Muchas veces creemos que estamos preparados para enfrentar la cruel realidad; pero, nadie sabe las sorpresas que nos tiene preparadas el destino.
Sin pretender que suene a blasfemia, escapa a mi entendimiento que el creador de todas las cosas permita que exista, entre los seres humanos buenos, un padecimiento “infernal” que te aleje de la realidad, que te despoje de tus recuerdos, que anule tus quereres, que borre tu memoria, que te aparte de tu esencia… de lo que fuiste alguna vez… para convertirte en ….
Estas reflexiones vienen a cuenta en virtud de que la mujer que me gestó en su vientre, regalándome la alegría de existir, aunque siempre permanecerá en nuestros corazones, se fue a vivir a una estrella. Según mis cuentas, mi papá nos educó para la vida; pero ella nos inculcó los principios y sembró la semilla, que aun germina, de los valores que nos rigen.
Una vez que fuimos a ver “pitar” a mi papá, en una acción cercana a la tribuna se alcanzó a escuchar su voz estridente, para que un iracundo aficionado, que estaba sentado justo junto a mi mamá le gritara: “Pin… árbitro; así deberías de gritar en tu casa”, para que doña Alicia se dirigiera a él con toda propiedad acotando: “Así grita señor, así grita… yo soy su esposa… y así grita”.
Era tan bonito y tierno escucharla, “presumir orgullosa”, en una clara alusión al hecho de que mi hermano Arturo y yo nos desempeñáramos como silbantes: “Soy la madre más mentada de México”.
Aunque se trató, al más puro estilo de Gabriel García Márquez, de “la crónica de una muerte anunciada”, pensaba yo que “estaba preparado” para afrontarlo; lo cierto es que, a la hora de la verdad, sin siquiera sospecharlo, el dolor me invadió el alma hasta lo más profundo de mis entrañas, dejando un perenne vacío en mi corazón; del cual me parece, nunca voy a tener la capacidad de recuperarme.
Entre los paliativos que encontraré para enfrentar tan terrible adversidad estarán, por supuesto, la solidaridad conyugal, la confabulación familiar y el apoyo (incondicional) de los muchos amigos.
De los mensajes recibidos, destacan aquellos que hacen alusión al tiempo que nos permitieron, los que deciden estas cosas, gozar de su agradabilísima presencia, de su ternura y de su cariño; así como, del hecho de que su estancia el planeta azul haya dejado huellas imborrables en quienes la rodearon y… cuatro descendientes, entre los cuales, orgullosamente, me encuentro yo.
Mi hija enalteció a su abuela escribiendo: “Celebro tu paso por este mundo, la luz de esos ojos color de infinito, gracias por esa risa silenciosa, por esa mirada inmortal”.
El caso es que “mi vieja” … mi queridísima vieja, esperó por un buen día, para justificar su por siempre ausencia, en que estuviera brillando el sol, en el que las mariposas revolotearan alborozadas, las flores aparecieran multicolores, los pajarillos cantaran de alegría, para estar en su más puro elemento… porque era 21 de marzo y había llegado la primavera… negándose a morir en invierno.

Por: Eduardo Brizio / [email protected]