Hoy, ante la falta de temas deportivos en que nos ha sumido la pandemia de COVID-19, hace un buen día para referirnos al raro fenómeno en que se han convertido las redes sociales, que, a fuerza de ser sinceros, han tomado un papel preponderante.
Ahora ¡Cualquiera!, sí, cualquiera (democráticamente) te puede: cuestionar, ofender, felicitar, denostar, vilipendiar, odiar, amar o insultar soez y públicamente, sin otro sustento que su entender.
Es casi una constante que, cuando algún participante de las redes te insulta, curiosamente lo hace cometiendo una gran cantidad de errores ortográficos y, si te tomas la molestia de ver su perfil, sus seguidores son muy escasos.
Otra situación relevante, es que uno no les contesta, no por falta de argumentos; sino, porque tendría uno que descender mil peldaños, violentando los principios éticos que desde la cuna nos fueron inculcados.
En mi caso, me llama poderosamente la atención cuando alguien se refiere a mi quehacer como silbante y el desempeño que tuve en el terreno de juego, cuando por principio de cuentas yo me retiré hace 18 años.
¿A qué edad consideran ustedes, estimados lectores, que un aficionado ya cuenta con el criterio y el conocimiento necesario para juzgar el desempeño de un silbante?, pongamos a los 12 años. Luego entonces, quienes actualmente son menores de 30 años, no saben de qué están hablando al referirse a mi quehacer como colegiado, porque no me vieron arbitrar, lo que invalida, su dicho.
Todo esto sin mencionar ¿Qué van a saber? Del sacrificio que significa levantarse todos los días a las 5 de la mañana para estar puntuales en el entrenamiento para saliendo de ahí irse a trabajar.
Qué van a saber de la inmensa emoción que se siente al recibir una designación para dirigir un partido estelar, cuando no puedes ni dormir las noches previas al encuentro, pensando en la responsabilidad que ello implica.
Qué van a saber lo que se experimenta al regresar al vestidor: reventado, sudoroso, deshidratado y victorioso, después de haber “pitado” una final, en un estadio repleto, ante cien mil aficionados y millones de televidentes.
Qué van a saber del orgullo que se percibe al representar a tu país en el extranjero, por ejemplo, en una eliminatoria de Copa del Mundo escuchar en el sonido local: “El árbitro del partido es el señor Eduardo Brizio… ¡de México!”.
Qué van a saber respecto a que la actividad más hermosa que hay sobre el planeta es arbitrar un partido de futbol.
Si lo supieran… morirían de envidia.

Por: Eduardo Brizio / ebrizio@hotmail.com