el cual entre los tres hicieron una envidiable familia.

Maruca es una gran mujer, dedicada a su familia y a labores altruistas, entregada a la enseñanza para la gente con capacidades diferentes, en especial en su escuela “El Pequeño Grupo” donde trabaja con amor en la enseñanza y el cuidado de niños con Síndrome de Down, siendo premiada por la Embajada de Francia por su labor de servicio dentro de todo el País.

Bob se ganó el cariño, respeto y admiración de la gente de Cuernavaca, a través de su honestidad, gentileza y en especial por su enorme generosidad. Muchos de nosotros llegábamos al restaurante La Universal a pedirle un consejo o un préstamo en efectivo, el que nunca se le vio negarse a dar. Bob tenía un sitio especial entre la comunidad. Se le veía diariamente tomando café y platicando, rodeado de seis o siete personajes de la comunidad norteamericana sobre toda clase de asuntos. Su diaria presencia en La Universal fue, durante cuarenta años, parte de la vida del Centro Histórico de Cuernavaca.

Bob decía, que su labor dentro del grupo de norteamericanos era hacerlos sentir que su verdadera casa era Cuernavaca, lo que lograba con cada nuevo miembro que se sentaba con el más importante centro de reunión de la colonia norteamericana en Cuernavaca.

Nos contaba que él conocía casi todo el Estado de Morelos, ya que cuando construía casas tenía que salir a los alrededores de Cuernavaca y de algunos pueblos cercanos a seguirles trabajando a sus coterráneos y también edificar su propia casa, donde ahora vive Maruca.

Bob fue espectador de los eventos más importantes de la ciudad. Desde su lugar frente a la Plaza de Armas, decía que podía gozar de los sucesos del centro durante todo el año. Nos contaba que en tiempos del gobernador Estrada Cajigal, supo de la venta de miles de permisos para nuevos autos en Cuernavaca, cuando aparecieron más de quince mil taxis de todo el Estado y se quedó admirado el que los taxis de Jiutepec, Alpuyeca, Cuautla y de casi todo el Estado estuvieran trabajando en la ciudad.

Luego nos explicaba por qué le aburren las reuniones sociales “Porque son puras pláticas vacías”, nos decía en secreto, mientras saludaba cortésmente a la demás personas.

Estando sentado en la Universal, pagaba en secreto la cuenta de todos sin que nadie intentara sacar la cartera y en ese momento se aparecía Alejandro, su amigo, para ayudarlo a llegar al estacionamiento Las Plazas. Bob era incapaz de decirle que él podía sólo, pues nunca hubiese querido herir sus sentimientos, por lo que se dejaba ayudar a subir por la rampa y llegar al sitio que tenía contratado por las 24 horas del día y los doce meses del año.

Sobre ese tema nos recordamos que nadie jamás lo vio estar molesto o de mal humor. Le preguntamos a los meseros sobre su carácter y nos contestaron que nunca lo vieron enojado. Sin embargo lo vimos que un día estaba que sacaba chispas y le gritaba al encargado del estacionamiento porque al llegar con el auto su sitio estaba ocupado por una camioneta. Esa fue la única ocasión que se le vio enojado.

Recibió reconocimientos de parte del grupo Identidad, de la Presidencia Municipal y de varias otras instituciones. Pero lo que más encontró fue el reconocimiento de la ciudadanía cuernavacense por su bonhomía, su sonrisa, su honestidad y la felicidad que nos ha dejado al haberlo conocido y el profundo dolor de su partida. 

Maruca y Bobbie Aarón, reciban nuestras más sentidas condolencias. ¡QUE DESCANSE EN PAZ!

Semblanzas de Morelos
Rafael Benabib
[email protected]

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