compartir en:

Estamos acostumbrados a imaginar una revolución como una serie de eventos violentos, sin embargo, lo que verdaderamente las distingue no es tanto el método de lucha como el resultado, la transformación social, política y económica que provoca. Por eso, aunque en Sudáfrica la lucha de Nelson Mandela fue pacífica, sus logros fueron revolucionarios y lo mismo ocurrió en el caso de Gandhi y la India. 
Las revoluciones exitosas cambian radicalmente el estado de las cosas. Es decir, un cambio de régimen total, una ruptura completa con el statu quo, una profunda transformación de la estructura de poder existente. Por supuesto, las más sanas son las pacíficas, las que logran reemplazar las cosas sin destruir lo bueno que existe. 
En ese sentido, no creo que haya hoy, en México,  una apuesta más revolucionaria que el combate a la corrupción, pues, como lo han expuesto diversos autores, la corrupción no es una característica más del sistema sino que es el sistema mismo.  Es el pacto de gobernabilidad que las élites se han dado. 
El politólogo Jorge Romero lo dice claro en un artículo que recientemente publicó en Sin Embargo: “La corrupción en México es un asunto institucional: está en el entramado de reglas del juego, arraigada en el poder político y en la relación de este con la sociedad”.   
Romero explica que, desde 1929, después de la Revolución Mexicana, las élites pactaron la paz a cambio de la apropiación privada del patrimonio público: “El lubricante del acuerdo fue la apropiación privada de rentas estatales. El Estado como organización ejercía su dominio nacional sin contestación relevante gracias a la tolerancia sistémica con la apropiación privada de la autoridad y los recursos públicos.”     
Esto no cambió en 1996 cuando los poderosos acordaron tener elecciones limpias: “El siguiente pacto de elites, el de 1996, estableció nuevos mecanismos de competencia por el control del botín estatal, basados en el voto, pero no modificó en nada el sistema clientelista de botín sobre el que se ha construido la organización estatal.”  
Así que la lucha contra la corrupción es revolucionaria, pues su triunfo transformará de raíz el sistema político mexicano y a la sociedad. Además es una apuesta no violenta. 
Justo en el momento que escribo esto, en Morelos se buscan cinco revolucionarios que quieran echar andar el sistema estatal anticorrupción. Es decir, ciudadanos con conocimientos en la materia y carácter para enfrentar las resistencias de los poderosos al cambio.
El sistema estatal anticorrupción es una apuesta de la sociedad para combatir la insoportable corrupción que corroe al sistema político; está compuesto por una serie de leyes novedosas así como por instituciones especializadas. En el centro del sistema se encuentra el Comité de Participación Ciudadana, integrado por cinco personas. Las funciones de este consejo son, entre otras: canalizar la participación ciudadana en materia anticorrupción, proponer políticas anticorrupción y vigilar el funcionamiento del sistema. 
La convocatoria para seleccionar a los integrantes del Comité de Participación del sistema anticorrupción estará abierta del 26 de julio al 25 de agosto. Quienes elegirán a los cinco revolucionarios no son funcionarios públicos sino otros ciudadanos igual de avanzados. Es la primera vez en la historia de Morelos que sucede así. Anímese a ser parte de esta revolución. Para más información: www.comisionseamorelos.mx 

Por Vera Sisniega

www.verasisniega.org