Estaba trabajando en Televisa, como cada domingo, en Acción, cuando repentinamente sentí que se me volteó el estómago, se me hizo un hueco en el alma y en el corazón, al tiempo que creía que el estudio “B” giraba a mi alrededor, cuando escuché a mi amigo Toño de Valdez, como colofón del programa, decir: “Lamentamos la muerte de Tadeusz Kepka”.
Mi queridísimo profesor vio la primera luz en Varsovia, capital de Polonia y fue traído a nuestro país en 1966 por el gobierno, para intentar hacer un buen papel en los juegos olímpicos de 1968. Revolucionó el atletismo nacional y varios de sus deportistas impusieron récords mundiales: Arturo Barrios, Dionicio Cerón y Germán Silva, por mencionar a los más destacados.
Tuve la dicha inicua de que fuera el preparador físico de los silbantes durante, prácticamente, toda mi carrera arbitral, en donde se ganó mi admiración y mi cariño. No miento cuando afirmo que, sin su ayuda y comprensión, mi paso por el mundo de los hombres de negro hubiera sido muy efímero.
Las personas que son congruentes: con lo que piensan, con lo que dicen y con lo que hacen, aunque han sido muy pocas con las que he tenido el gusto de coincidir en esta vida, han merecido siempre mi reconocimiento y respeto; de modo que la estirpe del personaje que hoy nos ocupa, respondía cabalmente a dicho perfil. Su lema era: “Para mí en primer lugar está el ser humano, en segundo lugar está el ser humano y en tercer lugar está el ser humano”.
Llegué al arbitraje con cuatro cirugías a cuestas, dos en cada rodilla, mi querido profesor me mandó a realizar varias evaluaciones respecto a: mi velocidad de reacción, la potencia al brincar, la fuerza de mis músculos y se avocó a darme un entrenamiento personalizado cuando así lo ameritaba, lo que se agradece y se valora.
Alguna vez que llegué devastado moralmente a entrenar, por la forma en que por aquellos tiempos se manejaba el arbitraje (en que el “clan Trevi-Andrade” lo controlaba todo a su nepotista antojo) me separó de grupo y comenzó a relatarme, con esa voz cálida y pausada, durante más de una hora, los difíciles tiempos que vivió en su niñez durante la Segunda Guerra Mundial en su país natal; al término del entrenamiento, la paz invadía mi ser.
Otro día que llegaron los jóvenes silbantes que habían ingresado al plantel profesional, a medio entrenamiento le grité, sin venir al caso, fingiendo que los estaba acusando por algo que no había sucedido: “son los nuevos profesor”, lo que se convirtió en una cotidiana costumbre. Luego de varios años de gritarle lo mismo a medio entrenamiento, le pregunté ¿Cómo se dice “son los nuevos” en polaco? a lo que paciente contestó “sami novi”.
Mientras las lágrimas rebosan mis ojos, en donde quiera que se encuentre mi querido, mi queridísimo y admirado profesor, solo espero alcanzarlo algún día por allá, para tener el inmenso placer de gritarle a medio entrenamiento, con todo el cariño que se le puede tener a un ser humano… “sami novi”.

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