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Uno de los más reconocidos hojalateros de Morelos, un hombre honesto y respetuoso, a quien jamás se le vio envuelto en ningún pleito, pues nunca daba lugar para un enojo o falta de respeto. Hombre trabajador, deportista, gran jugador de cartas y mejor padre de familia fue don José Nápoles Salinas, quien  nació en la Ciudad de México el 19 de junio de 1912.
Llegó a Cuernavaca a los diez años de edad, donde estudió la primaria. Su papá, don José Nápoles era hojalatero y se encargaba de hacer las carrocerías de los nuevos tráilers de principios del siglo XX, llegados de Estados Unidos. Su mamá fue Lucina Salinas, ama de casa. Tuvieron dos hijos: José e Ignacio. De joven empezó a trabajar como ayudante de mecánico de los autos del Sitio “Morelos” y después de un tiempo comenzó a manejar y estacionar los enormes autos Dodge de 8 cilindros y de ocho plazas, donde al poco tiempo lo hicieron chofer. Todos le llamaban: “El Melenas” por su pelo alborotado.
 José Nápoles se metió a trabajar a un taller de hojalatería y pintura con el maestro Luis Díaz en la calle Gutenberg de esta ciudad a una cuadra de la Plaza de Armas. Siendo principiante, aprendió el trabajo de hojalatería y pintura de los autos en el taller del maestro Díaz, de quien recibía un sueldo diario apenas para comer.
Al saber que era muy bueno para la “chamba”, lo mandaron llamar a la Agencia de autos “Motores de Morelos” que dirigía el señor Luis Betanzos, quien era el concesionario de la marca de autos Ford, cuando esta agencia se encontraba en la avenida Morelos, entre la calle Arista y Degollado, donde después estuvieron los autobuses foráneos: La Flecha Roja. Años más tarde la agencia se cambió a la avenida Morelos sur, a un costado de los autobuses La Estrella de Oro, frente a la gasolinera de los señores Esponda.
Sus amigos le ponían todo tipo de apodos, los que agradecía con una carcajada en lugar de molestarse. Le decían: “El Melenas”, “El manís” y “El Napo”, pero casi nadie sabía que su nombre era José. A los 20 años de edad, el maestro Nápoles conoció a María Barbán Abúndez, quien era enfermera de profesión, con quien contrajo nupcias en 1947. José Nápoles tuvo ocho hijos: José Alberto, José Enrique, José Guillermo, José Norberto, José Manuel, María Eugenia y el pequeño  José Luis. El papá era muy cariñoso y muy directo en sus relaciones con sus hijos y en especial con José Alberto a quien tuvo trabajando con él desde que tenía ocho años.   
A José le ofrecieron poner su propio taller pero él se negó al estar comprometido con don Luis y no le podía dejar la chamba tirada. El señor Betanzos se enteró y premió su decisión aumentándole generosamente el sueldo. Él fue uno de los más renombrados y famosos maestros hojalateros de Cuernavaca. Trabajó como jefe de taller de hojalatería y pintura en la Agencia Motores de Morelos durante 28 años.
A José Nápoles le encantaba hacer ejercicio ya sea haciendo bicicleta o corriendo. Se llevaba a su hijo Pepe desde su casa de Leyva hasta la carretera a México, luego se iban a Santa María Ahuacatitlán y de regreso al taller. Al hijo también le gustaba salir en bicicleta, pero no tanto como a su padre, quien hasta llegó a competir junto a su amigo, Mariano García, de los más reconocidos mecánicos de su época.
En una ocasión don José Nápoles, enderezando un chasis,  se le cayó una cadena que le fracturó la pierna derecha. El señor Betanzos, junto con el señor Ellis, el socio mayoritario de la agencia,  lo llevó al Seguro Social del Boulevard Benito Juárez donde fue operado de inmediato. El maestro Nápoles se quería levantar de la cama del hospital e ir al taller porque tenía que entregar unos trabajos. Don Luis le prohibió ir a la agencia, hasta que estuviera sano, “pero mi papá era muy inquieto y responsable y al día siguiente se fue en muletas hasta el taller, a pesar de estar  incapacitado por el IMSS”, nos dice su hijo sonriendo.
En 1969, el maestro Napo dejó el taller de la Ford y abrió su propio negocio de hojalatería y pintura en la calle Lázaro Cárdenas de la Colonia Jiquilpan, donde estuvo trabajando durante dos años. En 1971 y se cambiaron a la calle Álvaro Obregón No. 205 centro, a un costado del Puente 2000; ahí, su hijo aún tiene el taller de hojalatería y pintura.
El Manís era asiduo cliente del Bar Cuernavaca de don Emilio Fernández, cuya esposa hacia una comida española que le fascinaba. Ahí jugaba dominó y el juego con cartas españolas, el que se llama “Conquián”. Pero su lugar favorito para los fines de semana era Tepoztlán donde le gustaba ir con su hijo Pepe e iban a comer mariscos de todo tipo, ya  fuera en el mercado o en alguno de los puestos alrededor del  zócalo. En esos lugares se podía pasar toda la tarde comiendo y tomando una cerveza. Su hijo Pepe dice que con su papá aprendió a gozar de la comida mexicana, en especial un arroz colorado con huevos estrellados y salsa verde, una buena milanesa o unos chiles rellenos de queso en salsa de tomate.
En el taller estuvo durante 37 años, hasta el día de su fallecimiento debido a un Efisema Pulmonar. Su hijo Pepe nos recuerda que el día de su entierro en el Cementerio De La Paz, la gente no cabía cerca del lugar donde fue enterrado y se tuvo que parar en las orillas de las otras lápidas. Entre la gente que le fue a dar su última despedida, estaban sus amigos del conquián y del dominó, toda la familia, sus clientes quienes contaban sus experiencias y agradecimiento por su trabajo, los maestros hojalateros, pintores y dueños de diversos talleres mecánicos y sus amigos de las comidas de los viernes en el club social Cuahunáhuac.
 Actualmente su hijo José continúa manejando el taller de hojalatería y pintura llamado Taller Nápoles que tiene el mismo prestigio que don José Nápoles Salinas le supo dar.
Siempre fue por la vida con dignidad, a nadie le debía nada y si a alguien le prestaba nunca se le oía que le llegara a cobrar. No se le conoció más que bondad, trabajo y respeto para todos, quienes están muy orgullosos de haber contado con su amistad.

Por: Rafael Benabib / [email protected]