El pasado sábado se enfrentaron en el Volcán de la Sultana del Norte los Tigres y el América, terminando el partido en un salomónico empate. Al minuto 65 se suscitó una jugada polémica cuando los de Coapa cobraron un tiro de esquina, el balón iba en el aire, Carioca, defensor felino le propinó un manotazo en el rostro a Bruno Valdés, el árbitro Fernando Guerrero hizo sonar su ocarina, precipitadamente, en lugar de esperar el desenlace de la jugada. La pelota fue rematada de cabeza por Guido Rodríguez y terminó en el fondo de las redes.
En virtud de que el silbatazo y el remate de Guido fueron casi simultáneos, por un lado los jugadores del América se confundieron, pensando que les había señalado una falta en contra y por el otro el árbitro se quiso avivar dando el gol por bueno.
Ante los reclamos de los futbolistas de Tigres, en el sentido de que “había pitado y que fuera honesto”, decidió marcar la pena máxima, creando una gran confusión. Lo razonable era que desde un principio hubiera aplicado la ventaja; pero una vez que se precipitó al hacer sonar su silbato, todo se complicó.
El francés Ménez le compuso la plana al anotar el disparo desde los once metros, empatando el marcador. Afortunadamente, la cosa no pasó a mayores. Sin embargo, la opinión pública balompédica hizo cera y pabilo del silbante.
Antes, al minuto 19  Matheus Uribe había fallado otro penal, bien marcado por el árbitro, que hubiera significado el uno por cero a favor de los emplumados; curiosamente, la opinión pública balompédica fue indulgente y comprensiva con él.
Es entonces cuando surge la pregunta ¿Por qué al árbitro se le exige la perfección y a un futbolista no?
¿Qué error fue más grave? El penal fallado por Uribe repercutió directamente en el marcador y el yerro arbitral no.
Escuché cualquier cantidad de juicios sumarios, sobre el juez obviamente, tales como: “Fue un error de primaria” ¿Qué acaso errar la pena máxima no es de primaria? Que “fue un yerro imperdonable”, ¿Que acaso no es imperdonable fallar un penal? Digo, es lo único que hace ese sujeto en todo el día, patear el balón. Sin mencionar que el ejecutor de la pena máxima supuestamente es el más adiestrado de su oncena para hacerlo ¿Qué, tirar un penal requiere de cálculos de trigonometría?
En los diversos programas de debate futbolístico, los “expertos” en futbol, se tornaron en expertos en arbitraje, tundieron al nazareno y ni siquiera se acordaron de que el colombiano Uribe había “acuchillado a su propio equipo”.
También fue de pena ajena escuchar a los analistas arbitrales en los medios pateando el pesebre.
No, no estoy defendiendo a Fernando Guerrero, ni tampoco pretendo justificarlo, simplemente llama poderosamente mi atención que la crítica no sea pareja. Que se les pida a los hombres de negro ser infalibles y que se exonere, sin más, a los futbolistas de sus pecados y responsabilidades… o todos coludos o todos rabones.

Reglas y reglazos
Eduardo Brizio
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