EL ANIVERSARIO luctuoso número 100 de Emiliano Zapata Salazar fue ayer el tema, por la remembranza aunque efímera del personaje quizá más trascendente de la Revolución, como por los jaleos de la política de hoy.

De entrada, la visita misma de Andrés Manuel López Obrador echó por tierra a dos-tres adivinos de la tecla que daban doble a sencillo que el presidente no vendría por sacarle la vuelta a sus opositores morelenses.

También, la conmemoración del asesinato del líder suriano evidenció que en algunos momentos el recuerdo pasa a segundo término cuando de lo que se trata es de protagonismo, que en algunos casos no se logró.

DEL contingente federal que vino a la ceremonia del centenario luctuoso de Zapata, llamó la atención que el delegado federal Hugo Eric Flores no haya alcanzado alguna de las 35 sillas del presídium.

De su pasado priista, el hoy canciller Marcelo Ebrard deberá recordar a Reyes Heroles en eso de “en política, forma es fondo”; a Marcelo le tocó sentarse lejos de AMLO, quien dicen ya no lo tiene en todo afecto.

Para don Porfirio Muñoz Ledo la ceremonia debió ser un infierno, por aquello del calor y su debilitada condición, tanto que sentado lucía con la vista perdida y de pie al final de su alocución histórica pareció “ciclarse”.

EN el plano local, el alcalde Antonio “Lobito” Villalobos hizo su debut en entarimado estatal-federal hasta un extremo, mientras que la titular del Judicial y el del Legislativo locales, como que estuvieron y no…

Como había federales del tamaño de la titular de Segob y los secretarios de Sedena y Semar, así como otros  gallones por natural los espacios para los locales escasearon, pero Pablo Ojeda agarró silla.

El que confirmó personalidad fue el español de origen Paco Ignacio Taibo II, titular del FCE, que fue acaso el único que ni por cortesía le dio un aplauso al gobernador al término de su participación al micrófono.

QUIEN se habrá quedado mascullando su opacamiento debió ser Jorge Zapata, nieto del General, porque en su lugar apareció una bisnieta del homenajeado, Lisseth Castro Zapata, y nadie pareció extrañarlo. Tan-tan.

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