Cuernavaca, Morelos.- Es probable que para muchos ciudadanos productivos, diez mil pesos no sea un gran capital, pero para dos adultos mayores que no tienen pensión y “van al día”, representan todo y parece que no pueden darse el lujo de perderlo; pero sin siquiera saberlo, eso fue lo que les ocurrió.

No se los robaron, de hecho lo hubieran preferido porque por lo menos tendrían la certeza de haber sido víctimas del atraco de un infeliz ratero, o de un grupo organizado de atracadores de “viejitos”.

Pero no, su ahorro de años de esfuerzo fue a parar a los fondos de la Beneficencia Pública, porque, de tanto creer que era más seguro que estuviera en el banco, ahí lo dejaron guardado, sin darse cuenta, o enterarse, que corría más peligro que “debajo del colchón”.

Rosalba Rodríguez Guzmán (66 años) y Andrés Yescas Pantitlán (64 años) no terminan de creer que su dinero fue a parar a la Beneficencia, ni siquiera saben qué es eso, y por qué; para ellos, la institución bancaria en la que “guardaron” su pequeño capital, los despojó, por no decir, que los “robó”, porque legalmente, eso no fue lo que ocurrió.

Bajita, de piel blanca y gestos amables y serenos, acompañada de una amiga, doña Rosalba llegó a la entrevista en la que compartió su desgracia con la idea de que su caso sea visible y no le ocurra a nadie más.

Platicó mucho más que la pérdida de sus ahorros; habló de su día a día, de sus hijos, el trabajo de él, en el campo; del de ella, en el tianguis semanal de Alpuyeca, donde vende lo que se puede.

En la víspera de las fiestas de Fin de Año, cuando la gente tiene un poco más de dinero para comprar, doña Rosalba y don Andrés decidieron retirar el ahorro que tenían en la sucursal centro de Bancomer, para surtir el negocio de cobertores y sábanas; cosas de temporada que se adquieren a buen precio en Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.

Dedicaron un día para trasladarse de Alpuyeca a Cuernavaca, a cancelar la “inversión” que el 13 de agosto de 2008 abrieron a un plazo de 28 días y renovación automática. Habían pasado ocho años, y más de año y medio que dejaron de recibir  estados de cuenta en su domicilio.

“Nos dijeron que el dinero ya no estaba y que debíamos mil quinientos pesos por cosas que no entendimos. La primera vez que fui al banco ni siquiera quise escuchar nada por el coraje y la frustración de haber perdido el dinero, hubiera preferido que me lo robaran en mi casa, no en un banco”, platica la mujer, a estas alturas, con un poco de resignación.

Por: ANTONIETA SÁNCHEZ
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